Mantened la calma y seguid adelante, sí. Es una buena idea, y muy práctica, la que expresaba la consigna británica de 1939, al comienzo de la II Guerra Mundial. Oportuna y recomendable en la coyuntura por la que atraviesa España.

La semana ya había sido densa y caliente con la constitución de los grupos parlamentarios, pero el movimiento de Pablo Iglesias tras visitar al Jefe del Estado, el ciudadano Felipe de Borbón, puso a la España política y partidaria patas arriba. Con la rueda de prensa que dio tras la visita a La Zarzuela, todo hace pensar que, -como dice Alberto Garzón-, los altos mandos partidarios han comenzado una partida de ajedrez. De momento, Iglesias marcó no sólo la jornada del sábado sino unas cuantas más de las siguientes. Hizo invisible a Rivera, expulsó del escenario -momentáneamente- a Rajoy y puso a Sánchez entre la espada de Podemos y la pared del aparato y los gerifaltes de su partido. El socialista respondió inicialmente con mucha destreza al reto del de Podemos, pero tiene la cocina partidaria en llamas.

Aunque el movimiento de Iglesias provocó “sorpresa y estupor” en el PSOE, son muchas las opiniones que coinciden en que el joven profesor se pasó de frenada. Tanto en la rueda de prensa como después, parece que Pablo Iglesias no recordó aquella máxima de Marco Favio Quintiliano de Fortiter in re, suaviter in modo; tanto como la aconsejaba Karl Marx. El líder de Podemos tiende a dejarse arrastrar por una autosuficiencia superlativa y eso le genera mucha animadversión más allá de sus incondicionales. La frase de “la sonrisa del destino” que Pedro Sánchez debería agradecerle por hacerlo presidente, así como la frase del WhatsApp posterior en el que le pedía hablar durante el fin de semana sobre “mi propuesta”, han resultado insultantes e hirientes para la militancia socialista. Además de las dudas sobre las verdaderas intenciones que ha generado el anuncio de Iglesias, son muchos los analistas que coinciden en que las formas del de Podemos son impropias de alguien que se ofrece como socio a otro. De todos modos, es necesario que los árboles no nos oculten el bosque: los principales problemas de Pedro Sánchez, todavía más que los procedentes de la Brunete mediática, vienen y vendrán del interior de su casa. Guerra, Díaz, Fernández Vara, Madina, González Paje, Felipe González… Toda una nómina de generales de cuatro estrellas que, al parecer, están decididos a hacer caer su secretario general. ¿Al precio que sea necesario?

De cualquier modo, aunque el editorial del diario El País era el sábado bien explícito al titular “Rajoy no puede, Pedro no Debe“, los barones y compañía tendrán que ser más contundentes si quieren desalojar a Sánchez. En ese caso, habrá una batalla frontal en el Comité Federal [de consecuencias incalculables], y será muy difícil explicar a la militancia y a los votantes socialistas que el PSOE renuncia a presidir [en coalición, aunque frágil] el gobierno de España. Pedro Sánchez dijo en la rueda de prensa ?dos veces? que ni los votantes de su partido ni los de Podemos entenderían que Iglesias y él no se entiendan.

El PP atraviesa horas muy difíciles, aunque con su petulancia y su hiperbólica soberbia habitual intente esconderlo. En plena batalla partidaria, esta semana ha recibido dos golpes judiciales durísimos: el juez ha imputado al partido por la destrucción de los ordenadores de Bárcenas y el número tres del equipo de la Vicepresidenta Sáenz de Santamaría ha dimitido/cesado por su implicación con el caso AQUAMED, un asunto de corrupción organizada que, por primera vez, afecta plenamente el Gobierno de Rajoy. Además, la figura del presidente se devalúa cada vez más, hasta alcanzar cotas patéticas. No ha negociado el apoyo a su candidatura con ningún otro líder político; en un mes no ha conseguido ni un voto más que los de los diputados que obtuvo el 20D; confiesa que tiene la agenda “muy libre” y, finalmente, le dijo al Rey que “de momento” renuncia a presentarse como candidato ante el Parlamento.

En cualquier democracia de calidad, un presidente en funciones que renuncia a presentar su candidatura debería dimitir y dejar la responsabilidad a otro miembro de su partido. En una organización tan jerarquizada y autoritaria como el PP, sin embargo, no sólo no pasa eso sino que Rajoy y los miembros de su entorno se han dedicado a presentar la decisión como una jugada demostrativa de la gran capacidad estratégica del líder supremo. En realidad, todo parece indicar que Rajoy no ha hecho sino ?desde su indolencia proverbial? sentarse a fumarse un puro y a leer el Marca mientras que los varones y los dirigentes del PSOE le hacen el trabajo sucio. No se sabe si Pedro Sánchez sobrevivirá, o su cadáver político será la ofrenda que permitirá que los socialistas más conservadores y los más jacobinos pidan la cabeza de Rajoy para poder hacer, finalmente, una gran Coalición PP-PSOE con Ciudadanos tal como piden todos aquellos- dentro y fuera de España- a los que asusta una hipotética alianza de izquierdas.

Pablo Iglesias y Podemos hicieron públicas -en el diario El Mundo- las medidas que proponen al PSOE, lo que llaman las líneas básicas del [hipotético] Programa de gobierno. Se trata de 10 medidas bastante inconcretas que van desde actuaciones de emergencia social para los primeros 100 días [subsidio a parados sin percepción, parar los desahucios, acabar con la miseria energética] a lo que llaman blindar legalmente la educación y la sanidad públicas y la atención social. Para ello prevén incumplir, si es necesario, los objetivos de déficit de la UE. Otras medidas son de carácter más de política institucional y -prácticamente en su totalidad- están más allá de las posibilidades parlamentarias del gobierno que proponen constituir: mejorar la independencia judicial, reforma de la Constitución, nueva ley electoral, independencia de los medios de la radiotelevisión pública y, una sorprendente por inconcreta “asunción de la plurinacionalidad de España con una búsqueda de vías para solucionar los conflictos actuales“. El encargado de esta misión, al parecer, sería un ministerio de nueva creación, el de la Plurinacionalidad. Que España sea reconocida por la ciudadanía como un Estado plurinacional es un objetivo político muy oportuno, pero crear un Ministerio de la Plurinacionalidad no parece, así, de entrada, una idea demasiado feliz. Tampoco queda claro quién debería hacer esa asunción, ni cómo, ni en qué plazo.

Son unas líneas programáticas que los más benévolos considerarán necesariamente bienintencionadas pero no demasiado realistas; en el mejor de los casos, un horizonte hacia el cual sólo podría avanzarse con otra mayoría parlamentaria que la que conseguiría el pacto que Iglesias ha propuesto a Sánchez. Los adversarios de la alianza coincidirán, muy probablemente, en que las líneas programáticas son poco más que un brindis al sol o, peor, un conjunto de medidas sin sentido en el escenario de la economía europea actual y de la realidad política de España. En cualquier caso, -sin ánimo de exhaustividad- sorprende que en el decálogo [en la versión de El Mundo, por lo menos] no se diga nada de reactivación económica, ni de política de generación de empleo, ni de política fiscal, ni de incrementar la inversión en I+D+i, ni se hable de una necesaria política coordinada de los países del sur para hacer frente al austericidio que la Troika les ha impuesto durante los últimos cuatro años.

Con todo, nadie debería poner el carro delante de los bueyes. En un escenario de constitución de una mayoría parlamentaria que sustente un nuevo gobierno, Podemos ha hecho una jugada muy interesante y atrevida, como ya se ha dicho. Es un primer movimiento que desarboló a sus adversarios y, también, a los hipotéticos socios. Hay que ver qué responden los demás. Cuáles son los movimientos que realizan como respuesta. Hemos visto a Rajoy enrocarse de forma indigna. ¿Qué hará el PSOE con Pedro Sánchez? ¿Saldrá políticamente vivo del Comité Federal próximo? Conviene recordar que Zapatero también tuvo en contra a todo el aparato socialista, y luego pasó lo que pasó. Queda, por tanto, mucha partida. No ha hecho más que empezar.

Es fácil acusar a Podemos de muchas cosas. Una de ellas la de entender que la negociación política y partidaria es una especie de debate en un plató de televisión. De hecho, la exigencia de que las conversaciones entre los partidos sean televisadas huele más a campaña electoral que a otra cosa. Sin embargo, hay que reconocer que son los únicos que han puesto sobre la mesa una propuesta significativa en el mes que ha pasado desde las elecciones del 20D. ¿Qué recorrido tendrá?

No lo podemos saber a estas alturas. Lo que, por el contrario, sí parece una evidencia es que el proceso de negociaciones va a ser largo y lleno de sorpresas y cambios de tendencia. Lo que el viernes era imaginable, fue desmentido por la realidad el sábado. Todo es posible: desde el pacto encabezado por el PSOE, a la gran coalición liderada por el PP sin Rajoy o las nuevas elecciones. El resultado está abierto, de par en par.

Así pues, haríamos bien aplicando aquello de Keep Calm and Carry On.


Académico del Departament d'Història Contemporània, Universitat de València