Benigno aún se ríe de mí por haber destinado tanto tiempo a este trabajo. Él, con más sentido, prefiere ver pasar la gente frente a su ventana o caminar por las familiares aceras de su Vallenar de siempre, o incursionar por las laderas del valle, perderse en el escaso follaje de los ralos cerros que lo aprietan, respirando el aire fresco del Huasco, antes de que la fragilidad humana le quite también ese deleite. (del Prólogo)

El año 2002 fallece en el Hospital de Vallenar don Benigno Ávalos Ansieta. Meses antes habíamos viajado a visitarlo con mi amigo también hoy desaparecido, ya octogenario entonces, René Ortiz Quiroga, psicólogo con ps, académico de la Universidad Técnica del Estado y con don Benigno compañeros de ruta en sus años juveniles. Lo encontramos en su lecho de enfermo, optimista acerca de su estado y esperanzado en su recuperación, cosa que no se dio. Conservaban ambos una amistad entrañable desde la escuela Normal de Copiapó, en tiempos de las reinas de la primavera y los poetas laureados, que lo fueron más de una vez. Fuimos hasta esa ciudad, Copiapó, a hablar con un decano indiferente, recuerdo, contrastante con el entusiasmo del jefe del Consejo de la Cultura regional. En Vallenar la tarea era reunir el último material de su autoría, que permanecía inédito, para editarlo suficientemente y preparar un libro autobiográfico que él había titulado provisoriamente “Cumplir noventa años” (a la sazón, ya estaba en los 92, sobreviviría un año más). Consciente de su edad y acaso entregando el testimonio, dio las últimas instrucciones que realmente le importaban, que se nos entregara (a René, yo era comparsa), esos últimos escritos, los borradores, originales a máquina y pliegos de recortes de diarios; algunos trozos a mano. También los libros que había escrito, que no han gozado, como en tantos casos igualmente merecidos, del privilegio de la reimpresión.

Si usted no ha estado en Vallenar, si no ha conocido el valle del Huasco ni a visto llegar la noche entre esos montes oscuros a la distancia, de seguro no sabrá quién fue don Benigno. Maligno para los amigos. Hay una calle que lleva su nombre, así como la biblioteca pública de Alto del Carmen; no recuerdo otro homenaje y posiblemente no lo haya. Hoy se les dice gestores culturales, y hasta es un diplomado que se estudia en la Universidad, pero en todos los pueblos y ciudades de provincia, existe alguien de cierta figuración, de estridencia silenciosa y amable, que conduce las adormiladas acciones culturales en todo tipo de artes, especialmente las letras, que no requieren más equipamiento que el talento y el don de compartirlo.

Profesor normalista (todavía es una buena presentación, a pesar del neoliberalismo y sus muchas universidades), poeta, novelista, músico e historiador (por mucho menos algunos se consideran tales). Obviaré detalles porque si está conectado a internet, ya los tiene. La mayor parte de su obra es para ensalzar a otros, lo que parecería una obviedad, si no conociéramos al género humano. Natural de la tierra de la Mistral, no nos habló como tantos de la poeta sino de un personaje ignorado, Don Jerónimo, padre de Gabriela, su forma de penetrar el alma de la artista (“Los devaneos de don Jerónimo”, 1951).  En “El arte popular en América Latina” recoge sus impresiones de sus viajes por Argentina, Perú, ecuador, Uruguay y Brasil (también hizo un amplio periplo por Europa). Sobre el mismo tema y con una mirada local será su ensayo “Policromía el Huasco”, presente en su libro “Exaltación del júbilo” (1956). Su preeminencia como creador del Grupo Literario Paitanás, y su amistad con cuanto artista, intelectual, político o prohombre nacido en esas tierras quedan plasmadas en dos de sus obras: “Panorama intelectual de una provincia” (1974) y “Figuras estelares del Huasco” (1990), donde se refiere a sus amigos escritores. Muchos gracias a sus referencias y citas han soslayado el desconocimiento.

Entre los más reconocidos escritores vallenarinos y pertenecientes al grupo Paitanás, el propio Ávalos hace especial mención de Hugo Ramírez (co-fundador y “el más fecundo de su ciudad natal”, en palabras de Ávalos),  Kabur Flores (que también fue un radiocomunicador); Oriel Álvarez (académico de la lengua e historiador); Luis Joaquín Morales (historiador); Erasmo Bernales (cuando lo visitamos estaba en silla de ruedas, moriría dos años después), y María Véliz Alcayaga, prima de la gran poeta, al decir de su parentela y no tenemos motivos para dudarlo. Aunque más reciente, Ávalos nos habla de otra mujer, haciendo una distinción localista impensada para el afuerino: “poeta y folclorista de Chañaral es Magdalena González Espíndola, nacida en Tocopilla, pero avecindad en Atacama”. Del grupo literario les sobrevive Jorge Zambra, referente manifiesto y suficiente de la intelectualidad vallenarina a la que hacemos referencia; periodista, profesor y actualmente director del Museo del Huasco.

 El ratón de la biblioteca

 El manuscrito del que hablo es la autobiografía de don Benigno, escrita, como se entiende, a sus noventa años. No es una autobiografía en el sentido lato, porque como decía, es autorreferente en la justa medida para situarnos en lugares, acontecimientos, personas, estilos de vida y modos de ser que ahora revisten el interés que tiene todo tiempo pasado. Desfilan por sus páginas las personas que dinamizaban la actividad vallenarina (música, teatro, literatura, historia, educación, economía, agricultura, comercio) a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado; incluso flora y fauna de Vallenar y el valle del Huasco aparecen mencionadas. Son apenas 120 páginas bien holgadas, a doble espacio, sin ninguna foto porque las originales se perdieron en manos de un fotógrafo poco estable en sus domicilios y además su calidad doméstica las hacía inadecuadas para las páginas de un libro. Jorge Zambra, crédito local, palabreado para escribir el prólogo entonces, nunca más fue contactado.

Por eso la pregunta que titula este artículo. Ya el tiempo y el ratón de la biblioteca asentaron sus reales sobre las noticias que el manuscrito reproduce, impreso desde un disquete, que perdura anillado esperando un fondo público que lo merezca, ya que ingenuamente pensaba que pertenecía a Vallenar, al país, pero al parecer el ratón de la biblioteca lo tiene contemplado tarde o temprano como su cena. La inexperiencia, ineptitud y carencia de asertividad, la desidia incluso, la estulticia, en este caso del suscrito, ha envalentonado al mentado roedor haciendo cada vez más peligrosas sus incursiones, incentivado porque el formulario en cuestión un año tras otro le resulta impenetrable al postulante a postulante del fondo público en cuestión, o no aparece el indispensable familiar que autorice la publicación, o la Universidad regional no atina a encontrar a la persona precisa que firme el patrocinio. Y si la Municipalidad respectiva no dispone de los medios, menos un hijo de vecino. El encargo persiste sobre mis espaldas y tengo no uno, sino dos fantasmas que me lo demandan.

Y para finalizar, la infaltable anécdota. Para completar unas referencias se nos hizo urgente contar con un libro del poeta Hugo Ramírez, muerto en 1995, en la pobreza. René, en uno de sus viajes a Vallenar, ubicó a su viuda, quien vivía rodeada de libros y lo más digna que podía, a pesar de hacerlo miserablemente. Ella lo agasaja con lo mismo que él le lleva como presente. Hablan de quienes fueron sus amigos comunes, los intelectuales del valle, diezmados como por una peste. Él le explica el motivo de su visita y la mujer se excusa de entregarle el libro de tapas azules con los poemas de su marido; la razón, entendible: de los ocho poemarios de Hugo, no conserva ningún otro recuerdo de su esposo poeta. Los cinco mil pesos de esos años, ningún dinero,  serían suficientes para desprenderse de ese vestigio. Una vez despedidos, y desde unos cincuenta metros cerro arriba, un grito: “¡Don René!”. La anciana, después de realizar con la mente, el estómago y el corazón una ecuación incuestionable, se acerca y le entrega el libro.