Si el esfuerzo constituyente tiene algún sentido es el de la consagración de una agenda posneoliberal, esto es, la conformación de una situación de fuerzas –que luego podrá redactarse como ley fundamental– que nos ponga más allá de las formas actuales de expansión del capital sobre cada fragmento de actividad humana. Eso requiere no solo un nuevo trato, requiere otras correlaciones, requiere la construcción de una alianza social con capacidad de gobernar y transformar el Estado, requiere refundar la política para hacer posible esa alianza, y desde allí dirigir los pasos a un modelo posible de superación de nuestro largo presente neoliberal.

Y constituye también una asignatura pendiente en la elaboración política de las fuerzas emergentes –esas que con maña y malas complicidades caricaturiza El Mercurio–, pero una asignatura vital, que las interpela a pesar de sus omisiones: ¿cuál es la orientación política que se busca producir, cuáles son sus definiciones principales? ¿Cuál es el troquel del mañana posible? ¿El método, la radicalidad postulada, el carácter de la alianza social necesaria, la lógica de transformación que se postula?

Desde Grecia a Bolivia, desde los movimientos latinoamericanos al proceso español, la cuestión del fin del ciclo “progresista” y la posibilidad de una restauración conservadora reinstala viejos debates y nuevos intentos por consagrar tal o cual solución a la ecuación reforma o revolución.

El asunto atenaza al Podemos, que ya vio de cerca el caso griego, y contempla hoy nuestra atribulada región. “¿Cambio de ciclo en América Latina?” es el título de la última edición de Fort Apache, conducido por Pablo Iglesias, que arranca de un supuesto obvio: lo que se llama la “década ganada” en América Latina ha concluido. El tono del panel es pues el de la evaluación, y las preguntas que interrogan la posibilidad del fin son las de la irreversibilidad y la profundidad. Las frases que siguen, presentadas en desorden, han sido tomadas de allí.

Irreversibilidad

Parados ante la fase descendente del ciclo, Podemos parece preguntarse no solo si llegará a disponer de su “década ganada”, sino qué puede esperar de ella. La clave, si seguimos lo que menciona Errejón a propósito de América Latina, está en construir “Estados viables que no necesiten de una permanente movilización de masas, del entusiasmo y de un buen contexto internacional para sobrevivir”, sencillamente “porque ninguna de esas tres cosas se dan siempre”.

Para él, que junto a Iglesias enfrenta la posibilidad de ser parte del gobierno español, es necesario asumir que “los gobiernos populares, o los gobiernos progresistas, tienen que pensar permanentemente que están de paso, y tienen que construir y legislar asumiendo siempre que se van a ir, y a ver cuánto dejan para el momento en que se vayan a ir”.

Es así que aparece la cuestión de la reversibilidad, o dicho de otro modo, del intento por lograr que la alternancia política democrática no implique el desmontaje de los cambios realizados, cuestión que muestra además la distancia de la formación española con aquel imaginario que pensaba la revolución como la apertura de un tiempo sin contingencia donde las transformaciones avanzaban siempre hacia adelante.

En ese sentido, un primer requerimiento se relaciona con la capacidad de reformar el Estado. Sobre ello la conversación muestra un claro déficit en los procesos latinoamericanos, que exige modestia y realismo, reconociendo “la limitación de ganar elecciones en un Estado que no es tuyo”.

Por otra parte, la reflexión sobre la hegemonía que en medida importante encausa a Podemos, les indica que la durabilidad de las transformaciones se relaciona con la capacidad de producir transformaciones sociales, culturales e institucionales de una profundidad suficiente que se constituya como un nuevo sentido común de época.

Javier Franze, académico de la Complutense y panelista del programa, le llama despolitizar. “La izquierda tiene que empezar a pensar en cómo empezar a despolitizar, cómo hacer lo que hace la derecha desde los valores de la izquierda, volver normal el Estado de Bienestar, presentarlo como algo valioso para los valores de la derecha”. Iglesias se entusiasma: “El éxito político es normalizar lo extraordinario.”

Se trata de salir de los “excesos de militancia” dice Errejón, que está en contra de la idea de la movilización permanente, “la gente se cansa de las heroicidades”, la cuestión es construir “normalidad revolucionaria sabiendo que eso es un oxímoron”.

En cuanto al dibujo de sus bordes, la irreversibilidad a consolidar según la conversación del panel, es básicamente el Estado de Bienestar. Nada menos… pero nada más.

En cuanto a su carácter social el asunto se vuelve más opaco. No se dice como tal, pero la consolidación de lo avanzado aparece en el debate siempre encargada a una lógica institucional con una densidad social lo suficientemente baja como para percibir en ella el aroma de la politología estándar. En este repertorio lingüístico no habitan las clases, y por tanto, escasamente aparecen las contradicciones de lo social a la hora de pensar las correlaciones de fuerza.

La salvedad, claro, son las clases medias, o para ser más estrictos, lo que Errejón llama “los sectores autopercibidos como medios”, que son leídos en clave electoral: el problema es que dejan de votar por lo que fueron y comienzan a hacerlo por lo que creen que han llegado a ser. “Hay que ciudadanizarlos”, dice el número dos, bajarlos de la cuatro por cuatro, y sobre todo, dejar de hablarles por lo que fueron sus padres.

Profundidad

La irreversibilidad está relacionada con la profundidad de los cambios, y eso, como decíamos, conduce al tema del Estado y a la posibilidad de producir un sistema político diferente. Pero los movimientos nacional-populares latinoamericanos, juzgan, han sido más eficaces creando actores que logrando cambios en las estructuras del poder.

Errejón insiste en la dificultad de empujar procesos de transformación cuando “tienes que rendir cuentas a alguien”. Pareciera que en su imaginación, la democracia liberal y su alternancia pendular, resulta ser una precondición inmutable que se vuelve a la postre un rasgo positivo de la política. Bolivia, sostienen, es el único país en que se impulsa un proceso de cambios a nivel de la estructura económica, y ello porque, según acota Iglesias, se da allí un muy infrecuente caso de hegemonía absoluta de las fuerzas en el gobierno.

Como sea, la repetida incapacidad de transformación del Estado en los procesos populistas termina conduciendo a Iglesias a una afirmación rotunda: está impugnada la idea del socialismo que se enarboló en América Latina.

El psicoanalista argentino que engrosa el panel añade una cuestión clave. Lo que llama la “política en un tiempo posrevolucionario” arranca del valor que tuvieron los muertos en América Latina. “En Argentina después del genocidio nada volvió a ser lo mismo. Ninguna identidad política volvió a ser la misma. Y se intentó, siendo un inquilino del Estado en el gobierno, tratar de llevar adelante proyectos que no tuvieran costos en muertos, proyectos cuyo componente sacrificial fuera reducido. Si hay algo que verdaderamente se puede decir de estos gobiernos es que llegaron bastante lejos en el juego de fuerzas, sin necesidad de que muriera gente.”

Allí aparece, de nuevo como lo no dicho, más allá de la hegemonía, el límite. Pero el problema no son los muertos sino la violencia. De lo contrario el cambio social corre el riesgo de emerger predeterminado, en relación inversamente proporcional a su profundidad, por una situación en la que el tope lo ponen quienes disponen la muerte. Así, lo que Alemán llama lo “posrevolucionario” indica una imaginación política traumática que no logra rebasar el aprendizaje de la derrota, donde el reverso del intento de cambio fue sencillamente el genocidio. La nueva imaginación democrática de izquierda, por el contrario, más allá de las viejas reducciones economicistas, pero más allá también de las concepciones liberales que la contaminan, supone una eficacia transformadora capaz de oponerse tanto al estrangulamiento de los poderes de la riqueza como a la violencia que termina con la vida y la política.

Aquí el capítulo de Fort Apache:


Antropólogo. Director de Publicaciones editorial El Desconcierto