Hace poco me llamó Teo para que le presentara un libro. Sin tiempo y dedicado a mis columnas y a nuestro propio libro, no fui capaz de decirle que no. Y créanme. No fue por falta de sinceridad. Aquellos que me conocen saben  que ser honesto no es mi déficit, ni problema.

No tuve salida pese a la habilidad que he logrado con los años para no hacer cosas que no deseo hacer. Solo me quedó una esperanza: leer algunas páginas y comprobar que era lo bastante tedioso como para no seguir leyéndolo y, dado su título, la foto que lo acompaña (José Darío y Teo), el conocimiento del entorno familiar, más la lectura de su índice, salir del pasó diciendo algunas cosas políticamente correctas y unas frases para el bronce y cumplir.

Aquellos que leemos siempre sabemos que basta con el primer párrafo para saber si un texto vale la pena. Para mi decepción, seguí y seguí ojeándolo. Primero con la convicción que no eran tan mediocre como para acabar su lectura; luego con interés; después con una emoción creciente (lo que implicó muchas carcajadas y alguna vez más de una lágrima); y por último con incredulidad: no era posible que estuviera al frente de una ¿historia-novela? tan buena.

A diferencia  de otros no puedo resistir la tentación de contar que fue lo primero que me dejó boquiabierto: el título del libro, la foto de José Darío y su primer párrafo: “Al médico se le salieron los ojos al descubrir que los pulmones de papá eran una coraza de polvillo de metales. Se nos apretó el corazón y envejecimos siete años”. No pude sino pensar en mí: la trágica muerte de Don Tito, mi suegro un año después que, como buen campesino colchagüino murió solitario una noche de escarcha, fría y oscura como suelen ser las noches de mayo. Han pasado seis años y Rosita (y también yo) no puede sobreponerse a ese hecho lamentable que marcó un punto de inflexión en nuestras vidas. Casi exactamente un año después nació Agustín quien vino a llenar “un poquito” el vació que dejó el amigo de infancia, de farras y parrandas de Joel Marambio. La muerte sucede a la vida para que esta vuelva a brotar y el ciclo eterno continúe.

Lo segundo fueron mis propios padres. Ustedes no tiene porqué saberlo, pero desde que salí de la actividad política, he dedicado mucho tiempo a mi familia y en especial a mis padres. He viajado con ellos dentro y fuera del país, he celebrado sus fiestas y cumpleaños  intentando ajustar mis cuentas pendientes. No quiero sufrir ni tener que atravesar por lo que pasó Rosita cuando ellos ya no estén y ya no pueda decirles nada. Prefiero vivirlos intensamente, quererlos y no tener que ir luego, cuando ya no estén, a llorar a una tumba fría por lo que no me atreví a decirles. Y créanme, tampoco ha sido una tarea fácil, ¿quién no ha querido matar al padre?

Pero “El ronquido de papá”, no es solo la historia de la relación entre un hijo y su padre, de los Valenzuela Van Treek o de una familia extendida del barrio Estación. Es también nuestra historia, la de Rancagua y la del país en su último medio siglo vista través del lente agudo y narrativo de Teo. Léanla. En tiempos donde la política y los valores se revuelcan en el lodo, la abnegación y el sacrificio de un padre son un aliento para decir que se puede ¡Gracias Teo!

 


Dr. En Historia.