Estando en un programa radial el sábado pasado, me arriesgué a anticipar un pronóstico sobre las siete primarias que se desarrollarían el día domingo en la Región del Libertador. Al ver los resultados este martes, debo decirles que no me equivoqué en ninguno. Y no es porque sea pitoniso o tenga una bola de cristal para predecir el futuro, es sencillamente pura lógica simple ante un escenario de mucha apatía cívica. Ganaron aquellas/os que tuvieron más capacidad de movilizar clientela electoral dada su proximidad a algún parlamentario broker que patrocinó su aspiración, su acceso a recursos públicos -o eventualmente a la maquinaria municipal-, el aprovechamiento de su condición de figura o ex figura pública o un apellido con historia en la comuna. En un escenario inédito, bastó con movilizar a los propios para hacerse merecedor del triunfo.

Si bien uno de los énfasis que han puesto los diversos analistas al momento de evaluar los resultados de las mismas ha sido la baja perfomance de participación de las primarias, lo cierto es que no era necesario gastar tanta tinta en una situación que era bastante previsible: desde que se dio marcha al proceso éste resolvería -y en un número bastante reducido de comunas dado que se efectuaron solo en aquellas donde no hay alcalde en ejercicio puesto que en otras, con el mismo contexto, pero de mayor trascendencia electoral, la situación se resolverá mediante mecanismos indirectos (la encuesta) o derechamente con el tradicional método de la pieza hedionda- como una disputa al interior de ambos bloques y entre sus partidos, a modo de legitimar la opción de los aspirantes vencedores en el contexto de dos conglomerados que han estado precisamente en el eje del huracán de los casos de corrupción y del contubernio política-dinero, los cuales tienen al sistema político sumergido en una profunda crisis.

Por lo tanto, no había que exigirle al olmo que produjera peras (en este caso una mayor participación), pues no era el objetivo de las mismas y menos algo que esté en el ADN de ambas alianzas. Y no sigamos culpando exclusivamente al voto voluntario: ya en 1997 más de un millón de electores dejó de acudir a las urnas y manifestarse en las elecciones de diputados y senadores, crisis que luego se profundizó lentamente primero y más abruptamente desde 2012 en adelante con el voto voluntario. Pero aún con voto obligatorio, el sistema ya evidenciaba síntomas de desafección de una parte considerable de la ciudadanía.

Por lo tanto, no sigamos esperando una respuesta para resolver la crisis de participación precisamente de los dos conglomerados que han sido responsables centrales de la desafección ciudadana y que, tal como lo confesó el secretario general de uno de ellos hace poco, por el contrario, esperan una participación no superior al 30% en la municipal de octubre, pues una cifra así, les permitiría asegurar la reelección de casi todos sus representantes comunales.

Del duopolio no vendrá nada distinto a lo que hemos observado hasta hoy, sino un aumento constante de la desafección ciudadana. La mayoría de los potenciales votantes hace tiempo que dejaron de distinguir, salvo por los nombres de los aspirantes, diferencias sustantivas y variopintas entre la Nueva Mayoría y Chile Vamos. De allí su apuesta permanente, en especial en la derecha, por vivir cambiando de nombre, para pasar “gato por liebre” a los electores. Allí no veremos sino un espiral descendente de participación.

Y créanme que el ejercicio para ellos no resultó negativo: en las comunas que se sometieron al proceso (reitero: aquellas donde no tienen alcalde en ejercicio) han consolidado sus aspirantes ante un sector de la ciudadanía y no cabe duda que más de alguno dará una sorpresa en octubre. De paso y pese a sus limitaciones, han promovido la participación aunque fuese solo formalmente.

Y es que en las experiencias más próximas y cercanas donde ha habido un cambio en la intención de voto o un aumento sustantivo de electores ha sido precisamente donde se han conjugado dos variables: la aparición de una oferta electoral novedosa y transformadora, como sucedió con Podemos en España en torno al liderazgo fuerte y claro de Pablo Iglesias por la izquierda, y de Ciudadanos, con Albert Rivera, por el centro, que irrumpieron como fuerzas alternativas al duopolio que controlaba la política española desde hace 40 años, no produciendo un aumento significativo del número de votantes -como sí ocurrió en 2004 cuando los abstencionistas se volcaron a las urnas para castigar al Partido Popular y su primera reacción ante los atentados de Atocha- pero si recogiendo una clara intención de cambio en el voto histórico de sus electores; el otro caso es la última elección presidencial argentina, donde la participación electoral creció en casi tres millones de votantes respecto de la última presidencial de 2011, y es que en 2015 los votantes trasandinos tenían que decidir entre dos relatos diametralmente distintos de país: el de Macri, y una coalición que se apartaba de los clásicos referentes de derecha y que incluía a la centrista Unión Cívica Radical (UCR), y por otra parte el kirchnerismo que movilizó todo su potencia como coalición gubernamental para mantenerse en la Casa Rosada.

Ni uno ni otro caso es posible percibir con nitidez que se esté consolidando hoy en Chile. Ya, a menos de un mes del cierre de oficialización de candidaturas a alcaldes y concejales parece que no habrá mucha novedad al respecto, pese a la existencia de esfuerzos en ese sentido como el que encabeza Andrés Velasco por imitar un poco la experiencia de Ciudadanos en España, o la proximidad de algunos líderes locales con el fenómeno de Podemos, o el llamado que varios hicimos a constituir una tercera fuerza en mayo pasado, pero que no logran superar la natural tendencia a la archipielagización de la izquierda y constituirse como un referente amplio y con vocación de poder que posibilite que simultáneamente el fenómeno argentino y español cobren vida en la próxima elección: aumentar significativamente el universo votante como protesta a la crisis y que, a su vez, se produzca un cambio en la intención del voto histórico de los electores chilenos, los cuales -cifras más y menos- se repiten elección tras elección en favor del duopolio.

Un escenario así, tal como mi pronóstico del sábado en Radio Primordial, permiten avizorar que cuando el próximo 23 de octubre ya tarde, empecemos a conocer los resultados de la elección municipal y confirmemos una vez el fenómeno que viene ocurriendo desde 2012 con una alta abstención y consolidación del duopolio político así como que, nuevamente, no se hizo lo suficiente. Entonces, no critiquemos a la Nueva Mayoría ni a Chile Vamos por haber hecho su trabajo. Por el contrario, mirémonos al espejo y reconozcamos que en la mayor crisis de representación del sistema político que se instaló con la transición, por acción u omisión de nuestros principales liderazgos y de nosotros mismos, una vez más, no fuimos capaces de construir una alternativa viable, unificadora y con vocación de poder que amenazara seriamente al status quo imperante. Ese será nuestro mayor fracaso.


Dr. En Historia.