iguala 3

Un año, muchos caminos andados, muchas calles repletas y plazas en las que se han mezclado susurros, llantos, gritos y silencios; redes que han vuelto visible y audible la rotura de un país, al que le faltan tantas y tantos; imágenes, letras, sonidos que cuentan una y otra vez el horror de un 26 de septiembre de 2014, abriéndose paso hacia la evidencia de que algo muy profundo sacudió las raíces de nuestras cómodas certezas cotidianas. “Porque buscándolos nos hemos encontrado”, es la frase que mejor sintetiza lo que ha significado esta travesía en la que hemos ido levantando piedras y construyendo lazos.

Hoy, “nos faltan 43” y muchas y muchos más; el país se desangra y la impunidad, la sordera, el autoritarismo, la represión, son las respuestas que quieren acallar la indignación y la protesta, la exigencia de justicia.

Ayotzinapa ha marcado en el calendario de la tragedia mexicana, un antes y un después de lo que podríamos llamar la historia del deterioro en México. Entre los múltiples acontecimientos disruptivos, esos que quiebran el aliento y abren boquetes en el tiempo, Ayotzinapa es una síntesis del horror y del vacío, de la esperanza y el autoritarismo, del colapso y de la apertura. Una madrugada que sigue sucediendo y que al recontarse nombra:

El quiebre del Estado Mexicano

La corrupción y el deterioro de las instituciones

El poder creciente del crimen organizado

La fragilidad del tejido social

La vulnerabilidad de las vidas precarizadas

El poder de ocupación del neoliberalismo predador

#Fue el Estado, se ha repetido como mantra a lo largo de este año, este hash tag, que pese a su indudable valor simbólico y a su potencia articuladora, sigue escondiendo la complejidad de lo que sucedió y sigue sucediendo en el país. ¿Fue el Estado?, sí, en tanto es posible ubicar agentes e instituciones que representan al Estado, en la desaparición forzada y el asesinato de seis personas, entre ellas Julio César Mondragón, torturado brutalmente; sí, fue el Estado por omisión y por acción. Pero quedarse en ese nivel, después de un año, con todas las evidencias que se han ido acumulando, dificulta ver el entramado de procesos implicados en el acontecimiento. Revisemos.

Hoy, “nos faltan 43” y muchas y muchos más; el país se desangra y la impunidad, la sordera, el autoritarismo, la represión, son las respuestas que quieren acallar la indignación y la protesta, la exigencia de justicia

.En primer término apelo a la noción de “nomos de la tierra” (Schmitt, 1974), que el autor definió como el acto primigenio -pero siempre reactualizado en cada época histórica- de la división del espacio, la “toma de la tierra”, establece, a decir de Schmitt, derecho en dos sentidos: hacia dentro y hacia fuera; “el adentro” instaura las formas de posesión e inscripción en el espacio ocupado, mientras que en “el afuera”, se establecen los límites frente a otros pueblos y, eventualmente, las disputas por la ocupación de nueva tierra. Esta noción me parece clave para elucidar la complejidad de Ayoztinapa, porque nos permite acercarnos a la relación clave entre tres de los ejes principales que conectan con lo sucedido en Ayotzinapa: el derecho (la ley, en sentido clásico, el nomos mismo), la unidad política (el orden, el Estado) y la guerra.

Lo que quisiera enfatizar es que la afirmación “fue el Estado”, asume de entrada una relación clara y funcional entre el derecho, el Estado y la guerra; y en el México contemporáneo esta relación está fracturada. La impunidad selectiva, la corrupción en los aparatos de gobierno, el minimalismo del brazo social del Estado y el maximalismo de su brazo represor, indican que lo que entendemos por “derecho”, por ley, no opera en amplias franjas del territorio nacional. De otro lado, el repliegue del Estado, la unidad política, ha dejado a la deriva territorios y poblaciones enteras; en Guerrero, el estado donde se ubica Iguala y la Normal Isidro Burgos de Ayotzinapa, forma parte de esas zonas grises, en las que no se sabe a ciencia cierta cuáles son los poderes que asumen el orden y la ley. Y, finalmente, la guerra, como mecanismo a través de la cuál el Estado (en un sentido tradicional) ejerce la violencia legítima en la procuración del orden y de la inscripción jurídica en la ocupación de territorios, se ha fugado de su cauce desde hace varios años, al menos desde la llamada “guerra contra el narco”, declarada por el ex presidente Felipe Calderón y hoy, los señores de la guerra tienen múltiples rostros y están diseminados por el territorio nacional.

Para entender Ayotzinapa hay que asumir que enfrentamos el resquebrajamiento de dos de los elementos de la teoría schmittiana sobre el nomos: el derecho y el orden político, y asistimos al fortalecimiento  y dislocamiento del tercero: la guerra.

Quiero acudir entonces a la noción de “narcomáquina”[1], que he acuñado para aludir a la articulación compleja entre poderes económicos, políticos y delincuenciales, que opera en un territorio, con capacidad para construir nuevos códigos, normas, reglas, valores, formas de gobierno alterno y fundar regímenes paralegales con fuerte poder de contestación al orden instituido y fallido.

En su intercambio epistolar con el filósofo Luis Villoro, el entonces Sub Comandante Insurgente Marcos (ahora Sup Galeano) y a propósito de las “guerras modernas”, escribía: “Pero falta lo fundamental: la conquista de un territorio. Es decir, que esa voluntad se impone en un calendario preciso sí, pero sobre todo en una geografía delimitada. Si no hay un territorio conquistado, es decir, bajo control directo o indirecto de la fuerza vencedora, no hay victoria” [2]. Es algo que ha entendido muy bien la narcomáquina. La presencia de grupos del crimen organizado, la presencia y control territorial del extractivismo neoliberal, es decir, el control territorial por parte de las mineras, canadienses principalmente en la zona de Iguala, la complicidad criminal entre agentes del estado y estas fuerzas, vuelven este territorio en una zona franca, en la que las articulaciones de los poderes que operan se da en función de intereses precisos.

Añade el Sub Comandante Marcos, en el documento ya citado que, “En la etapa actual del capitalismo es preciso destruir el territorio conquistado y despoblarlo, es decir, destruir su tejido social. Hablo de la aniquilación de todo lo que da cohesión a una sociedad”. Comparto este análisis, pero quisiera añadir a la destrucción/reconstrucción de territorios, a la luz de lo que llamo narcomáquina,  que hay en la guerra que se libra en México, una semiosis particular, es decir una creación de significados en torno a la muerte, a la ejecución, a las formas de asesinar y, de manera no menos importante una colonización del logos, es decir, del pensamiento y de la percepción de lo real.

No se trata entonces del Estado como una figura que ha dejado de ser rectora,  la mejor alternativa para comprender la brutalidad, lo absurdo en la aniquilación de vida y sometimiento que significa Ayotzinapa, si no del esfuerzo por volver visible el resquebrajamiento del nomos. Al margen de la comprensión del neoliberalismo como poder de ocupación, no hay posibilidad, me parece, de traer al centro de la escena la catástrofe que significa la destrucción del tejido social.

Para Mbembe (2011), “el locus postcolonial es un lugar en el que un poder difuso, y no siempre exclusivamente estatal, inserta la «economía de la muerte» en sus relaciones de producción y poder: los dirigentes de facto ejercen su autoridad mediante el uso de la violencia”. De acuerdo con esta formulación, la productividad analítica de la noción de “necropolítica”, acuñada por este pensador camerunés, posibilita operar simultáneamente un desplazamiento de la biopolítica foucaultiana (sin abandonarla) y, una posibilidad otra de interrogar al derecho, al estado y a la guerra. Colocar el énfasis en el poder de hacer morir y dejar vivir. Este poder de muerte, se inscribe en la lógica del capitalismo salvaje que ha cosificado la vida.

Ayotzinapa no puede entenderse al margen de lo que Mbembe llama  locus postcolonial. A un año de la desaparición forzada de 43 estudiantes, del desollamiento del joven Julio César, del peregrinar de madres y de padres, de un movimiento social que no cede y no para, las alternativas demandan fortalecer lo que quisiera llamar la “contramáquina”.

Entiendo por contra máquina (en el contexto del trabajo de la violencia del narcotráfico y el quiebre del Estado), al conjunto de dispositivos frágiles, intermitentes, expresivos y fragmentados, que la sociedad despliega para resistir, visibilizar o sustraer poder a la narcomáquina. Si como apunta Deleuze (1999) “es sencillo buscar correspondencias entre tipos de sociedad y tipos de máquinas, no porque las máquinas sean determinantes, sino porque expresan las formaciones sociales que las han originado y que las utilizan”, propongo que en tanto dispositivos de “respuesta”, la contra máquina abreva en los saberes de las distintas formaciones sociales (la colombiana, frente al poder de los “mágicos” como se llamaba a los grandes señores de la droga; o la formación mexicana, de cara al poder indudable de los capos, por ejemplo) y, por otro lado, navega en busca de formas o alternativas en el espacio-tiempo que abre la narcomáquina para explorar horizontes de respuestas posibles.

Ayotzinapa, es una apertura y en tal sentido ha posibilitado dar formas a la contramáquina, que viene de la sociedad, de las ciudadanas y ciudadanos, que resisten al poder de ocupación de la máquina de guerra. El camino es largo y cuesta arriba.

Referencias

MBEMBE, Achille (2011), Necropolítica,  seguido de Sobre el Gobierno Privado Indirecto. Madrid: Melusina.

SCHMITT, Carl (1979), El Nomos de la tierra. Centro de Estudios Constitucionales. Madrid: Maribel, Artes Gráficas.

[1] Ver: http://hemisphericinstitute.org/hemi/es/e-misferica-82/reguillo

[2] CARTA PRIMERA (completa) del SCI Marcos a Don Luis Villoro. Las 4 partes del texto Apuntes sobre las guerras, inicio del intercambio epistolar sobre Ética y Política. Enero-Febrero de 2011. Disponible en http://enlacezapatista.ezln.org.mx/2011/03/09/apuntes-sobre-las-guerras-carta-primera-completa-del-sci-marcos-a-don-luis-villoro-inicio-del-intercambio-epistolar-sobre-etica-y-politica-enero-febrero-de-2011/