Cada medio de comunicación prensa, radio y televisión que se precie encarga y publica su encuesta electoral. Las previsiones demoscópicas florecen como los almendros en primavera, y cada ciudadano es muy libre de creerlas o no. Sabemos que hay medios y medios, y entre ellos algunos que son, en la práctica, un simple órgano oficioso de partido. Más allá, no obstante, de las manipulaciones que sociólogos y estadísticos puedan hacer en el cocinado de los datos obtenidos por los encuestadores, hay tres elementos que conviene tener en cuenta: uno, que las muestras suelen ser insuficientes porque una encuesta con un universo amplio es muy cara; dos, las habituales no ofrecen resultados fiables del reparto de escaños por provincias; y, tres, la ley electoral española prima a los partidos mayoritarios en las circunscripciones pequeñas, esto es en las provincias menos pobladas. Fernando Abril Martorell [UCD] y Alfonso Guerra [PSOE] hicieron décadas atrás lo que tuvieron que hacer para conciliar el reparto que aseguraría sus mayorías alternativas.

Por eso, pese a sus imperfecciones y a la desconfianza que afecta a todo aquello que de una forma o de otra tenga relación con este gobierno del PP, se le ha dado tanta importancia a la última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas [CIS]. No son pocos los que piensan que, ¿visto lo que se ve a diario en TVE; sabido lo que hizo y no hizo el Banco de España con las maniobras en la oscuridad de la banca; y oído como se oye mentir sin rubor a Rajoy y a sus ministros?, nadie puede fiarse de lo que diga el CIS. Éste, más allá de la seriedad de sus profesionales, está vinculado al ejecutivo como organismo público que es, y eso levanta sospechas de parcialidad en el cocinado de los resultados que se hacen públicos.

Pese a todo, la encuesta del CIS tiene dos características que la hacen única y la mejor. La primera es el tamaño de la muestra. La segunda que, más allá de porcentajes en bruto, atiende a la distribución de escaños por provincias. Tras haberse hecho pública esta misma semana, algunas cosas pueden afirmarse casi, casi con seguridad. Veamos.

-El grueso de los 350 diputados que antes se repartían fundamentalmente entre dos [PP y PSOE], ahora se van a repartir entre cuatro. Eso va a hacer imposible una mayoría absoluta, algo deseable, tanto más tras la amarga experiencia del rodillo austericida impuesto por el PP durante los últimos cuatro años.

-La participación va a ser muy alta. Más del 75 por ciento afirma que votará, pero el 40 por ciento de los electores todavía duda. Ese factor puede convertir en papel mojado la mejor de las proyecciones demoscópicas.

– El PP va a ser el partido más votado, pese a todo. Basa su victoria en las circunscripciones pequeñas, en el voto rural y en el segmento de población de edad más avanzada, pero resiste. No se trata de un voto simplemente conservador, sino directamente reaccionario que tiene que ver con que a esos electores el PP les parece un partido de orden y de un españolismo castizo sin fisuras. Sin embargo, se espera que pierda más de 60 escaños.

-El PSOE enfrenta una muy difícil realidad. Ha dejado de resultar convincente como el referente del voto útil de la izquierda. Algo que ha venido rentabilizando desde, por lo menos, 1993. Una idea que le dio la última victoria a Felipe González, y que hizo valer en las dos elecciones que llevaron a Zapatero a La Moncloa. Ya no cuela. Su líder máximo y sus coros no se cansan de repetir que ellos son los únicos que pueden vencer al PP, pero esta vez a Pedro se lo comerá el lobo, si me permiten la ironía.

-El PSOE pierde votos por su derecha y por su izquierda, a manos de Ciudadanos y de las coaliciones que se vertebran en torno a Podemos y que responden a la diversidad regional española. El respetado dirigente vasco Odón Elorza afirmaba recientemente que el PSOE ha iniciado un proceso interno de transformación para recuperar su identidad. Quizá tenga razón, pero, según las encuestas, no se percibe. Además, si se señalan algunos de los nombres que aparecen en las listas socialistas, da la impresión que la transformación de Elorza está medio sumergida en formol.

-El PP se convierte en irrelevante en Cataluña y en el País Vasco, lo que no debiera dejar de preocuparles para el modelo de España que defienden, pero sobre todo resulta llamativo el [pronosticado] resultado catalán, donde se juegan muchos escaños: es demoledor para los de Rajoy.

-En ayuda del PSOE [y del PP] viene el reparto pactado por la extraña pareja Abril Martorell/Guerra: siempre respecto a las elecciones de 2011, en las 26 provincias más pequeñas, el PP obtiene 48 diputados y 27 el PSOE. No obstante, la novedad es que en ellas también recoge frutos Ciudadanos, con 17 e, incluso, Podemos con 5. Es una novedad porque hasta ahora PSOE y PP se lo repartían como buenos amigos. Es decir que, pese al apaño electoral tradicional, se están gestando cambios de fondo.

-Los resultados [según la previsión del CIS] en las regiones que reparten más escaños son muy significativos. En Madrid, el PP pierde más de una cuarta parte, el PSOE pierde la mitad [y pasa a ser la cuarta fuerza], C’s dobla a los socialistas y Podemos los supera.

-En Cataluña el PP pierde dos tercios de sus diputados, Convergència pierde la mitad, el PSC casi lo mismo, Esquerra Republicana de Catalunya [ERC] más que triplica los de 2011 e irrumpen con fuerza Ciudadanos y la coalición En Comú Podem, que igualan a ERC. El cuadro de la anterior representación catalana en Madrid salta hecho pedazos, y evidencia que la fractura partidaria resultante del proceso soberanista es indiscutible.
-Además, los siempre esenciales escaños que el socialismo catalán ha aportado tradicionalmente a los resultados del PSOE van a generar un síndrome de abstinencia horrorosa para él.
-En el País Valenciano, el PP puede perder la mitad de sus diputados y un poco menos el PSOE. Además, éste último se ve superado por la coalición Compromís- Podem És el moment, y también por C’s. Un vuelco histórico.
-En Andalucía el PSOE se mantiene, confirmándose [junto a Extremadura] como la reserva española del voto socialista. El PP pierde un tercio respecto a 2011, Izquierda Unida se hunde, y emergen C’s y Podemos, doblando los de Rivera a los de Iglesias.

-El PP y el PSOE parece que son percibidos como partidos viejos, tradicionales, envejecidos. El PP se dirige a su público más tradicional, pero lo mismo hace el PSOE. El empeño en hablar de lo que Felipe González o Zapatero aportaron a la modernización de España, siendo cierto, no le llega fundamentalmente a la gente joven. Es un discurso que no lo aleja del PP, que también se presenta [con enorme descaro y falta de ética] como el partido modernizador de España. Sin embargo, se trata en ambos casos de una modernización que un buen segmento de población ya tiene descontada [los que votaron socialista desde 1977 o 1982], y que otro [los nacidos ya en los ochenta y noventa] ni comprenden ni valoran.

-No obstante todo lo anterior, nada está escrito. Hay mucho voto por decidir todavía. Según los expertos una buena parte de ese voto está lo suficientemente desideologizado como para ser decidido por pequeños detalles en los últimos momentos. Habrá que estar atento a la campaña, particularmente a los errores que los líderes puedan cometer.

-En cualquier caso, el próximo gobierno será resultado de un pacto. Particularmente los dos grandes partidos ya tienen sobre la mesa su Plan B. El PP ha promocionado a Soraya Sáez de Santamaría a la categoría de suplente de Rajoy [lo que con mordacidad Pablo Iglesias ha llamado la Operación Menina] para un hipotético pacto con Ciudadanos, que vetaría al actual presidente. El PSOE, por su parte, desde el argumento de que es necesario enviar al PP a la oposición, ya ha ofrecido conversaciones a todos aquellos que tras el 20D estén dispuestos a pactar un gobierno regenerador, alejado de los vicios y perversiones que han caracterizado al gobierno de Mariano Rajoy.

El actual presidente es alérgico a los debates con otros dirigentes. No quiere medirse a ellos porque se sabe inferior. Sus torpezas verbales hacen arder las redes sociales, y el ridículo reiterado avergüenza a propios y extraños. Habrá que ver si el electorado penaliza su cobardía y sus múltiples torpezas.

Finalmente, habrá que ver si, efectivamente, el gobierno que salga de las elecciones afronta los grandes problemas del país en vez de refugiarse en el silencio, la inacción o el recurso estomagante a la judicialización de la vida política, que han sido los distintivos de Rajoy. Dentro de dos semanas tendremos los resultados de la única encuesta que vale: la que se hace en las urnas.


Académico del Departament d'Història Contemporània, Universitat de València