La colusión ciudadana desplegada el pasado domingo contra la colusión de los empresarios conocida recientemente, ha generado distintos puntos de vista en las redes sociales, particularmente en aquellos sectores que se identifican con ideas de izquierdas. Es bastante difícil ponderar el grado de incidencia de la “rebelión” contra los supermercados. Sin embargo, de que generó cierto impacto simbólico es indudable, lo que se reflejó en portales desde el mercurial Emol hasta el izquierdista Ciudadano.

Para los más optimistas, la situación evidenció una efectiva capacidad coordinativa a través de las redes sociales. Para los pesimistas, esto no fue más que una acción espuria sin profundidad política, promovida por una “falsa conciencia” de un supuesto poder individualista y consumista, que en realidad no existe, pues finalmente todo el mercado, desde las grandes tiendas hasta los mercados de barrios y ferias libres están en última instancia controlados por los mismos coludidos de CENCOSUD, WALLMART y otros. Desde esta última mirada, mientras estas acciones de protesta no sean permanentes y con una clara crítica al sistema, difícilmente develarán el “verdadero” conflicto social: el de clases.

Una conclusión similar, aunque desde de las franjas concertacionistas y de la derecha chilena, fue esgrimida para explicar los movimientos estudiantiles, regionales y otros que se han desatado los últimos años. Durante el 2011 las primeras reacciones de la élite fueron explicar las protestas como movimientos que buscaban solo mejorar el acceso y consumo de los bienes que demandaban. Por tanto, con mejores regulaciones, créditos y becas, además de una cuota de explicación del beneficio que traerían se aplacaría el descontento. Esto pudo ser así al inicio, pero la extensión y masividad de esas luchas, han ido evidenciando que el descontento es más profundo y más difícil de resolver.

Sea de la manera que fuera, las personas de carne y hueso en realidad (y no solo en sus “falsas” o “limitadas” conciencias) dejaron de asistir con la afluencia de cada domingo a los supermercados y, en la misma noche, al parecer muchas personas sintieron que, al menos por un día y por unas horas, le “habían tocado la oreja” al empresariado. Serán esclavizados todos los días, comprarán todos los días, pero ayer, nuevamente se ha sentido que cuando hay una mínima voluntad colectiva se puede hacer algo contra los poderosos. ¿Cómo explicar esto?

La “economía moral”: Una posible interpretación.

Uno de los principales historiadores sobre el surgimiento del movimiento obrero, el inglés E. P. Thompson (coetáneo y alabado por Eric Hobsbawm), acuño un concepto fundamental para comprender situaciones como estas desde una perspectiva histórico-cultural y materialista: la “economía moral de la multitud”. Según el historiador, para el siglo XVIII inglés, en momentos que el capitalismo desplegaba su avance con el modo de vida feudal, existía un “consenso popular en cuanto a qué prácticas eran legítimas y cuáles eran ilegitimas en la comercialización, en la elaboración del pan, etc. Esto estaba a su vez basado en una idea tradicional de las normas y obligaciones sociales, de las funciones económicas propias de los distintos sectores dentro de la comunidad que, tomadas en conjunto, puede decirse que constituían la “economía moral de los pobres”. Un atropello a estos supuestos morales, tanto como la privación en sí, constituía la ocasión habitual para la acción directa”. Claramente, como complementaba Thompson, la “economía moral” no podía ser descrita como una acción con proyección política, pero tampoco podía entenderse como apolítica, pues ella supuso en Inglaterra “nociones del bien público categórica y apasionadamente sostenidas, que, ciertamente, encontraban algún apoyo en la tradición paternalista de las autoridades; nociones de las que el pueblo, a su vez, se hacía eco tan estrepitosamente que las autoridades era, en cierta medida, sus prisioneros”. Con ello, el historiador trataba de contrarrestar las visiones conservadoras donde los grupos populares eran vistos como bestias desbocadas y las marxistas, donde eran vistos como meros “rebeldes primitivos”. En base a lo citado, Thompson consideraba que incluso esas acciones colectivas espontáneas se basaban en un entramado ético-moral que las impulsaba, el cual conectará con elementos de continuidad e inflexión a lo largo de su obra con la construcción de la identidad clasista de los trabajadores ingleses del siglo XIX.

Esto último era clave para Thompson en su intento por comprender la configuración de las clases sociales. Alejándose del marxismo hegemónico durante casi todo el siglo XX –particularmente en la segunda mitad, cuando Thompson escribe-, definió a la clase como producto histórico de la lucha social. Desde su punto de vista, la clase era una relación social conflictiva. Relación ante todo, porque no se podía entender “burguesía” y “trabajadores” por separado, sino que los individuos que componían a uno u otro “bando” se articulaban mientras se desplegaban sus luchas, identificándose y diferenciándose a través de ellas. Aunque para el inglés la clase podía servir como categoría analítica sociológica “estática” que encasillara una multitud de oficios, lo relevante para los historiadores (y podríamos agregar, para la política) era verlas en movimiento en el transcurso del tiempo, lo cual desordenaba y desbordaba esos casilleros. En efecto, a él le importaba rescatar los sujetos históricos y cómo se configuraban sus identidades clasistas como actores socio-político. Esto lo hizo rescatar la noción de experiencia, la cual si bien estaba enmarcada en determinadas situaciones materiales y productivas, también era procesada y mediada por la cultura de los grupos sociales, particularmente, subalternos. De allí que Thompson se arriesgara incluso a decir que en momentos anteriores al siglo XIX se podía hablar de una “lucha de clases sin clases”, siempre y cuando se entendiera que la lucha de clases, aunque no existiera la identificación clasista, sí podía procesarse cuando los sujetos en conflicto se auto-definieran como un colectivo, que muchas veces no se basaba en criterios económico-laborales, sino muchas veces en torno a temas culturales, tal como ejemplificó, entre la gentry (algo así como la élite emergente) y los plebeyos, o como ha intentado aplicar Salazar al caso chileno, como “bajo pueblo”. Es más, para la lectura Thompsoniana, la hegemonía de las luchas y características económico-laborales de los grupos subalternos en el capitalismo inglés, que avanzarían en el siglo XIX, no fueron las primeras, sino que fueron posteriores a identificaciones culturales y sociales.

Esta lectura nos puede dar algunas claves para comprender la conflictividad social del Chile actual, de manera abierta y compleja, donde las identidades de clases en torno a lo laboral parecen diluirse, aunque no borrarse del todo, tomando otras formas de identificación potenciales de politización y retornar con nuevas expresiones clasistas material, cultural e históricamente concretas.

El Chile actual: ¿lucha de clases sin clases?

Al menos desde el 2011 en Chile se despliegan una serie de fenómenos de protestas, pero que difícilmente se articulan con fines clasistas. Al contrario, muchas de ellas se adquieren perfiles de acción de los conflictos “pre”-clasistas y con motivaciones vinculadas al mundo del consumo. El clasismo y el anti-capitalismo se ven diluidos a nivel de masas. Esto se debe a la ya consabida derrota político-cultural de las fuerzas populares desde los ´70 hasta la fecha, bajo la influencia del capitalismo en su clave neoliberal. Ya hace años el premio nacional de ciencias sociales, Tomás Moulian, habló de la expansión de una política iletrada y del ciudadano credit-card. Pero esto convivió con una larga trayectoria histórica de organización social y popular, que con distintos fines subterráneamente se mantuvo con momentos expansivos y restrictivos bajo la Dictadura y la “transición”.

Todo configuró un complejo panorama político, cultural y organizacional que si bien se acopló por momentos al neoliberalismo, en otros se desacopló y lo puso en tensión. Los años en torno a las movilizaciones del 2011 han evidenciado las fisuras entre las expectativas que supuestamente ofrecía y lo que ha sido el neoliberalismo realmente existente, pasando a llevar incluso las dimensiones “justas” y “legitimas” del lucro y el mercado que el mismo había configurado. Es así que las movilizaciones del periodo reciente han estallado en contra de los abusos educacionales, medioambientales y empresariales. La economía moral de la multitud en tiempos de neoliberalismo ha entrado a operar, tensionando la realidad con lo que las franjas populares concebían el vivir bien en una sociedad neoliberal. Al contrario de esas expectativas, lo que se ha visto en los últimos años ha sido más descomposición social, mayor corrupción y abuso empresarial.

El malestar se ha expandido, aunque no se ha expresado necesariamente en politización institucionalizada (formación de partidos masivos críticos al sistema), pero si se ha dado una politización social que impugna el poder. Se han multiplicado las movilizaciones, las marchas, protestas y campañas de denuncias, entre ellas, la “colusión ciudadana” del pasado domingo. Más rudimentarias y simples en cuanto a organización que la constitución de un partido o movimiento política crítica al sistema, pero bastante efectivas en el corto plazo y con efectos altamente simbólicos. Ello no es casual, sino que responde a la carencia de una experiencia y conocimiento histórico de las luchas pasadas a nivel de las masas sociales. Para ello se recurre a estas herramientas individualmente más cercanas, que comienzan a convertirse progresivamente en acciones colectivas. Así, se empieza a ver lentamente que los problemas antes vistos como individuales, deben confrontarse con soluciones colectivas. La presión o rebelión en el consumo, tal como en muchos lugares del planeta antes (incluso después) de la constitución de los movimientos clasistas, vuelve a emerger. Hoy, cuando no hay identificación clasista homogénea y hegemónica, se mezclan los fragmentos de esta, con identidades de consumo, sea ciudadanista o movimentista. La recuperación o defensa de los derechos sociales y del territorio movilizan, incluso más que propuestas políticas acabadas. La acción se impulsa más por cuestiones ético-morales.

Este claroscuro proceso, contradictorio y tenso, configura cada vez de forma más nítida una tensión entre los de “arriba” (empresarios y políticos) versus los de “abajo” (los ciudadanos y los trabajadores). Progresivamente se ve una brecha más profunda entre aquellas y aquellos chilenos que se identifican como “comunes y corrientes” contra una élite impregnaba de corrupción y lucro sin control, que rompen la ley hecha por ellos mismos. Ese mismo desborde de la Ley y lo “legítimo” de la “élite”, lleva a la expansión de un cuestionamiento de la Ley y lo “legítimo” en los de “abajo”. La crisis de legitimidad de las instituciones políticas, como primera línea de la élite, comienza a colarse hacia los otrora intocables y alabados empresarios.

La colusión ciudadana contra los supermercados fue -tal como otras- una vía para demostrar el descontento social, probablemente en espacios de carácter más ciudadanos, basados en el consumo que aún nadie ha podido organizar. Desde las fuerzas de cambio no podemos menospreciar esto. Al contrario, debemos comprender que estas formas de protesta se dan en dimensiones que tienen poca experiencia reciente de organización o su historia de articulación ha sido borrada de cuajo. Comprender que el malestar expresado en múltiples formas puede conducir a un proceso de organización y politización debe ser tomado en cuenta, aunque todavía no tengan un sentido claramente “revolucionario” o “clasista”. La organización y la conciencia social no vienen dadas, por el contrario, se desenvuelven y maduran al calor de las luchas populares plebeyas. Nuestro desafío no es anular los descontentos, sino potenciarlos y dotarlos de un potencial político que busque el desborde del capitalismo actual. Como ha demostrado Thompson y las luchas actuales, la única forma de concretar una lucha de clases con clases, es desplegar una lucha social para que sea experimentada por los sujetos y configuren al andar una identidad de clases que las mayorías sientan como propias, y no de iluminados que vienen a predicar esa idea como verdad y que los demás son “herejes” enajenados. Sigue siendo una necesidad contribuir a una conciencia de la necesidad de la organización, del desborde democrático del neoliberalismo, la politización del malestar y la socialización de una nueva política posible. Sembrar esas ideas hoy, abrirán mañana nuevas ventanas de oportunidades para que en Chile se fortalezca el espíritu de una sociedad más justa y democrática.

 


Estudiante Doctorado en Historia, U. de Santiago