De su paso por la Universidad Católica, el doctor en biología molecular y a su vez activista feminista del Colectivo Universitario de Disidencia Sexual (CUDS), Jorge Díaz (31), recuerda una clase en particular. Se daba a la hora de almuerzo, sin durar más de treinta minutos y con un carácter informal. ¿El objetivo? La “reparación” de la homosexualidad de los estudiantes de la PUC.

“Eran dirigidas por la psicóloga Marcela Ferrer, quien decía: ‘Esto es como la gordura ¿Quién quiere ser gordo en este país? Nadie. El gordo siempre sufre más de la cuenta, lo van a rechazar’ ”, asegura Díaz, y luego agrega: “Era terrible porque ella decía que los chicos que tenían tendencias homosexuales no podían masturbarse, entonces, le preguntaba a los chicos si lo habían hecho. Era como una mezcla entre sexual perversa y una patologización médica. Lo que ella decía poder lograr es dejar a los sujetos neutros, asexuados. Con eso ella era feliz”.

Desde el centro de alumnos de Ciencias Biológicas –en ese tiempo no se aceptaban grupos de disidencia sexual en la UC-, Díaz y otros estudiantes, según relata, funaban las clases y premiaciones de Ferrer. Disfrazados de enfermos exclamaban “¡Marcela cúrame!”, para que luego viniera algún compañero a darles un pinchazo.

Luego de titularse, decidió hacer su doctorado en Bioquímica en la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile. Trabajando en el laboratorio del profesor Andrew Quest, desarrolló su tesis doctoral, ganadora del Premio a la Excelencia de una Tesis Doctoral de la Fundación Allende Connelly. El tema tratado fue el cáncer, el cual había estudiado desde pregrado. La investigación consistió, a grandes rasgos, en identificar los mecanismos y la ruta molecular mediante los cuales las células cancerosas –en los casos de mama, colon y melanoma– se expanden. Con esto se pueden elaborar fármacos más focalizados y efectivos.

Para la tesis realizó una pasantía en Estados Unidos, en la cual no solo estudió sobre cáncer. Habitó casas okupas queer en San Francisco, estuvo con la filósofa feminista Sayak Valencia en México y conoció al activista Jack Halberstam. Con él se sorprendió al ver que, a pesar de ser un transexual masculino nacido como Judith, fuera director del Centro de Investigaciones Feministas de la University of South Carolina. “Es imposible pensar aquí, en el contexto chileno, a una académica trans en una facultad”, dice.

En Chile volvió a trabajar en la CUDS, organismo al que pertenece desde 2008.

Cuds

 ¿Por qué la CUDS y no otro grupo?
-Fui a otros grupos como el MUMS (Movimiento por la Diversidad Sexual), y conocí el trabajo del Movilh, pero me parecía que aún seguían siendo muy identitarios. Estaban por un lado los hombres gay y, por otro, con una visibilidad muchísimo menor, las lesbianas y los trans. Todos los dirigentes del movimiento gay chileno son hombres. No me acomodaba eso, por eso trabajé con la CUDS.

¿Hay machismo en estos grupos?
-Sí, intrínseco y voluntario. Son gays súper “higiénicos”. Si uno ve a (Pablo) Simonetti y lee sus novelas todo es tan de “clase alta higiénica”, que no molesta, Es universal, tiene esa cosa que podría estar ocurriendo en Los Ángeles o en Santiago. Parece cura en cierto modo, un sujeto asexuado. Estas cúpulas de poder homosexual son bien complejas.

¿Observas clasismo?
-Está explícito. Se sigue reproduciendo la lógica chilena de las élites. Para todos fue muy raro ver a (Sebastián) Piñera de la mano de Simonetti, siendo que había un trabajo de los movimientos de diversidad sexual y feministas que han luchado desde la dictadura o antes. Después sale esta agrupación de clase alta y el Estado inmediatamente le da la mano. A todos nos choqueó mucho. Llama la atención cómo una fundación, en tan poco tiempo, tiene una incidencia política grande. Yo creo que es un tema de clase.

El caso Daniel Zamudio vino a mostrar otra clase.
-Claro, y a mí me pareció súper fuerte ver cómo estas agrupaciones tomaron este cuerpo de Zamudio y dijeron que “había nacido para algo más grande”. Era una idea antigua de la predestinación, una idea de Calvino. Él no nació para que le ocurriera esto y que el movimiento gay tuviera más visibilidad. Pero se tomó a este cuerpo periférico, marginal, y se retrató como un niño angelical, nacido para el sacrificio, casi una vuelta cristiana.

Hubo una serie del caso basada en el libro “Solos en la noche”.
-Sí, lo que me pasó con la serie fue que me pareció bien, pero al representar que tanto opresores como oprimidos tenían vidas terribles, la homofobia puede ser silenciada bajo un conflicto de clase. También mucha gente decía: “Oye, pero se muestra a Zamudio como muy puto, que se acuesta con los tipos por plata o va a las fiestas y anda con los viejos”. Y uno decía: “Pero, si igual esa es una realidad que ocurre dentro del mundo homosexual”. A mí, inclusive, me parecen bien las relaciones intergeneracionales, no lo veo como algo malo.

Pareciera que les hubiese gustado otro Zamudio.
-Se le ha moldeado según convenga. No era el Cristo ni el mártir que nos querían mostrar instituciones como el Movilh. Era alguien que nos representa a muchos: los chicos marginales que viajábamos de la población hacia el centro en búsqueda de un deseo y goce que no estaba en nuestras poblaciones. La fiesta, el alcohol, la noche, la discotheque, cosas básicas ¿cómo alguien no va a poder divertirse?

¿Qué otra muestra de clasismo observas en el movimiento homosexual?
-Una imagen que me marcó fue cuando se aprobó el Acuerdo de Unión Civil (AUC). Mientras el Registro Civil estaba en paro, los trabajadores hicieron un alto y unieron a las primeras parejas, pero los gay que lo hicieron nunca apoyaron la demanda de los trabajadores. Fue como decir: “Yo voy a buscar lo que quiero, ellos se las arreglan y me voy”. Ahí se entiende cómo actúan los homosexuales y el clasismo. Podrían haber solidarizado con los trabajadores, pero no hubo nada.

¿Cómo ves el AUC?
-Es extremadamente insuficiente. No tiene ninguna ventaja más allá de los gay de clase alta que le pueden dejar algo a su pareja. Por ejemplo, yo ahora quiero postular a una beca de postdoctorado para irme al extranjero a hacer una pasantía. Todas las becas en general, si uno tiene pareja o hijos, te dan una asignación, para que te acompañen o estén contigo. Ni siquiera para eso sirve el AUC, ni para una mantención, salud, para nada. 

¿Apoyas el matrimonio homosexual entonces?
-En general, nunca hemos sido los que hemos trabajado por el matrimonio homosexual, pero sí por el aborto, porque nos parece que ahí hay un espacio político fundamental. Esto nos separa un poco del movimiento gay y nos acerca más al feminismo, que es una herramienta mucho más potente para mirar la realidad y buscar otra manera de vivirla.

¿Por qué?
-Hay algo en el feminismo, que son los conocimientos situados, que dependen del contexto y de cómo uno puede ir resistiéndose al poder. Hoy, estar a favor de los gay no es ninguna resistencia, el aborto sí. Tenemos que seguir insistiendo en que las tres causales son insuficientes, una ofensa al movimiento feminista y al cuerpo de las mujeres. Lo que requiere la mujer es tener una soberanía sobre su cuerpo.

“Una imagen que me marcó fue cuando se aprobó el Acuerdo de Unión Civil (AUC). Mientras el Registro Civil estaba en paro, los trabajadores hicieron un alto y unieron a las primeras parejas, pero los gay que lo hicieron nunca apoyaron la demanda de los trabajadores. Fue como decir: ‘Yo voy a buscar lo que quiero, ellos se las arreglan y me voy’ “

 

Politización de los científicos

La comunidad científica estuvo en paro. ¿Cómo evalúas ese proceso y ese debate?
-Fue súper interesante, porque hay un tema radical en el financiamiento. Cuando estuve en Estados Unidos podía hacer un experimento en dos días. Aquí uno se demora tres o cuatro meses, porque no hay la tecnología, no hay implementos. Hay becas que demoran hasta seis meses con gente sin sueldo. Por eso me gustó que se explicitara la precariedad en la que viven los científicos. No somos todos médicos.

¿Qué fue lo que más te llamó la atención de ese proceso?
-El hecho de que se explicitara una politización de los científicos, que era un grupo apolítico. Nunca los científicos habían hablado a ese nivel, se mostró la precariedad. Pero cabe recordar que los que iniciaron esta revolución científica fueron los trabajadores de la ciencia, no los grandes científicos. Y tampoco fueron solo las ciencias naturales, sino que también del mundo de las ciencias sociales.

¿Qué te parece la idea del ministerio de Ciencias?
-Podría ser una salida, porque también el Estado podría destinar una mayor cantidad de recursos. Los gobiernos tienen que entender que se requiere invertir en conocimiento, para que después estén los frutos.

Pero, ¿qué frutos? ¿Observas a Chile apuntando a alguna meta con el conocimiento científico?
-No, y ése es uno de los principales problemas. No hay una ciencia-país que establezca cuál es el conocimiento que queremos para Chile. También hay problemas con la difusión de ese conocimiento. Nadie sabe lo que nosotros hacemos. Tiene que haber una forma simple de explicar lo científico y las universidades debieran tener un espacio donde la gente pueda también tener acceso a la información. Que siga igual la industria del paper, que es terrible, pero que el conocimiento esté disponible para todos.

Hablamos de elitización de los grupos sexuales, y ahora a nivel científico. ¿Cuál es la causa de todo esto?
-Se debe al capitalismo, sistema económico que realza las individualidades en lugar de lo colectivo, un modelo completamente egoísta. Pero también tiene que ver con este sistema heterosexual. Nosotros hablamos de la heterosexualidad como un régimen político, donde las formas de vida son heterosexuales. Los homosexuales viven como heterosexuales, bajo las normas más tradicionales de la forma de vestimenta, de vida y de sexualidad. Lo que hace este sistema es que impide otras formas de vida, entender otras maneras.