Rapa Nui

Hace 127 años, un 9 de septiembre de 1888, ocurre un evento que cambiaría la historia de Rapa Nui.

El capitán de la Armada de Chile Policarpo Toro Hurtado (1856-1921), regresaba desde Tahiti con una pila de documentos que avalaban sus negociaciones con individuos que mantenían intereses sobre bienes y terrenos en Rapa Nui. El día 8 de septiembre, un mar bravo y un fuerte viento desde el noroeste impiden el anclaje en la “bahía de Cook”, conocida por los isleños como Hanga Roa. Mientras amaina la tormenta, el barco se refugia en Hanga Te Pau, bahía profunda tras los acantilados que delimitan la región de Vinap?, famosa por la precisión de la masonería en sus altares ceremoniales. Al atardecer, un hombre rapanui llamado Lázaro Neru se arroja al mar y se dirige a nado hacia la isla con un paño de color blanco. Tras escalar por los roqueríos, se dirige a pie hacia la pequeñísima aldea bautizada por los misioneros St. Marie de Rapanui —hoy conocida también como Hanga Roa—. Este era el lugar donde vivían los 157 habitantes que habían sobrevivido a las epidemias de viruela y tuberculosis, introducidas a la Isla, y los que se habían quedado tras los masivos éxodos hacia la Polinesia Francesa de 1871 y 1872 que siguieron a dichas epidemias.

Tras la retirada Toro y su gente, y con la ruina de Chile tras la Guerra Civil, un nuevo capítulo se escribiría… uno de abandono y negligencia.

Al día siguiente, el viento había cambiado hacia el sureste y el transporte naval Angamos (el primero de cuatro que llevarían ese nombre) se dirige hacia la bahía más segura de anclaje. Tras el protocolo de rigor, Policarpo Toro y una delegación de oficiales desembarcan en la pequeña playa arenosa de Hanga Roa de la cual hoy sólo queda un pequeño trozo que llaman “Pea”. Pese a la pompa de la delegación, es recibido por el administrador de la Compañía Brander, Alexander Salmon, Jr., sin mucha fanfarria, considerando la austeridad del lugar. La empresa Brander era propiedad del comerciante anglo-escocés John Brander, Jr. —quien vivía en Tahiti— y se dedicaba a la crianza de ovejas y producción de lana. Además salen a recibir a Toro algunos isleños curiosos y el guardiamarina Pedro Iparvaguine, quien fue dejado en la isla unos meses antes para intentar el aprendizaje del vananga rapanui (aparentemente sin éxito).

Policarpo-Toro-y-Atamu-Tekena

Tras caminar 300 metros llega a una explanada donde se encuentra el ariki Atamu Tekena ‘Ao Tahi, elegido por votación popular en 1882, y su Consejo de Jefes. Sobre un poste de madera flameaba una bandera de tela blanca con un símbolo reimiro pintado de rojo en el centro y cuatro figuras de ta?ata manu en las esquinas. Era el “paño blanco” que llevaba Lázaro Neru cuando se lanzó al mar en Vinap?. Los isleños, prevenidos y avisados por misioneros y clérigos de la orden francesa de los SS.CC. (Tepano Jaussen, Hipólito Roussel y Albert Montiton, entre otros), sabían perfectamente a qué venía esta delegación chilena y la bandera que flameaba sobre el mástil era una señal inequívoca para los visitantes: No llegaban a una tierra de salvajes incivilizados, sino que llegaban a firmar un acuerdo con un pequeño pueblo polinésico, organizado políticamente, y orgullosamente soberano sobre sus tierras.

Policarpo Toro, en tanto, llegaba con un doble propósito. Ya llevaba una década anhelando que Chile se hiciera cargo de esta isla casi desierta, y esto lo había manifestado al gobierno en una memoria escrita en 1886 titulada “Importancia de la Isla de Pascua y necesidad de que el Gobierno de Chile tome inmediatamente posesión de ella”. Con el apoyo tibio del Gobierno, Toro inició una serie de inversiones con sus propios recursos para instalar en Rapa Nui una empresa familiar dedicada a la ganadería. Para esto ya había adquirido gran parte del ganado ovino de la isla (el que era propiedad de la Compañía Brander), los “títulos de propiedad” de la Iglesia Católica (650 h?) y el arriendo con promesa de venta de los “títulos de propiedad fraudulentos” que había obtenido el francés Dutrou-Bornier entre 1869 y 1876. Su interés era instalar una empresa ovejera familiar, que sería administrada por su hermano Pedro Pablo. Y como buen “ajedrecista” con excelentes contactos (directos con el presidente de Chile) supo movilizar una enorme masa logística de la Armada para servir a estos intereses económicos. De esta forma su empresa podría funcionar en esta lejana isla, con el respaldo del Estado y en total tranquilidad.

La ceremonia fue complicada. Había rapanui que hablaban francés, pero ninguno manejaba el español. Entre los oficiales de la Armada algunos manejaban el inglés. Finalmente Alexander Salmon, mitad tahitiano, mitad inglés, que llevaba diez años viviendo en la Isla fue quien tradujo del rapanui al inglés, para que luego otro hiciera de intérprete del inglés al español. Tras intercambios varios, muy al estilo del Tratado de Waitangi (1840) en Nueva Zelandia, sobre una hoja se firma el acuerdo entre los rapanui y Toro, en su calidad de representante del Estado. Como testigos firmaron: Alexander Salmon, George E. Frederick, A. Plotmer, John Brander, Jr. y un tal Elías S. Pont. Los jefes isleños que firman son:

El rey Atamu Tekena (“Atamu ari’i”),

Ioane Rano (“Joane to’opae”),

Ioteva Maherenga (“Toteva to’opae”),

Peteriko Vakapito (“Peteriko ¿Tadorna?”),

Rataro Hitorangi (“Hito to’opae”),

Eutimio Rangitopa (“Utimo to’opae”),

“Rupa orometua” (probablemente Pakarati Urepotahi),

Rupereto Nai a Hotu ‘Iti (“Rupereto”),

Paoa a Hitaki (“Paoa to’opae”),

Rekorio Keremuti (“Keremuti to’opae”),

Petero Va’ehere (“Va’ehere to’opae”) y

Enerike Ika a Tu’uhati (“Ika to’opae”).

En algunos textos aún aparece el vocablo “Zoopal” después del nombre de varios firmantes, aunque es sólo una mala transcripción de la palabra tahitiana “to’opae” que significa: “consejero”. Para esa época, la influencia tahitiana en Rapa Nui era considerable.

A estas alturas los posibles errores de traducción parecían inevitables por lo que Atamu Tekena decide hacer un gesto inequívoco utilizando el “lenguaje universal” de las señas. Entrega un puñado de pasto a Policarpo Toro y acto seguido toma un puñado de tierra y lo guarda para si mismo señalando también a los oficiales chilenos que su bandera podía ser izada pero debajo de la rapanui en el mismo mástil.

La confusa ceremonia termina con tres partes entendiendo tres cosas diferentes de los acontecimientos del día. Los jefes isleños creen que firman la creación en la Isla de un protectorado del Estado de Chile, que traerá beneficios a la Comunidad y, principalmente, protección contra ataques de piratas esclavistas. En la versión escrita en rapanui del tratado se resguarda para la isla la autodeterminación y la propiedad de las tierras. Los oficiales de la Armada creen que el tratado es un acta de cesión de soberanía (concepto que no existía en lengua rapanui), por lo cual automáticamente la isla pasa a ser parte integral del territorio y sujeta a los tres poderes del Estado chileno. Policarpo Toro, por su parte, cumple con entregar una “cesión de soberanía” a su pariente político, el presidente José Manuel Balmaceda Fernández como creen también los oficiales pero, desde luego, lo que está firmando es un acuerdo con los rapanui para poder dedicarse tranquilamente a la ganadería ovejera y a la exportación de lana y otros productos derivados de sus ovejas. En su doble juego obtiene también el respaldo del Estado chileno quien propició el inicio de su empresa comercial proporcionando el apoyo logístico que Toro necesitaba. Así Toro pretende que su empresa privada sea el “enclave soberano” de Chile en Rapa Nui con asistencia estatal.

Cabe señalar que la versión en español del tratado, a pesar de contener la cesión de soberanía, incluye una frase clave de los jefes isleños: “reservándonos al mismo tiempo nuestros títulos de jefes de que estamos investidos y de que gozamos actualmente”.

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La noticia de este tratado siempre fue explicada —incluso hasta hoy— en los medios chilenos como una “toma de posesión”. Como si la Isla hubiera estado desierta y era algo que se podía “llegar y tomar”. No se habla en absoluto de un tratado o de un Acuerdo de Voluntades. Aun así, la prensa no le dio más de unas breves líneas poco entusiastas. Poco se interesó la gente en una colonia en ultramar que no estaba a 5 horas de distancia, sino que a dos semanas de viaje por barco. Incluso algunos años después comienzan los cuestionamientos a esta “toma de posesión” por parte de gente que consideraba esto un malgasto de recursos. El presidente Balmaceda jamás mencionó “Isla de Pascua” en ninguno de sus discursos. Y tampoco “ratificó” el tratado.

La empresa ovejera del capitán Policarpo comenzó a operar con su hermano Pedro Pablo Toro en el doble rol de “Agente de Colonización” y “Administrador” de la empresa de los hermanos. Este doble juego resulta bien para los Toro Hurtado hasta la Guerra Civil chilena de 1891. A raíz de los desgraciados eventos en el continente, la empresa colonial deja de recibir apoyo logístico desde el continente y queda abandonada a su suerte por varios meses. El 23 de septiembre de 1892, los colonos chilenos abandonan completamente la Isla a bordo del barco chileno Abtao que había ido a rescatarlos. A esas alturas los isleños celebraban la elección de un nuevo rey: Simeón Riro K?i?a para reemplazar al fallecido Atamu Tekena. Hasta ese momento las relaciones entre los colonos chilenos y los rapanui se habían regido por el Acuerdo de Voluntades. Pero, tras la retirada Toro y su gente, y con la ruina de Chile tras la Guerra Civil, un nuevo capítulo se escribiría… uno de abandono y negligencia. Uno no muy feliz para el pueblo rapanui.

La coyuntura en el aniversario 127 es compleja. El país en crisis política y la Comunidad rapanui exigiendo la resolución a problemas por décadas postergados. En este rincón de la Polinesia todos esperamos no llegar a un aniversario 128 sin Estatuto Especial de Autonomía Administrativa, sin Ley de Control de Residencia y sin la administración de nuestro patrimonio histórico y arqueológico. Una parte importante de la Comunidad considera que hoy 9 de septiembre no hay nada que celebrar. Esperemos que el próximo 9 de septiembre, por fin en 2016, la mayor parte del pueblo rapanui, con estos problemas resueltos, se atreva a conmemorar positivamente esta fecha.