felipe bulnes en la Haya

La amplia cobertura de la prensa chilena sobre la decisión del Tribuna de la Haya fue como un túnel del tiempo. Aunque se trataba de relaciones internacionales y un tema de la mayor seriedad, el tono de debate parecía estar cargado del típico nacionalismo futbolero, como si hubiéramos retrocedido 90 días en el tiempo, a la fiebre copera que llevó la Selección Chilena a su primer trofeo.

En realidad, este partido empezó bien antes del fallo, o al menos el clima ya estaba instalado desde el fin de semana anterior, cuando tanto el canciller Heraldo Muñoz como la propia presidenta Bachelet, respaldada por los ex-presidentes, y diversos personajes de todos los sectores políticos salieron a dar declaraciones tan idénticas que parecían sospechosas. La frase era siempre la misma “Chile no pierde nada cualquiera que sea el resultado”, y era tanta similitud en los discursos que era obvio que la prensa lo iría a cuestionar – al final esa es su labor.

Pero no fue así, sino que todo lo contrario. Estamos hablando de la víspera del anuncio de la Corte Internacional de Justicia, cuando ninguno de los grandes medios chilenos – sea de televisión, radio o la prensa escrita – fue capaz de hacer dos preguntas: 1) ¿No es raro que estén todos diciendo, no sólo la misma opinión, sino que la misma frase? 2) ¿Esa sincronía, además de ser rara, no parece oler a derrota?

La guinda de la torta se dio la noche de este martes, cuando Juan Manuel Astorga en El Informante, fue bastante incisivo en su entrevista con el ex-presidente boliviano Carlos Mesa – lo que está bien, esta es su pega, aunque no necesitaba definir él si el entrevistado respondió o no a las preguntas

El concierto siguió en el día mismo de la lectura del documento en Holanda, y era incluso explicable por el hecho de que todos los canales de televisión tenían por comentaristas a personas que eran parte del equipo jurídico chileno o que colaboraron con él en algún momento. Ninguna voz disidente – esa palabrita que la prensa adora buscar en Cuba, pero que no cae bien en los temas internos chilenos.

Una vez revelado el fallo, la reacción de toda la prensa fue nuevamente de un impresionante unísono: “parece que perdimos, pero ganamos”, dicho casi al minuto siguiente, respaldado por los comentaristas del equipo jurídico, que decían y justificaban lo mismo, con una sincronía impresionante, que uno hacía zapping en la tele y veía a Felipe Bulnes en Holanda, a Andrés Jana en TVN, o a Paulina Astroza en CNN, o a Astrid Espaliat, en entrevista para diversos reporteros de otros canales, diciendo exactamente lo mismo, casi con las mismas palabras, en el guión más bien ensayado de la historia de la política chilena.

No hubo un comentarista capaz de decir “a lo mejor, nos equivocamos en la estrategia”, e incluso los que se atrevían a decir que el resultado debiera al menos poner en duda la confianza que tiene Chile en la fortaleza del Tratado de 1904, su único argumento, al instante se auto censuraban o hacían como Mónica Pérez, que tuvo la osadía de tocar el tema un par de veces con Andrés Jana, pero siempre impidiendo de antemano cualquier tipo de lectura distinta – algo así como: “más allá de que el fallo favorece a Chile, ¿no parece raro que estén cuestionando nuestro Tratado de 1904?”.

La pregunta en realidad podría ser “¿por qué Chile mismo no hace un debate más amplio sobre ello?” o “¿no será que estamos haciendo una mala política exterior?”. Tampoco se prueba la hipótesis contraria: “¿qué tan malo puede ser negociar con Bolivia?”, considerando alternativas como el canje de territorio o un acuerdo de de mar por gas, como tantas veces ha propuesto el gobierno boliviano, teniendo en cuenta las necesidades energéticas de Chile.

Ni hablar de los muchísimo apoyos internacionales de Bolivia, incluyendo el del papa Francisco, que son explicado por un supuesto “éxito comunicacional boliviano” y no por el hecho de que Chile se equivoca, algo que no se admite ni cuando un análisis más amplio demuestra que el país tiene relaciones diplomáticas tensas con sus tres vecinos desde casi siempre, además de la antipatía de casi toda América Latina y el mundo ante esa cuestión. Es comprensible la falta de autocrítica y de visión más amplia en el mundo político, ya que para eso tanto gobierno como oposición tendrían que reconocer errores de una postura que se ha mantenido desde la dictadura, pasando por los diferentes gobiernos tras el retorno de la democracia, pero ¿por qué la prensa se omite en hacer todos esos debates?.

Lo que vino después, en la horas y en los días siguientes, fue la pura xenofobia, pero validada por las redes sociales. Las declaraciones racistas contra Bolivia y los bolivianos inundaron facebook y twitter, y a la prensa chilena le encantó reproducir muchas de ellas, sobre todo los noticieros web, incluyendo algunos aparentemente muy progresistas. Hace tiempo que los grandes medios de comunicación utilizan esas plataformas para difundir ese tipo de opinión travestida de polémica, que equivale a tener millones de Bonvallets gratis compitiendo a ver quién dice la agresión verbal o el chiste racista más grave y es tomado por esos medios como premio por su conducta.

Luego, vino el resentimiento, el buscar ver lo negativo a toda noticia asociada con Bolivia: “Evo es malo y usa el tema marítimo para perpetuarse en el poder”, y no porque es un anhelo histórico en el países desde antes que él mismo naciera, “Chile es bueno y siempre quiso entrar en acuerdo con Bolivia, pero los mismos bolivianos son los que rechazan los acuerdos”, dicho así, sin citar ejemplos concretos, pero con la seguridad de quien quiere imponer una verdad a pesar de no tener evidencias. La onda antiboliviana empezó el mismo día del fallo, con los reporteros en la Plaza Murillo de La Paz, algunos que no escondían su anhelo por encontrar alguna declaración polémica de algún boliviano más furioso, que pudiera despertar la ira nacionalista en los chilenos – aunque esa ya se veía debidamente bien alimentada. Nadie encontró grande cosa, incluso un par de ellos micrófonos televisivos tuvieron que rendirse a una señora aymara, muy representante de la típica alma boliviana, que hacía una oración indígena pidiendo a los dioses para que Bolivia pueda tener mar, pero con los dos países acordándolo en un marco de paz y amistad. Sin embargo, mucho más destaque tuvieron los pescadores de Arica con sus banderas negras, sobre todo los más entusiasmados en decir casi que había que declararle la guerra al vecino del altiplano.

Pero la guinda de la torta se dio la noche de este martes, cuando Juan Manuel Astorga en El Informante, fue bastante incisivo en su entrevista con el ex-presidente boliviano Carlos Mesa – lo que está bien, esta es su pega, aunque no necesitaba definir él si el entrevistado respondió o no a las preguntas, como hizo un par de veces, pero supongamos que no fue con ánimo de forzar el espectador a un juicio en contra del entrevistado – y luego tuvo una grata y amistosa charla con José Miguel Insulza y Hernán Felipe Errázuriz que más bien pareció un té entre amigos afinando el discurso, cuestionando no la calidad de la política exterior chilena sino la calidad o la seriedad de la Corte Internacional de Justicia, incluso promoviendo la idea de abandonar el Pacto de Bogotá – para eso estuvo el canciller de la dictadura, para nada más – y faltando a la verdad sin ninguna vergüenza, como cuando Insulza acusó a Morales de haber derrocado a Carlos Mesa. Queda como anécdota el hecho de que la única voz que osó hacer una mínima discordancia con el discurso oficial, en los cinco segundos que le dieron para preguntar por qué no se busca una salida que sea positiva tanto para Chile cuanto para Bolivia, fue un senador por Antofagasta, y que más encima fue periodista.

Algo parecido sucedió en la Copa América, cuando el ya folclórico dedo de Jara – una jugada relativamente común en el fútbol, que no debiera haber causado mayor revuelo – fue tomada tan en serio por la prensa chilena que pasó a buscar lo negativo en toda noticia relacionada con Uruguay, a punto de calificarlos como malas personas por algo tan simple y justo como querer que Jara fuera sancionado por lo que hizo. Dejar el papel de comunicar y fortalecer el debate amplio para hacer el de hincha y representante de la mezquindad patriótica, sea por una cuestión ideológica o de rating, tiene como precio caer en ciertas incoherencias, como criticar la ridícula teoría uruguaya de que el arbitraje de la Copa América estuvo arreglado pero aceptar que insinuaciones de que un Tribunal Internacional Justicia si falla con la intención de perjudicar a Chile.

No fue sólo la prensa deportiva, fue toda la prensa, con la fuerza de la pasión típica del hincha que pierde la razón y habla desde su estómago. Quizás serían los periodistas deportivos los que debieran recordar que a los equipos que no reconocen los errores de sus derrotas suelen seguir perdiendo partidos y torneos, y que Sampaoli seguro que hizo cambios diversos en el proceso que llevó a Chile al título de la Copa América, para usar un ejemplo bastante fácil.

Aunque también hace falta que esa prensa sepa debatir sobre los sentimientos que genera o que alimenta en el público actuando con ese nacionalismo exacerbado e innecesario, que alimenta aunque indirecta e involuntariamente la discriminación y los conflictos. Los que se acuerdan que pasó en el Centro de Santiago cuando Perú le ganó a Chile en la Haya en 2014 pueden esperar cosa mucho peor si Bolivia logra su objetivo en la demanda actual.