“Señoras y señores,

venimos a contar

aquello que la historia

no quiere recordar”.

Cantata Santa María de Iquique.

Uno de los capítulos de nuestra historia como país que hasta hoy, y de manera invariable, me sigue provocando la misma mezcla de emociones de aquel día en que por primera vez leí sobre él, -en la biblioteca del colegio mientras capeaba las clases de educación física, doce o trece años debo haber tenido-, se escribió con la sangre de más de 3 mil obreros del salitre un 21 de diciembre de 1907. Hombres, mujeres, niños, niñas; indefensos, desarmados, explotados inescrupulosamente para rentabilizar el negocio y el enriquecimiento ajeno, llevados mediante engaños al matadero, el patio polvoriento de una escuela del Norte Grande. “El sitio al que los llevaban / era una escuela vacía / y la escuela se llamaba / Santa María”, canta Quilapayún para contar la historia desenterrada por Luis Advis en 1969. Una historia mantenida bajo la alfombra de manera conveniente durante décadas por el relato oficial, por la narrativa del adoctrinamiento que uniforma la opinión de la comunidad nacional en torno a la defensa de determinadas ideas, creencias y valores comunes, erigiendo un altar patrio en el cual poder reverenciar toda esta imaginería de efemérides escolares. La historia oficial simplificada didácticamente, obviando en este reduccionismo aquellos elementos de análisis que pudiesen permitir conclusiones distintas a las deseadas. Arrancando las páginas negras de hechos de los cuales es mejor no saber demasiado.

Dentro de este marco lógico, el revisionismo no tuvo o no ha tenido mayor cabida al momento de poder aportar miradas complementarias, entregando elementos de juicio diferentes, muchas veces desconocidos por acción u omisión del ente narrador, de manera de evitar eventuales interferencias en la transferencia informativa del discurso oficial de la historia,  que pudieren alterar el contenido y propósito del mensaje. Por lo mismo, dichas obras resultan nutrientes para la expansión del conocimiento y del despertar de la conciencia colectiva de una sociedad. Esa especie de proscripción que le ha otorgado la exclusión de las mallas curriculares, y que nos señala no ir más allá de la instrucción recibida, oculta terrenos donde yacen otras historias que la oficial ha preferido olvidar y no contar. Una masacre perpetrada en contra de más de 3 mil obreros en huelga ante su situación de explotación laboral, por ejemplo, no parece ser un hecho menor como para no merecer un espacio destacado dentro de la historia de un país. Sin embargo, en el nuestro ha sido -y sigue siendo- así. Haciendo el parangón en términos informativos, y guardando al mismo tiempo las proporciones con el ejemplo citado anteriormente, la costumbre tendiente al ocultamiento de ciertos temas continúa: los medios de comunicación vinculados al poder empresarial otorgan casi nula cobertura a las demandas sindicales por mejoras laborales, especialmente si afectan la imagen de grandes grupos económicos con incidencia en lo político. Sencillamente, lo que no sale en los grandes medios o en la bibliografía tradicional nunca sucedió.

Las editoriales de aquella época aparecidas en El Mercurio, tanto antes como después de la masacre perpetrada por el estado mediante la utilización del ejército para la defensa de intereses particulares, -los mismos que detonaron la Guerra del Salitre en 1879, destinados a adueñarse del entonces llamado “oro blanco”- pusieron en duda, primero, las razones objetivas que justificasen la huelga obrera (“no hay causa visible que justifique los acontecimientos”, aseguraba entonces el medio, ignorando completamente la realidad objetiva de hombres que debían trabajar durante extensas jornadas bajo miserables condiciones salariales, higiénicas, etc.), para comentar una semana después, justo en el Día de los Inocentes, que en nombre del orden público lamentablemente el uso de la fuerza había sido necesario. “El Ejecutivo no ha podido hacer otra cosa, dentro de sus obligaciones más elementales, que dar instrucciones para que el orden público fuera mantenido a cualquiera costa”, justificaba el periódico la matanza de más de 3 mil personas que pedían mejores condiciones laborales. Dignidad. Respeto. Consideración. A cambio recibieron mentiras, desprecio, balas de metralla, la muerte como castigo. La magnitud de la respuesta entregada es de una dimensión de injusticia y brutalidad que hasta el día de hoy cuesta procesar. (Aquí hay una gran película esperando filmarse. Tengo entendido que existe desde 2013, o existía, un proyecto ideado por la actriz Loreto Aravena, una especie de ópera rock. Ojalá se concrete y esté a la altura de la historia que la inspira)

Mediante una mirada panorámica que desde los hechos de nuestro pasado nos permita comprender las razones de nuestro presente, cabe preguntarse: ¿En qué medida la defensa de capitales privados, llevada a cabo por el Estado con el uso de la fuerza armada inclusive, ha respondido a una lógica histórica determinada por relaciones de poder que hoy son rechazadas y condenadas, ética y judicialmente, en tanto práctica impropia y sus alcances de naturaleza delictiva? El desarrollo del juicio crítico para analizar los hechos conocidos, así como para indagar sobre aquellos no contados, resulta indispensable entonces para la comprensión cabal de nuestra actualidad. Qué la ha determinado, cómo se explica su dinámica de relaciones sociales. Por qué somos lo que somos -y lo que no somos- como país. Si lo que vivimos hoy como sociedad respecto de ciertas prácticas político-empresariales corruptas es algo nuevo o si, lejos de ser una señal de los tiempos, se trata más bien de una tradicional habitualidad, extendida con paso elegante y aristocrático a través de los años. “Quizás mañana o pasado / o bien en un tiempo más / la historia que han escuchado / de nuevo sucederá”, cuenta la Cantata triste como advertencia. Lo hechos le dieron la razón, ocurrió de nuevo en 1973. La experiencia del pasado enseña, por eso es preciso conocerlo. Y para eso, es muy importante escribir el presente, hoy, desde la verdad.