Maiakovski era un gigante tenue, tenía la mirada triste y una mandíbula de boxeador. Dicen que tiraba buenos golpes rectos al mentón de quien lo contradijera y que de joven, cuando se interesó en el futurismo, compuso algunos versos de los que se arrepintió más tarde. “Me gusta ver morir a los niños”, escribió en los años que precedieron a la revolución de octubre, pero se enamoró de una mujer que de pequeña sepultaba pajaritos muertos rodeada de sus perros en la soledad de una llanura.

La mujer se llamaba Lili Brik, se había graduado de arquitecta, era actriz, tocaba el piano. Maiakovski la amaba y un Neruda no muy atinado la señaló en varias ocasiones como “musa de la vanguardia rusa”. Cuando era niña, esos solitarios juegos de infancia representaban para ella un pasatiempo, eran una distracción sombría en medio de la tierra desolada, como en un film de Béla Tarr, pero al gigante tenue ese recuerdo le comía el corazón. Como no lo quería demostrar, era común que lo simulara mencionando que en esa misma tierra, cuando en invierno alcanzaba su blanco más perfecto, era lindo ver cagar a los caballos.

Von Rezzori aportó una imagen al respecto; en su ineludible Memorias de un antisemita, que dedicó a Claudio Magris, rememora el crujir de los trineos, el frío ardiendo en las mejillas, la noche que lanza un manto negro sobre esas llanuras mientras los caballos echan vaho, alzan las colas sin dejar el trote y distienden las rosetas de sus anos para expulsar bolas húmedas y calientes que caen al suelo y humean sobre la nieve helada.

De Maiakovski, en cambio, sus amigos comentaban que no soportaba ver que le pegaran a un caballo, que miraba hacia otro lado cuando los cocheros de Moscú blandían sus látigos en el aire. Había nacido apenas cuatro años después de que Nietzsche cruzara la plaza de Turín a toda velocidad para abrazarse al cuello de uno de esos animales, que gemía martirizado por penas infinitas, y por la misma época en que Chejov escribió Tristeza, el cuento en que un cochero que había perdido a su hijo conversaba a solas con su caballo en medio de la nieve. El caballo comía heno y exhalaba un vapor cálido por la boca mientras su amo se desahogaba: “¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijito y se muriera. Sufrirías ¿verdad?”

El final era conmovedor, pero las conmociones Maiakovski sabía disfrazarlas bien: del tal Chejov, como de Pushkin, pensaba que merecían ser fusilados: que si los hombres habían sido capaces de disparar contra la guardia blanca por qué no iban a hacerlo contra esta amanerada guardia clásica. El juglar recio que había participado de la redacción de un Manifiesto titulado Bofetada al gusto público, y que encabezaba ahora nada menos que la Revista LEF, no podía obrar de otra manera. Los años de la revolución lo habían llevado a divulgar páginas sentenciosas contra el arte, contra los poetas, contra los dramaturgos, contra los pintores. Los últimos debían botar sus cuadros y dedicarse de una vez por todas a cultivar la estética de las máquinas, los directores de escena debían organizar las fiestas populares y los poeta debían redirigir el lenguaje hacia los afiches, los carteles, los anuncios.

Esto Maiakovski lo decía a pesar de que él mismo era un sentimental al que se le escapaban versos líricos y sonetos malos que en París le dedicaba a su whisky predilecto. Ese whisky, para seguir con los caballos, era el White Horse, y una noche en Montparnasse, en La Coupole, lo vieron canturreando a solas: “es un lindo caballito este White Horse, con su cola blanca, su crin blanca también”. En 1925 había estado en La Habana, en México, en Chicago y en New York, donde se enamoró de un tren que volaba en medio de la nieve a pasos del río Hudson y se fascinó con unos postes que definió como “palos de luces de colores parpadeantes que organizaban el tránsito”. Los semáforos de tres luces se habían estrenado en Detroit y en Nueva York apenas cinco años atrás, como los guiños de los coches que Heidegger citó en los primeros parágrafos de Ser y Tiempo, pero en la URSS todavía no existían y Maiakovski tampoco los alcanzaría a ver, puesto que se inauguraron en Moscú el mismo año en que murió.  

Murió como solo él podía hacerlo, alejado de las enfermedades a las que tanto temía y respecto de las cuales mantuvo siempre toda clase de aprehensiones: en el bolsillo de su chaqueta de obrero desprolijo cargaba un jabón con el que se enjuagaba la mano que le había estrechado a un ser que físicamente le desagradaba o en quien había intuido la presencia de algún germen, y las bebidas o el café los tomaba con una pajita para no rozar sus labios con el borde de la taza.

Que su poesía después diera la vuelta al mundo, que a un par de cuadras de donde estaba el Café de los Poetas le erigieran el monumento que con poca modestia él mismo anticipó o que a la larga fuera él quien mejor terminó abreviando con su vida los años de la revolución no quita que haya sido caprichoso, un poco injusto o arbitrario. Las supersticiones que tanto llamaba a dejar de lado para dar curso a la vida material de las cosas, él las cargaba sin pudor: medía telepáticamente a sus novias, se esforzaba en adivinar la edad de un desconocido y forjaba breves teorías a partir de los signos del zodíaco. Ehrenburg comenta que en París se pasaba horas jugando a la ruleta, apostando a rojo, verde o amarillo, los colores que había visto en los semáforos, y que el día en que se marchó le dejó todas las fichas que había ganado a una amiga. Apostaba solo por el placer de adivinar.

No nací para el dinero: así se llamaba el film en el que para hacer un breve protagónico se había comprado un revólver, el revólver era un Colt, en el tamborcito de ese Colt depositaría doce años más tarde una sola bala. El gatillo podría haberlo apretado varias veces sin que la bala saliera, pero una vez más había acertado y la bala salió al primer intento. “No se puede saltar de un corazón”, había escrito, pero se le puede disparar, cerrar los ojos, apretar las muelas. Fue exactamente lo que hizo esa mañana: se levantó temprano, caminó unos metros hacia el fondo del pasaje, se oyó el disparo y el corazón se desangró. El epitafio que Francois Villon se había dedicado a sí mismo al pie de la horca se lo sabía de memoria y en noches de embriaguez Maiakovski lo recitaba soltando bocanadas de humo: “nací en París, cerca de Pontoise, / y en el extremo de una soga / sabrá mi cuello cuánto pesa el culo”.

Él había dejado otras palabras, unas con las que ahora declaraba que la hora había llegado y, con ella, la necesidad de levantarse y de “hablarle a los siglos”. El día que Pasternak supo de su muerte confesó que se había “desecho en llantos, como hacia tiempo tenía ganas de hacer”.

 


Escritor y profesor Universidad de Chile