diego parra

Jerry Saltz, Crítico del New York Magazine

A partir de la polémica generada con respecto a la crítica literaria Patricia Espinosa , me puse a pensar si desde la crítica de arte estamos o no metidos en las mismas peleítas que los escritores. Entre tanto meditar sobre el asunto, llegué a darme cuenta que en realidad no estamos muy lejos, que los autores suelen ser en general –independientes de su medio– unos sujetos de egos bastante frágiles y que la crítica en tanto que ejercicio que se encarga de criticarlos –vaya novedad– les molesta profundamente. Ahora, ¿por qué les molesta la crítica de arte, a la vez que la mayoría coincide en que en Chile no hay crítica de arte? Es paradójico el comportamiento de nuestro circuito, pues entiende la importancia de la escritura de crítica de artes en medios oficiales y alternativos, pero al mismo tiempo preferiría que nadie escribiera cosas malas sobre ellos, sino que puras reseñas y en definitiva, les hagan infinitos cariñitos retóricos.

Todo el conflicto en torno a Patricia Espinosa, ha puesto en evidencia una cuestión que es a mi juicio fundamental: los autores no quieren una crítica que elabore juicios, pues desean que esta sea únicamente una forma de complementar las obras, por medio de su explicación (y bueno, también de halagos, por qué no decirlo). En este sentido, desean reseñas ojalá de un tono intelectual superior, que deambule desde la academia hacia el público “de los iniciados” y así, quizá, darle más relevancia y “densidad” a su trabajo. Y aquí hay un problema enorme, la crítica literaria y de arte, deben su sentido a la emisión de juicios, de lo contrario se convierten en otra tipología escritural que ya no es una crítica. Tal vez, la idea de hablar de una crítica de arte/literaria sin juicios parte desde la confusión del concepto “crítica”, pues podríamos decir que cuando leemos una reseña de una expo o de un libro, efectivamente una de las habilidades fundamentales es la crítica, pero aquí dicho concepto adquiere el significado de “reflexividad”, por lo que no es de extrañar que muchos autores que se dedican únicamente a reseñar, se consideren a sí mismos críticos de arte y el campo los acepte como tales.

Ahora, también hay que ser lo suficientemente sinceros como para decir que muchos autores entienden perfectamente la diferencia entre críticos y reseñistas, pero que aun así, prefieren considerar a estos últimos como modelo de bondad, virtud y profesionalismo. Y ahí es donde volvemos a lo inicial, a los autores no les gusta ser criticados. Pero creo que sería mucho más útil para todos, si comprendiésemos bien que la crítica de arte no es un género para los autores y sus procesos individuales de construcción de obra, ya que para eso están los curadores (¡y vaya que los hay por montones!). Mientras que la crítica de arte es y fue un tipo de texto pensado para el público asistente a las exposiciones (sin excluir a los artistas, que pueden aprender cosas perfectamente de lo que un crítico diga, eso depende en realidad de qué tan receptivo sea dicho autor). Desde esa premisa, se hace evidente que en muchos casos, lo que el artista considera malo de parte del crítico sea en realidad algo que tiene que ver con la puesta en escena de su trabajo, con los problemas asociados a una mala curatoría o incluso un mal montaje y no así, un problema particular con el artista a quien se decide criticar, es decir, la crítica de arte no es personal, por mucho que así lo parezca.

Leyendo algunos de los textos escritos a raíz de Espinosa, me encontré con uno que simplemente me impactó, pues lo único que pude pensar fue que sólo un narcisista desatado diría algo como que la crítica parasita de los autores y sus obras . Sin embargo, al seguir revisando opiniones generalizadas en el campo, parece ser que muchos artistas consideran eso también, que la crítica de arte es secundaria y un género absolutamente menor, pues parasita de ellos (la idea es en realidad bastante vieja, pues casi desde sus orígenes la crítica ha recibido dichos ataques). Dicha frase, quitándole la cuota de locura clínica que exuda por todas partes, también parte desde una idea preconcebida bastante errada. Si bien la crítica de arte o la crítica literaria, están construidas siempre “a partir de” o “en respuesta a”, eso no quiere decir que todo lo que enuncien sea sólo posible a través de la obra a criticar, pues la cantidad de ideas que circulan en una crítica de arte, exceden por lejos cualquier eventual alcance que la obra criticada pudiera alcanzar. En ella se cruza la filosofía, la historia y teoría del arte, la cultura pop, conocimientos técnicos de montaje, etcétera, es tal la cantidad de conocimientos y conexiones simbólicas que se entrecruzan en la crítica de arte, que no queda si no aceptar la total independencia de esta como práctica (y al mismo tiempo, su marcado carácter autoral). Pongamos un ejemplo, nadie diría que Marcel Duchamp se hizo famoso parasitando a la industria de enlozados sanitarios norteamericana, ¿o sí? Una cosa es que la crítica suceda siempre después de una exposición, pero otra muy distinta es pensar que su relación se da en términos parasitarios y no simbióticos, es decir, de máximo provecho común.

Y es aquí donde radica el punto más importante, en la simbiosis obra-crítica o artista-crítico. Para configurar un campo artístico funcional, que no se autofagocite en determinados espacios y agentes repetitivos, es necesario comprender que las obras al exponerse, si no son puestas en diálogo con la crítica de arte no llegan nunca a cuajar sentido alguno en el público; y esto no pasa porque la gente lea crítica para visitar exposiciones (de hecho, no lo hace), sino que más bien, porque la crítica es la encargada de instalar dicho trabajo simbólicamente en la cultura cotidiana, esto por medio de la reflexión acerca de sus puntos en conexión con la realidad inmediata e histórica. A pesar de que la crítica de arte sea una práctica específica, casi disciplinar, aún hoy esta no ha dejado ser el único espacio anclado al público y no a las poéticas particulares que cada artista posee (sintonía donde la curatoría ya se ha situado incluso por sobre los artistas).

Entonces, si queremos a un público que visite más exposiciones, es urgente que la crítica de arte –no la reseña– sea más cultivada y los autores por su parte, dejen de lado sus tonteritas y niñerías. Sólo en la medida que más exhibiciones reciban miradas críticas desde fuera (es decir, desde el público), estas podrán adquirir mayor relevancia y no se quedarán como ejercicios estrictamente de campo, donde los espectadores son siempre especialistas que no necesitan crítica de arte para vincularse con un trabajo (situación actual). Aunque suene populista, el crítico de arte es el único que se preocupa primero del espectador y luego de todos los demás.