El problema de la comunidad. Marx, Tönnies, Weber (Prometeo, 2015) es la reciente publicación del investigador del CONICET y docente de la facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, doctor Daniel Alvaro (UBA / Université Paris 8), que desde una perspectiva deconstructiva aborda el aporte de los discursos inaugurales de la sociología al concepto de comunidad tal como lo pensamos hoy en día y devela los fundamentos metafísicos incuestionados sobre los que se han construido y sostienen las ciencias sociales. Conversamos con Daniel a propósito de este trabajo, que será presentado en Santiago el jueves 4 de agosto, a las 18.30 en la Academia de Humanismo Cristiano

el problema de la comunidad

Agradecemos la colaboración de Carlos Pérez López, quien acompañó y aportó a la entrevista.

Andrés: Vienes desarrollando hace tiempo una investigación que propone cruces y diálogos entre la campos disciplinares como sociología y la filosofía, cuyos objetos generalmente no buscan coincidir. En especial, te has centrado en la herencia del pensamiento de Jacques Derrida y en la estrategia de la deconstrucción para abordar nada menos que cuestiones de método en las ciencias sociales. Me gustaría que nos contaras un poco de este trabajo y sobre cuáles son las potencialidades y los límites que observas en este ejercicio para pensar la sociedad contemporánea. 

Daniel: Mi formación académica es en sociología y filosofía pero mis intereses, que no son exclusivamente académicos ni institucionales, abarcan el campo de lo que tradicionalmente se conoce bajo el nombre de “humanidades”. Siempre fui sensible a los cruzamientos, a los envíos y reenvíos permanentes entre áreas del conocimiento que muchas veces aparecen tensionadas o en conflicto. Mi investigación busca cuestionar las fronteras disciplinares, sobre todo cuando estas se vuelven dogmáticas, y al mismo tiempo juega y se juega sobre estas fronteras. En este sentido, el pensamiento de Jacques Derrida por un lado, y el de Jean-Luc Nancy por otro, son referencias ineludibles. Como muchas otras personas que hoy se dedican a la investigación, me sirvo de las estrategias deconstructivas que estos autores pusieron en práctica y nos invitaron a usar libremente. Lo que quizás resulte singular del modo en que me apropio de “la deconstrucción” es que en lugar de dirigirla a discursos filosóficos o literarios, que al fin de cuentas es lo más habitual, la dirijo a discursos vinculados con la sociología y las ciencias sociales. Me preguntás por mi trabajo… Es prematuro hablar de un trabajo propio. En realidad, es una tarea en curso y totalmente preliminar. De lo que se trata es de poner en marcha algo así como una deconstrucción del texto sociológico. Para decirlo muy rápidamente, esta operación consiste en la detección y desestructuración de las oposiciones binarias que dominan los discursos y las prácticas no discursivas de la sociología. Si bien es un ejercicio que, como bien decís, tiene entre sus objetivos pensar la “sociedad contemporánea”, se trata también, y quizás antes que nada, de un ejercicio que busca problematizar -en el sentido de no dar por evidente, de no dar por sentado- el sentido de nociones fundamentales como las de “sociedad” o “lo contemporáneo”, entre muchas otras.

Andrés: La estrategia deconstructiva a la que sometes en tu libro el concepto de “comunidad” se despliega sobre fundamentos específicos de las ciencias sociales. Un trabajo de escritura cuya interrogación alcanza las fronteras disciplinares de la sociología y, consecuentemente, a su definición de objeto. ¿Dónde apunta ese esfuerzo si consideramos que lo que se pone en juego allí no sería únicamente lo que llamas una “ontología de lo común” sino el estatuto mismo de la definición de “lo social”? ¿Cuál es el proyecto intelectual subyacente en esta apuesta y cuál -a tu juicio- su relevancia actual?

 Daniel: En efecto, la deconstrucción que practico en mi libro apunta directamente a los discursos sobre la comunidad de tres grandes nombres de las ciencias sociales: Karl Marx, Ferdinand Tönnies y Max Weber. A pesar de la enorme importancia que tienen estos discursos para entender la historia moderna y el significado de lo que hoy llamamos “comunidad”, los admirables trabajos en clave deconstructiva que llevaron a cabo Nancy, Derrida y Roberto Esposito, entre otros autores contemporáneos, apenas se ocupan de ellos. Esta ausencia me pareció lo suficientemente significativa como para realizar una amplia investigación de las teorías sociológicas clásicas sobre la comunidad a los fines de mostrar hasta qué punto el concepto moderno de comunidad que hoy criticamos es deudor de los aportes sociológicos. Por otra parte, las investigaciones dedicadas a tratar la cuestión desde una perspectiva histórica y conceptual en el ámbito de las ciencias sociales son poco numerosas. Estas son algunas de las razones que me llevaron a escribir el libro que ahora presento.

Ciertamente, allí argumento sobre la necesidad de volver a pensar lo social más allá de las oposiciones tradicionales a las que siempre estuvo sometido este concepto, empezando por la oposición entre comunidad y sociedad. La pregunta por la socialidad o por la relación social tiene una dimensión ontológica insoslayable. Se puede decir, entonces, que dilucidar esta pregunta es la tarea de una ontología de lo social. Creo que uno de los grandes desafíos al que hoy nos enfrentamos es responder esta pregunta tomando en cuenta el carácter histórico-social de las relaciones que nos constituyen sin recaer en ninguna de las alternativas sustancialistas de la metafísica clásica.

Andrés: ¿Cuál es la pertinencia política de problematizar hoy la idea de comunidad?

 La reemergencia del problema de la comunidad es un hecho que se puede constatar con relativa facilidad. Actualmente, la “comunidad” es un problema mundial o, si se prefiere, global.

Creo que la necesidad de una interpelación profunda de la noción de comunidad se justifica por los usos políticos que hacen de ella tanto representantes del Estado como de la sociedad civil. Desde hace al menos tres décadas asistimos a la propagación mundial de una retórica comunitaria sumamente poderosa. Se habla de políticas comunitarias orientadas a la educación, la salud, la seguridad, la cultura y la comunicación, entre muchas otras áreas de la vida pública. Debemos preguntarnos por qué el término “comunidad” y la instancia comunitaria en general son tan favorecidos por los discursos políticos contemporáneos. Y las razones hay que buscarlas en la historia misma del concepto, en los distintos usos y significados que ha tenido en los últimos dos siglos. Para decirlo muy brevemente, a lo largo de su historia moderna la noción de comunidad ha tenido casi invariablemente una connotación positiva. En palabras del sociólogo Robert Nisbet, es la “imagen de la buena sociedad”. Entonces, no es casualidad que se apele a la comunidad y a lo comunitario cada vez que se intenta fomentar una imagen armónica, y por lo tanto ideal, de tal o cual esfera de la vida social. Sea cual sea su extracción ideológica, el discurso comunitarista suele ser un discurso interesado en intensificar, contener o disimular las características específicas de una realidad social determinada.

Carlos Pérez López: En tu libro logras demostrar el privilegio o el valor incuestionable que cobra el concepto de “comunidad” en la clásica oposición sociológica “comunidad-sociedad”, a la vez que la exposición de este problema hace patente los alcances trágicos que tuvo la invocación de esta noción como ideal en ciertas secuencias histórico-políticas del siglo XX, tales como el nazismo. Así, uno podría sospechar que la política efectiva, real, de nuestra actualidad también está tramada por este tipo de conceptos que orientan decisiones políticas con un potencial catastrófico muy difícil de hacer visible. La pregunta que quisiera hacerte es ¿qué posibilidad tenemos de percibir en nuestro presente el potencial histórico de los conceptos que lo rigen

La hipótesis principal de mi libro es que el concepto moderno de comunidad, tal como fue definido por los “padres fundadores” de la sociología alemana, es inseparable del concepto de sociedad. Uno se explica por oposición al otro, y recíprocamente. Forman una dualidad metafísica que ha sido de la mayor importancia no sólo para la sociología como ciencia sino también para el conjunto de la vida intelectual y política europea durante la primera mitad del siglo XX. El privilegio de la comunidad sobre la sociedad, al que yo llamo comunocentrismo, consiste en considerar a la comunidad como el paradigma originario, auténtico o verdadero de la socialidad. Paradigma o modelo en relación al cual la sociedad no sería más que una forma degradada y esencialmente falsa de vida en común. Las consecuencias de este privilegio histórico son a la vez teóricas y prácticas. No se trata solamente de que tal o cual autor haya preferido el concepto de comunidad al de sociedad, dotando al primero de características positivas y al segundo de características negativas. Se trata también de un privilegio que se hizo sentir de forma dramática en distintos momentos de la historia europea del siglo pasado, de manera particular en los discursos nacionalistas y belicistas que se difundieron en Alemania durante la Primera Guerra Mundial, y luego, como una prolongación de estos, en los discursos racistas que divulgó el nazismo. En la actualidad, la palabra “comunidad” sigue siendo claramente favorecida por el lenguaje político pero bajo premisas diferentes. Los comunitarismos actuales, aunque distintos de los que acabo de mencionar, no dejan de ser fundamentalismos identitarios.

Intentando contestar a tu pregunta, creo que la posibilidad de percibir el potencial histórico, sea constructivo o destructivo, de los conceptos y las metáforas, de las palabras y las expresiones que rigen nuestro presente político depende en buena medida de nuestra disposición teórica y práctica a cuestionarlos, a interrogarlos, incluso y sobre todo si parecen nombrar lo más común del mundo.