Así como no hay calcos ni recetas en políticas, tampoco hay explicaciones únicas cuando sus desenlaces no son los esperados. El 26 de Junio fue una prueba de ello para Unidos Podemos. Aventurar una lectura exige, por tanto, fijar contextos y distinguir dimensiones, lo otro sería pura opinología.

Se olvida pronto, pero Podemos ha sido una de la más exitosa experiencias de articulación política que surgió tras el 15-M, la mayor movilización social y ciudadana que haya vivido España en décadas. Podemos logró en 3 años emerger como una fuerza política de relevancia nacional. En las elecciones generales del 2015 (el 20D), obtuvo 69 diputados haciendo tambalear el viejo establishment partidista. Ha sido un fenómeno extraordinario. Pero ello no debe hacer olvidar que su historia es reciente. Sus dirigentes son extraordinarios pero aun noveles. Y lo que tienen en frente, son años de un bipartidismo rancio que a pesar de sus crisis, no deja de tener raíces profundas que le permiten pervivir.

Los dirigentes de Unidos Podemos lo saben. Son lúcidos, por lo que entienden bien que esta es una lucha larga y que no hay milagros en política. La batalla electoral es el primer paso, pero no basta. Cuando de lo que se trata es de hacer una revolución ciudadana como la que anuncia Unidos Podemos, se requiere anclaje material: cultural y social profundo – cuestión que siempre toma más tiempo, en eso no hay duda (dejamos el resto para los sociólogos que abundan).

¿Significa esto que Podemos no fue más que un artificio electoralista, que así como creció ahora solo le toca bajar? Sé que este será el “análisis” que más se subrayará, no sólo en España, también en Chile. Tras ello, sin embargo, no hay más que intereses políticos variopintos -aunque sus proponentes los escondan-. Y está bien, no se reclama por la dureza del adversario, en eso ya Podemos ha dado cátedra. Sin embargo, lo que interesa destacar es lo paradójico de ese juicio. Lo que se reclama desde ese “análisis serio” y se exige además (sin haber puesto un pie en la calle) es que Unidos Podemos no haya volteado el tablero. Que no haya superado al PSOE ni desbancado al PP. Se olvida que Unidos Podemos -en cuanto confluencia- da por primera vez una batalla electoral y que a pesar de ello recibe más de cinco millones de votos militantes y esperanzados. Voto duro, como gusta decir a los politólogos, de esos que no van con viento de veleta. Los imprescindibles a decir de Errejón.

Ahora, también hay otra dimensión, más teórico-política que convienen enfrentar. Resultados como los del 26-J despiertan inmediatamente doctrinarismos o purismos que rayan lo teológico, sobretodo desde la izquierda. Se observa el 26-J como la profecía cumplida. Como el fracaso de la “lucha (o vía) electoral” para un estrategia de revolución social. Con ello no solo se pierde de vista el contexto que antes indicáramos, sino también el sentido común. En democracia, las luchas políticas son diversas, pero incluyen sin duda lo electoral. Lo otros es delirar. Es ceder a la tentación internista (la primacía, por alguna misteriosa razón, de lo particular) o ultrísta (el basismo o el evoquismo intelectualizado) que suelen aflorar cuando los resultados no llegan. Dejar pasar el agua y seguir el rumbo, es la mejor respuesta para ello.

Otra cuestión distinta es cómo la estrategia electoral se pone al servicio de la articulación de fuerza social para el cambio, cuestión en la que Podemos ha dado muestras de sobra. Si hay algo en que la experiencia Podemos y ahora Unidos Podemos ha sido exitosa, es en hacer de lo electoral una forma eficiente -pero no mágica- de acumulación política. El pasar del horizontalismo de la protesta social a la articulación de fuerza social y política incidente y contra-hegémonica es -reconozcámoslo- algo de suyo difícil que Podemos hizo con éxito, más allá de esta coyuntura electoral. Y no sólo en los planos más innovadores: usando lenguajes y códigos comunicacionales nuevos. Sino también en lo más tradicional: haciendo la dura pega para lograr que el ciudadano común ponga su voto secreto en favor de los sueños y de la sonrisa de un país.

Pero vamos al 26-J directo. Es fácil decir que hubo una derrota. Y en cierto sentido la hubo. Pero hay que ser preciso en esto. Fue la derrota de una expectativa que aun no madura lo suficiente para hacerse realidad. En ningún caso, ha sido el desplome del proyecto Unidos Podemos y menos del pueblo organizado, aquello que Errejón con pasión, inteligencia y aplomo declarara esa misma noche del 26-J en la Plaza Reina Sofía: “no somos un partido político, somos más que eso. Somos un movimiento popular”. Y Errejón tienen razón, cuando es un pedazo de pueblo lo que se despierta, no hay revés electoral que lo logré amilanar. Es eso, lo que no logran ver los analistas de sillón (no ofensa).

Me toco estar en Madrid en la jornada del 26-J. Compartir con militantes de bases (los y las orgullosas apoderadas de IU como las llamo Errejón) y también la fortuna de intercambiar ideas con algunos de sus dirigentes. Digo esto porque todo análisis es también personal. Nos han convencido que la objetividad yace en la distancia, en los “métodos”, en la prescindencia. No es la objetividad que me interesa. No creo además que sea la más útil.

Desde la calle (literalmente) es desde donde escribo, no desde la tribuna. Desde ahí, no se oculta el revés, al contrario se le ve prístino y brutal como desde ningún lado. Se observa con claridad el millón de votos perdidos, las dudas sobre la confluencia, las críticas a la estrategia de Pablo Iglesias por su “condescendencia” con el PSOE, las supuestas dudas de Errejón con el proceso de confluencia con Izquierda Unida que ahora se le espeta y todos los más inimaginables chismes que llenan y llenarán los tabloides por semanas. Nada de eso se obnubila, ni se aminora, pero se le ubica en su justo lugar: metros más allá de donde habita la historia.

Lo que si aparece, y con fuerza, habiendo compartido con los militantes del Unidos Podemos, es su convicción a prueba de todo. Aparece también algo que en el análisis de los “imparciales” nunca se podrá ver (y en buenahora): aparece la historia despertando, la pasión conjugando sus notas, la inteligencia puesta al servicio de donde debe estar: el pueblo organizado.

Es por eso que el mejor balance de lo que pasó lo ha dicho el propio Iñigo donde debía decirse, de cara a la gente, de los militantes, esa misma noche en Plaza Reina Sofía: esta no es una derrota, es tan sólo un recordatorio; no basta con los imprescindibles que ya están, lo fundamental son los que faltan: la gente común.

No tengo duda que pondrán la vida en ese empeño.


Profesor Investigador. Facultad de Derecho, Universidad de Chile www.ricardocamargobrito.com