En 1916, cuando todavía la Primera Guerra Mundial estaba en desarrollo, los dos imperios occidentales más importantes, Gran Bretaña y Francia, llegaron a un acuerdo, previo al triunfo sobre Alemania, que determinaría el destino del territorio controlado por el Imperio Turco Otomano. El pacto, conocido como Acuerdo de Sykes-Picot, en honor a los negociadores Mark Sykes y François Georges-Picot, separaba Oriente Medio en dos zonas de influencia y se dio paralelamente a las negociaciones que hacían dichos imperios con los nacionalistas árabes que buscaban, también, la independencia de los turcos. En 1917 la Revolución Rusa complicó el asunto al desclasificar las negociaciones y poner en evidencia que las intenciones de las potencias era la colonización de los países árabes del Levante y no su liberación.

A pesar del traspié, los imperios usaron Sykes-Picot para ordenar Oriente Medio a su medida, creando países como Transjordania (actual Jordania) y separando territorialmente Palestina, Siria e Iraq. El acuerdo debe ser comprendido como un punto de origen del ordenamiento regional durante el siglo XX, al punto que fue decisivo en la creación de un contexto favorable a la conquista sionista de Palestina y la consiguiente aparición del Estado de Israel, en tanto este proceso se forjó bajo el Mandato Británico, que si bien desciende del Tratado de Versalles, se instalaba precisamente en la zona delimitada como británica en Sykes-Picot [1]. Israel se transformó para las potencias -primero los imperios británico y francés y luego para Estados Unidos- en el principal enclave protector del ordenamiento de Oriente Medio que tenía sus bases en el acuerdo. Los refugiados palestinos, expulsados de sus hogares por dicho Estado en 1948 y 1967, terminaron siendo el resto no deseado del nuevo orden regional, que contó con el apoyo de las monarquías árabes y tras años de lucha contra los nacionalismos seculares, también de Egipto.

Una región sumida en confrontaciones entre Estados, algunos seculares y otros religiosos, pero todos con un punto en común: una imaginación política preconfigurada a partir de la idea de un Estado nacional como horizonte ineludible a partir del cuál se funda lo político. Israel, en Oriente Medio es un Estado dentro de otros Estados, cuya anomalía reside más bien en continuar con un programa de limpieza étnica y un sistema de Apartheid que, sin embargo, no lo deslegitima del sistema mundial en cuanto la figura del Estado aún le abre camino. Pero es un camino con baches cada vez más difíciles de reparar, pues los Estados nacionales ven cada vez más mermada su capacidad soberana frente al mercado. Los muros como el de Cisjordania, del Sahara Occidental, o de Arabia Saudí son evidencias del temor cada vez más grande de los Estados a transformarse en otra cosa. Ellos son herederos de Sykes-Picot, de un ordenamiento territorial que les llegó tarde.

Es en ese contexto que ISIS representa, ante el imaginario común, una oposición radical a Sykes-Picot. Pero hay que recordar que este propio acuerdo no es más que un dispositivo de la Paz de Westfalia, que extiende los brazos de los Estados occidentales sobre el “misterioso Oriente” que desde entonces fue estudiado con ahínco por los especialistas europeos. Oponerse al dispositivo, no significa desactivar la gramática sobre la que este opera y para la cual sirve. En este caso, la gramática por medio de la que se produce la comunicación es la del Estado moderno que se funda en la reducción de una parte de su población y la emergencia de una elite como única forma de vida ideal. Asimismo, hacia afuera, el Estado construye un otro absoluto, que puede ser conocido para ser dominado y controlado, pero nunca integrado. La teoría de la lucha de civilizaciones de Samuel Huntington lleva esta idea al paroxismo, al pensar a las civilizaciones como mónadas irreductibles unas a otras donde sólo queda, en última instancia, una lucha por la supervivencia civilizacional. Por eso ISIS, de alguna manera, dialoga con las potencias occidentales. Lo hace a través de la reafirmación de que Oriente, y en particular el Islam, es un otro absoluto, que sólo puede ser enemigo e infiltrarse peligrosamente a través de refugiados en sus Estados o vivir sigiloso entre la población de sus propios suburvios. Si ISIS es enemigo de Occidente, ello representa desde ya el reconocimiento por parte de las potencias de un otro en igual condiciones. Por eso es posible, entre otras cosas, declararle la guerra, como hizo Francia después de los atentados de París en 2015.

En un mundo globalizado, donde el orden westfaliano que ha configurado Oriente Medio a través de Sykes-Picot, comienza a derrumbarse, la diferencia entre población externa e interna es difusa. Las potencias, en su relación externa devienen cada vez más policías mundiales que operan como al interior de sus Estados incluyendo a la población bajo la lógica de la exclusión. Rompiendo con Sykes-Picot ISIS no destruye el orden en el que éste ha sido posible; más bien lo refuerza, haciéndonos imaginar qué otro tipo de Estado surgirá al final del día, y cómo, en algún momento, negociará con las potencias y los países de la región. Por ahora, antes de institucionalizarse o morir en el intento, ISIS es la fractura interna de los Estados westfalianos en el momento en que dicho orden se cae a pedazos. Es la imagen de la guerra civil que teme el Estado en forma, pero que de cualquier manera, lo hace también posible. No hay Estado sin temor a la guerra civil y quizá Al Qaeda e ISIS, dispuestos a realizar atentados en cualquier lugar del mundo, son el mejor síntoma de la guerra civil mundial en que vivimos y que sustenta, por ahora, la idea de la unidad en la lucha de Estados nacionales decadentes.

Existe, sin embargo, otra fuerza fuerza que parte de aquello que el campo de fuerza en el que se mueve la guerra civil ha dejado de lado como un resto. La Intifada palestina y la Primavera Árabe, precisamente las revueltas más reprimidas por los Estados y rápidamente institucionalizadas (en la Autoridad Nacional Palestina y nuevos gobiernos militares) portan una carga capaz de hacer estallar el orden westfaliano, porque lo que reclaman no es la creación de un tipo de Estado determinado (islámico, judío, secular, nacional) sino el fin de la fractura entre el poder político y la vida, que engrasa la máquina de la guerra civil. De tanto en tanto, estas formas de lucha aparecen y dejan entrever, por un breve instante, la soberanía estatal expuesta como función. En un orden mundial que se cae a pedazos por su propia racionalidad Estatal, la resistencia de la Intifada, a diferencia de ISIS e Israel, no apela a lo propio y particular, sino a lo común que está, finalmente, en juego cada vez.

Que la máquina de la guerra civil quede expuesta es sólo un primer paso. Hacer uso de aquello que hemos visto de manera fugaz y que sabemos inapropiable, es lo que todavía queda por hacer.

NOTAS

[1] Cf. Hourani, A., La historia de los árabes, trad. Leal, A., Vergara, Barcelona, 2003, pp. 389-390.


Doctor en Filosofía, Universidad de Chile