Algunos políticos del siglo pasado dicen que estos no son tiempos para hablar de grandes reformas ni de cambiar la vieja política de los consensos por una política de cara a la ciudadanía y con una verdadera participación de ésta.

No quieren que se les contradiga y pretenden que aceptemos como rebaño sus propuestas y decisiones políticas.

El problema es que no somos rebaño ni un ejército, somos seres conscientes de que llegó la hora de cambiar Chile. Y como tal, tenemos el deber moral de rebelarnos contra las reglas que solo favorecen a una élite política y que va contra nuestros ideales y principios.

En una oportunidad, con estupor escuchamos  a la presidenta del Partido Socialista de Chile en un comité Político de la Moneda exigir al Ministro del Interior que aumente el porcentaje de firmas para inscribir partidos Políticos, ya que si no lo hacía cualquier movimiento con 40 “pelagatos” podría ser partido, y que eso atentaba contra los partidos grandes y con historia.

Ante esas afirmaciones, no se puede guardar silencio. Con tristeza vemos que la democracia, conquistada con mucho esfuerzo, ha pasado a convertirse en una partidocracia donde el acceso a la administración del poder depende de los grandes y mismos partidos políticos de siempre.

Por ello, la única forma de perfeccionar la democracia es permitir que nuevas expresiones sociales que no se sienten representados por los partidos viejos, puedan acceder al “poder político” mediante partidos nuevos que se quieran inscribir.

Lamentablemente, los viejos partidos han acordado en el Congreso bloquear el surgimiento de nuevos partidos, aumentando el número de firmas de un 0,25% a un 0,5% del electorado que sufragó en la última elección y de un parlamentario a cuatro.

Este antidemocrático “acuerdo de exclusión” lleva la firma de la UDI y RN por la derecha y de la DC, PS, PPD y PR por la Nueva Mayoría. Paradojalmente son los mismos partidos tradicionales que han administrado el país por más de 25 años y responsables de la pérdida de credibilidad en gran parte de la sociedad chilena.

Lo más dramático es la postura de la que llamaremos “izquierda caviar” que al parecer le incomoda ver a plebeyos acceder al poder político.

El fin de este acuerdo político es  mantener a toda costa el poder y para ello deben eliminar cualquier tipo de competencia que les haga perder el poder por la vía electoral.

Los “partidos grandes” no tienen ningún derecho de impedir el surgimiento de nuevos referentes políticos, más cuando la ciudadanía en todas las encuestas expresa un gran rechazo a ambos bloques políticos.

Menos aún, cuando estos mismos partidos figuran con extraños financiamientos de Corpesca, Penta  o SQM.

Los partidos pequeños no hemos sido financiados de forma ilegal como lo han sido quienes hoy pretenden impedir -vía un acuerdo espurio- el surgimiento de fuerzas políticas-sociales emergentes. No les corresponde a ellos poner “reglas inmorales” con relación a su propio comportamiento.

La falta de representatividad de esos partidos también ha mermado la participación ciudadana. En la última elección presidencial hubo un 58% de abstención. Votó el 42%, donde el actual gobierno obtuvo el 62% de esa minoría electoral.

Una democracia no es solo cambio de gobernantes. El nuevo concepto de democracia que buscamos apunta a la perfección total en su dimensión filosófica y práctica, es decir, debe permitir la participación de la ciudadanía en la toma de decisiones. La democracia imperfecta como la chilena es la que ha creado las grandes desigualdades del país.

Nos negamos a aceptar este concepto de democracia, porque no es la que elegimos. Esta democracia es la que nos heredaron y por ello no podemos aceptar que desde la izquierda caviar, nos impongan normas. No nos representa esa izquierda de salón de té que le incomoda que los plebeyos se junten con el pueblo y los pobres.

Es cierto que en la ciudadanía hay una  apatía y resignación a lo que nos ofrecen hoy los mismos grupos políticos de siempre, pero es hora de cambiar esa dinámica que solo tiende a la inmovilidad. Y la única forma es a través de nuevos referentes. Nuestro llamado más profundo es a la esencia misma de los que es la IC, un partido ciudadano que toma la responsabilidad de defender los derechos de los postergados.

Los partidos que no quieren que nos inscribamos, no quieren que la ciudadanía sea representada legalmente. Los que se creen dueños de la política, deben saber que venimos de la lucha social y de la lucha por sobrevivir de todo un pueblo que derrotó la dictadura y de un pueblo al que desde hace siglos lo han intentado exterminar. Esa lucha la ganaremos porque los oprimidos no pueden ser oprimidos por siempre.


Profesor