Movimientos sociales

Un signo característico de la última década en Chile ha sido la irrupción de movimientos sociales de diversa índole, con reivindicaciones tan diversas como la defensa del medio ambiente en localidades contaminadas, la oposición a proyectos energéticos y mineros de gran escala que amenazan el estilo de vida de comunidades indígenas y campesinas, la reivindicación de derechos civiles y patrimoniales por parte de las minorías sexuales, y de manera destacada, la reemergencia de movimientos estudiantiles –secundarios en 2006 y universitarios cinco años después– que interpelan al Estado y a los actores políticos por una educación pública, gratuita y de calidad, mostrando todavía, al día de hoy, un poder de convocatoria no despreciable.

En estos movimientos tan diversos, un común denominador ha sido la presencia de un protagonista colectivo que la mayoría de las veces es un actor que levanta demandas de contenido más social más que político. En efecto, mientras que la actitud generalizada de la clase política ha oscilado entre el afán de instrumentalización de dichas demandas para su propia agenda y la contemplación perpleja de un fenómeno que parece estar más allá de su alcance, el verdadero rol protagónico le ha tocado en suerte a un sujeto distinto, con menor visibilidad en la agenda pública, y al que los medios y la opinión generalizada le han llamado, a falta de un mejor nombre, ciudadano. Se trata de sujetos que transitan desde una subjetividad individual a una intersubjetividad, y viceversa; más espontáneo que organizado, más opinante que militante, pero por sobre todo, más identificado con su causa local o temática que con grandes relatos y cosmovisiones unificadoras. Y en algunos de estos casos este protagonista, además de su dimensión individual y social, exhibe una arista más en su identidad construida: forma parte de una especie de sujeto comunitario, esto es, constituye junto a otras subjetividades individuales una comunidad virtual y a la vez concreta, muchas veces de carácter efímero pero que logra instalar un discurso, el cual a su vez forma parte de su definición identitaria y permite que la conducta social adquiera sentido, al menos en parte, desde dicha subjetividad compartida.

En estos movimientos tan diversos, un común denominador ha sido la presencia de un protagonista colectivo que la mayoría de las veces es un actor que levanta demandas de contenido más social más que político.

Puede postularse que esta especie de sujeto comunitario ha estado presente sobre todo en algunos movimientos sociales que han emergido como respuesta a un escenario prototípico: (1) un actor económico poderoso (una transnacional, un consorcio minero, una gran empresa del rubro energético), se inserta en un ecosistema natural/sociocultural de modo disruptivo (2) a través un proyecto de inversión (una termoeléctrica, una faena minera, una planta procesadora) que (3) es percibido como amenazante para el estilo de vida, o incluso para la sobrevivencia misma de una comunidad (un poblado rural, un valle agrícola, una comunidad indígena); (4) por último, dicha inserción cuenta con el aval o al menos la anuencia del actor político-institucional (el gobierno, el parlamento, el poder judicial).

Desde la perspectiva de análisis de un cientista social, y más específicamente desde la mirada de la psicología comunitaria, resulta interesante establecer un puente reflexivo entre los fenómenos de la comunidad y de los movimientos sociales que, pese a su novedad, ha transcurrido a la par de la construcción del Estado chileno y su institucionalidad anexa, de un modo quizás más soterrado que en otras realidades de América latina. Partamos por establecer que llamamos comunidad a un tipo de agrupación social más concreta que la noción de sociedad, y que a diferencia del carácter contractual y abstracto de ésta, se basa sobre lazos sociales de naturaleza más primaria, y en la existencia de una cotidianeidad compartida, con un repertorio cultural y con memoria histórica. Por su parte, entendemos por movimiento social a los movimientos sociales como desafíos colectivos planteados por actores de la sociedad civil ante las autoridades políticas, los poderes económicos y/o sectores sociales dominantes, en una interacción que la mayoría de las veces es conflictiva, y que se articula a partir de demandas que apuntan a una transformación parcial o total del orden establecido.

Si bien una definición precisa de comunidad es todavía objeto de discusión, recurrimos a Marianne Krause, destacada psicóloga chilena, quien propone un concepto de comunidad sobre la base de tres elementos mínimos: a) la existencia de un sentido de pertenencia como fundante de lo comunitario; b) el desarrollo de diversas formas de interrelación entre sus miembros; y c) la presencia de una cultura compartida. Cabe señalar que esta definición de lo comunitario no reemplaza a la noción de sociedad, sino que tienen un carácter complementario no exento de complejidades y tensiones: como ejemplos básicos podemos recurrir a las imágenes de una comunidad rural de base campesina o un barrio tradicional del casco antiguo de una ciudad, que existen en el seno de una sociedad post-moderna, tecnologizada y rápidamente cambiante.  Por otra parte, más que enfocarnos en una revisión profunda y crítica de lo que significa un movimiento social –para lo cual hay abundante literatura especializada, desde Gunder Frank a Touraine, pasando por Tarrow, Rachske, Della Porta y Diani, entre otros autores relevantes– nos remitimos a una visión sustantiva del fenómeno a partir de los movimientos que realmente han existido durante la última década en Chile.

En el contexto actual, la comunidad –o los estilos comunitarios de vida, como forma extendida del concepto– experimenta una suerte de declive debido en buena medida al efecto disolvente que la postmodernidad (como fenómeno socio-cultural) y el neoliberalismo (como fenómeno económico-político) tienen sobre las bases colectivistas de la convivencia, como la solidaridad, la cooperación y el sentido de responsabilidad compartida.  El énfasis sobre el modo individual de vida ha relegado a un segundo plano la preeminencia de lo comunitario, y en algunos casos lo ha llevado a la pérdida de su contenido o incluso a las formas “licuadas” de comunidad descritas por Zygmunt Bauman. Dicho deterioro de la comunidad acarrea efectos negativos en la calidad de vida, con un aumento de los trastornos psicopatológicos de base ansiosa y afectiva, y vivencias relacionadas de pérdida de sentido, de desamparo y de ausencia de apoyo social; fenómenos ante los cuales las estrategias habituales de afrontamiento suelen resultar insuficientes, desembocando todo esto en un agravamiento y/o cronificación del estrés en las personas que cuentan con menos recursos para hacer valer sus necesidades en el juego social.

Más que extendernos en las posibles relaciones entre comunidad y movimiento social nos interesa proponer la idea de que los movimientos sociales actuales encarnan una especie de retorno de los estilos comunitarios de convivencia, necesariamente parciales; preferimos hablar de estilos comunitarios de vida, pues plantear que el movimiento social es un retorno a la comunidad como tal sería una afirmación incorrecta y hasta excesiva.

Sostenemos la idea de la reedición de los estilos comunitarios de vida en el seno de los movimientos sociales, pues la participación en dichos movimientos, sin importar mucho cuál sea la causa que se enarbola como bandera, y asumiendo su carácter temporal más que trascendente, activa un tipo de subjetividad que se sustenta en el nosotros más que en el yo –sin que este último sea objeto de renuncia o abdicación, como sí ocurre en fenómenos extremos de comunidad, como las sectas religiosas o milenaristas. Una visión simplista tanto de la comunidad como del movimiento social le atribuye a ambos fenómenos una cierta tendencia a la anulación de la subjetividad personal en aras de una pertenencia a un bien superior, llámese Estado, Etnia, Causa o Fe; más bien, creemos que la subjetividad del individuo encuentra, tanto en la comunidad como en el movimiento un nuevo marco de sentido, un contexto valórico que potencia y resignifica la existencia del sujeto, permitiendo además que éste aporte en forma creativa, reflexiva y crítica al objetivo compartido: el proyecto de vida común en la comunidad, la causa a defender en el movimiento social. En otras palabras, el nosotros no se construye en oposición al yo: el nosotros es una amplificación sinérgica de los múltiples yo.

Alain Touraine afirma que la naturaleza del movimiento social se puede resumir en tres componentes clave: 1°) el desarrollo de procesos identitarios que aglutinan a los participantes en el movimiento; 2°) la constitución de un adversario como figura oponente con quien se establece una interacción en tensión o conflicto; y 3°) la existencia de un modelo de sociedad al cual se aspira y que moviliza hacia la acción colectiva.  En parte, este juego de fuerzas permite activar un proceso colectivo que tiene elementos en común con las dinámicas comunitarias, sobre todo en lo que se refiere a la configuración de una identidad y al levantamiento de un proyecto como imagen o construcción discursiva que brinda un sentido colectivo de mayor alcance a la acción de los individuos y de los grupos involucrados en el movimiento social. Es evidente que este último fenómeno carece de la estabilidad temporal y espacial que define a la comunidad en la mayoría de las acepciones; sin embargo, no puede desdeñarse que la participación en un movimiento social permite a las personas experimentar algunos procesos de interacción que reviven, al menos de modo provisorio, unas formas de convivencia extrañas a cierto ethos neoliberal, prácticas colectivas que aparecen como irrelevantes desde la subjetividad individual –pragmática y desconfiada ante los valores prosociales– inserta en el discurso del consumo y la competitividad como únicas vías de salvación.

En suma, parece ser que los movimientos sociales representan, para una diversidad de actores, una oportunidad de recuperación al menos parcial de la subjetividad comunitaria, esto es, la vivencia de un espacio de cotidianeidad signado por compromisos colectivos, por relatos que dotan de sentido a la propia acción y la rescatan de la futilidad y la insignificancia en el escenario de lo público; la vivencia de relaciones sociales que trascienden el mero utilitarismo y la impersonalidad del contrato social más abstracto, poniendo el centro en una ética de la empatía, la asertividad y la calidez; la construcción de una convivencia ciudadana basada en la revalorización tanto de lo compartido como de la aportación individual a dicho acto de compartir, y no encerrada en el zapato chino del individualismo a ultranza, que a la larga resulta socialmente estéril.