Existe una forma de violencia en la pasión clasificatoria que atraviesa las prácticas y disciplinas. Esta práctica hay que entenderla también  como una forma de control y, a la vez, de violencia simbólica que explicitó con claridad el sociólogo Pierre Bourdieu. Si pensamos en cómo la población -sus diversidades, sus territorios, sus historias, sus culturas- se convierten en meros códigos –ABC1  o ABC2  o ABC3 o D-  se puede advertir la matriz mediante la cual se genera un proceso automático de selección humana que resulta vital para maximizar el buen curso de los mercados a través de la segmentación crediticia (y usurera) del consumo.

Esta práctica permite también vigilar la ecuación entre exclusiones y privilegios, alimenta el clasismo mediante la esperanza de escalar  porque, en esa ecuación, se sobre-segmenta la precariedad y la pobreza  determinadas por condiciones verdaderamente insostenibles donde prima el rasgo siempre militaroide (superior-inferior) que portan las clasificaciones.

Pero hoy mismo circulamos en medio de esta trama generalizada que inevitablemente implica una forma de captura y empuja al inmovilismo. Parece necesario pensar también en la incesante clasificación de identidades minoritarias: de género, de sexo, de religiones como mercados de consumo manejados por programas estatales o agencias o ONG internacionales. Las identidades fluctuantes de todo el espectro social han sido derrotadas por el apego insaciable a las categorías (ya estadísticas, ya académicas o sociológicas) e incluso la trans-versalidad en el orden de las identidades sexuales o bien disciplinares, ya fue aniquilada mediante sucesivas codificaciones a sus fronteras que se suponían abiertas, inacabadas y flexibles.

Pienso que la obsesión clasificatoria es una forma de captura que se legitima bajo el prisma de una emancipación que, de manera encubierta, desemboca en formas de vigilancia. Porque se trata de emancipaciones realizadas bajo el estricto control capitalista que segmenta identidades para ingresarlas al espacio del consumo, de la fiesta y al mundo de la moda. No se trata, desde luego, de negar las emancipaciones y las batallas culturales sino lo que quiero enfatizar es cómo este proceso, inicialmente liberador, culmina con una forma de ingreso institucional “inmóvil” que  garantiza jerarquías y dominaciones.

Por otra parte -y en otro registro- el siglo XXI en Chile instala a una velocidad supersónica una categoría que es adoptada frívola y acríticamente por parte importante de la ciudadanía: “flaite”. El término “flaite” (ligado a flight) viene a reemplazar y a ampliar al conocido “roto”. Una clasificación  inoculada por las elites para descalificar y especialmente humillar, en un sentido múltiple pero radical, a los sujetos.

El “roto”, formulado en el siglo XIX portaba un cierto heroísmo por su disposición nacionalista -“el valiente roto chileno” gracias a su patriótico y sacrificial comportamiento en las guerras- pero fue perdiendo paulatinamente la escasa aura que tenía para transformarse en mero desprecio generalizado. Un desprecio que cruzó todo el espectro social. Palabras como: “roto”, “rota”, “rotería” se inscribieron en los imaginarios sociales como síntomas de una determinada abyección.

Hoy ese lugar aparece progresivamente desplazado por el “flaite” que engloba al mismo tiempo “punga” y  “roto” y se adosa particularmente con la figura más temible del joven delincuente o del vulnerable y acaso vulnerado “volado” o la burla frente a una creativa estética particular, ridiculizada por las elites. Pero abarca mucho más. Alcanza a los jugadores de fútbol y sus estilos, a los huelguistas, a los desocupados, a los usuarios de marcas falsas, a los estudiantes de colegios municipalizados o subvencionados y para qué seguir.  De manera evidente todos aquellos que no pertenecemos a una elite fundante somos potencial o derechamente “flaites”.  Y los “flaites” que somos en potencia, luchamos –es un decir- por no ser considerados “flaites” y los proyectamos sobre nuestros pares debido a la internalización proliferante del autoritario y temible mandato de las elites que convierten a una abrumadora mayoría de la población en objetos de burla, mediante una caricatura de la diversidad de los estilos.

En suma, lo realmente asombroso radica en la naturalización de esta clasificación (modernizada de manera previsible por el “espanglish”) y su cómoda adscripción en un léxico ya aceptado por las exigentes academias. Lo que pretendo enfatizar aquí es que esta expresión se transforma en una arma, en un dispositivo eficaz para volver “monstruoso” al mundo popular y a un sector mayoritario de las clases medias que se ven obligadas –frente a la posibilidad de una discriminación- a “flaitear” al espacio del cual forman parte. De esa manera, mediante un aterrador sistema de disciplinamiento se consolida en los imaginarios sociales  la expresión “flaite” y la estela de violencia simbólica que porta.

Tenemos que entender que estas expresiones –“roto/flaite”- son una producción de la clase dominante para construir límites y fronteras, para abrir guerras entre iguales, para destruir y desvaloralizar culturas populares, para mantener privilegios. Para reírse.

Desde luego que ha sido común y quizás necesario reírse incluso de las tragedias. Reírse -por qué no-  de nosotros mismos, los “flaites” que somos para los otros. Pero, me pregunto, si es ético reírse, como lo hizo un humorista chileno, en un gran escenario, de uno de los ciudadanos más vulnerable del espectro social, Hernán Canales que agonizó y murió solo en la calle, después de ser atropellado y abandonado por Martín Larraín. El chiste del humorista señalaba que a este conductor Larraín, hijo de los “dueños de Chile”, le gustaba “el arrollado de huaso”. La alegre audiencia, se rió a carcajadas. Es ingenioso, cómo no. Pero desde otra perspectiva -esa perspectiva simbólica que nos habita-  implica una  doble violencia para quienes no aceptamos ni queremos reírnos de este  nuevo atropello público a Hernán Canales, despojado de nombre, convertido en un pintoresco “arrollado de huaso”. Porque ya sabemos con exactitud quién rió último en ese atropello. Y  ya sabemos también, desde la sabiduría del refrán, que: “el que ríe último, ríe mejor”. Ellos, claro.  Nuestros dueños 00.1 y dueños también de la imperfecta ley que nos ordena.

 


Escritora y académica