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En primer lugar, agradezco la voluntad y el interés de cada uno de quienes ocupan  cargos directivos de una institución gremial con solera y distinción, en particular en este tiempo que se ciernen nubes y truenos sobre la profesión arquitectónica. Aprovechándome de ello, como arquitecto colegiado pido que hagan algo para evitar que se siga construyendo una ciudad fuera de escala y horrible, usufructuando del espacio peatonal y de los valores urbanos más significativos.

Como uno de los cuantos jodidos opinadores que de vez en cuando sale a la palestra para defender los pocos valores con que cuentan nuestras ciudades, levanto la voz para denunciar las construcciones que se montan sin ningún reparo sobre las veredas y sobre las calles, creando inmensos conos de sombra y espacios residuales; proyectos que hacen de nuestro principal calle, la Alameda, una autopista urbana al más puro estilo ingenieril sin ningún aporte arquitectónico ni urbanístico, que es lo nuestro, a la calidad del espacio peatonal ni menos atentos con el paisaje histórico de ésta nuestra calle mayor, desconociendo que para el vehículo es un eje lineal y para el peatón un lugar transversal, poniendo fuentecitas de agua que rara vez funcionaran por el empacho de modificar un paisaje genuino de nuestra urbanidad tal cual es la Plaza Italia, cambiándolo por querer cambiarlo, pero sin ninguna poética ni racionalidad ciudadana.

La frase de Mies van der Rohe “Menos es Más”, la hemos cambiado por “Más es Menos”: más hormigón menos calidad urbana, más rendimiento inmobiliario menos espacio público. Ahí tenemos el famoso Costanera Center y el mal llamado Sanhattan como los ejemplos perversos de una actividad que opta por el hormigón y no por el sol y la vegetación, tal como optó en su momento Mies en el edificio Seagram de Park Avenue, que sería bueno visitar de vez en cuando para beber de las fuentes de la buena arquitectura urbana.

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Hemos entregado a vil precio los Minvus y los Mops, las direcciones de obras y asesorías urbanas a la especulación inmobilaria camarista, sin obtener nada a cambio. Y lo que pasa en Santiago la mayor se replica en Antofagasta, Iquique, Copiapó y un sin número de ciudades que teniendo bellas historias urbanas las hemos destruido a través de una arquitectura sin belleza y de un urbanismo sin planificación, contenido en los mal llamados planes reguladores que permiten lo que el sentido común rechaza.