Nadie las quiere, excepto, en última instancia, el Partido Popular. Es por ello que sus dirigentes amenazan al resto de los partidos con la convocatoria de esos nuevos comicios si no se le da luz verde a Rajoy para que permanezca en La Moncloa.

Ciudadanos teme que, si se convocaran unas terceras elecciones, una parte de sus votantes de junio se unirían a quienes ya los abandonaron tras el fiasco de las elecciones de diciembre y por los bandazos de Albert Rivera. El PSOE, que parece un boxeador sonado, se limita a repetir su letanía de No, y no y no al candidato Rajoy, pero ahí se queda, sin explicar claramente el por qué de su inmovilismo y sin decir qué hará si el gallego no consigue la investidura.

El Partido de la Ciudadanía vive sin vivir en él, deambulando por el alambre circense de ser de derechas sin parecerlo demasiado. Propone un pacto a tres en el que sería irrelevante y, como segunda jugada, anuncia una abstención en segunda votación que no resolvería nada sin el concurso del PSOE. Banalidades.

El Partido de los socialistas no sabe, no contesta. Hoy por hoy, la decisión de su Comité Federal es la oficial, y es la del No, y no y no. Pese a ello, personajes muy principales ya no se recatan ni en público y le mueven la silla a Pedro Sánchez pidiéndole la abstención. Estos y otros dirigentes -y alguna señora con incomprensibles aspiraciones- parecen más empeñados en su guerra interna y en la obsesión de expulsar a Sánchez de la Secretaría General, que por hacerle frente a Rajoy y los suyos.

Sorprende que Pedro Sánchez y su dirección no sean capaces de responder al chantaje del PP con contundencia y que, como lamentablemente hacen, se limiten a quejarse del maltrato mediático que padecen. Podrían hacer, a nuestro entender, tres cosas: 1) explicar sense complexos que la responsabilidad de gobierno le ha sido adjudicada por los electores al PP, en tanto que partido más votado, pero que ellos no pueden apoyar a ese partido con ese candidato, responsable de la corrupción sistémica de la organización y, además, artífice de una política austericida que ha empobrecido de forma terrible a buena parte del país; 2) anunciar a bombo y platillo que si el PP cambiara a su candidato a presidente del gobierno y renovara radicalmente el ejecutivo actual, ellos facilitarían la investidura para salir de la paralización de España provocada por la terquedad de Rajoy y para constituirse, a continuación, en la más férrea oposición al nuevo gobierno; 3) Explicar que, caso que Rajoy persevere en sus amenazas de convocar unas terceras elecciones, ellos, los socialistas, con el objetivo de evitarlas, se ofrecerían para liderar un nuevo ejecutivo de regeneración democrática para el que aceptarían votos o abstenciones de cualquiera de los otros grupos parlamentarios. En este último supuesto, ese gobierno tendría un margen de dos años, incorporaría independientes al frente de diversas carteras ministeriales y se trataría de nombres negociados con el resto de las fuerzas que apoyaran esta opción.

Si algo de esto no ocurre, siempre y cuando Rajoy no haya conseguido los apoyos que necesita, ¿qué puede pasar? Respuesta: nuevas elecciones. Sí, pero eso ya lo sabemos. También se dijo que si no se constituía gobierno a partir de diciembre de 2015 se convocarían, y se convocaron, las de junio de 2016.
La pregunta, sin embargo, pensamos, es otra: ¿qué resultado debiera arrojar esa nueva llamada a las urnas para que no volviéramos a estar como estamos?

Teniendo en cuenta la incapacidad para el pacto de los partidos políticos mayoritarios, la respuesta no puede ser otra que mayoría absoluta del PP. Dadas las previsiones de voto para el PSOE, a la baja o, en el mejor de los casos, mantener las cifras de junio; dadas las de Ciudadanos, quizá el más perjudicado al ser abandonado por sus electores; dadas las de Podemos, que ya firmarían mantener las actuales… la única salida posible del pozo en el que estamos sería que el PP obtuviera la mayoría absoluta.

Si así fuera, ya no habría problema. Todo obedecería al orden natural de las cosas. Rajoy volvería a gobernar con el rodillo, que es lo que sabe hacer; y los otros tres se pasarían cuatro años lamentándose amargamente, lamiéndose las heridas internas y culpando a los otros de su desgracia. Mientras tanto, el grueso de la ciudadanía, a seguir en el llanto y crujir de dientes por los insoportable niveles de desempleo, por la emigración de los jóvenes, por la deriva de la caja de las pensiones, por la patente de corso de la banca, por la jibarización de la estructura social del Estado, por el incremento de los niveles de desigualdad, por los recortes en I+D+i, por la nula sensibilidad ante la violencia de género o ante el drama de los refugiados, por el olvido de los problemas medioambientales o por la proa puesta contra todo lo que tenga que ver con una cultura artística creativa y crítica. Además, los problemas de convivencia y armonización de las tensiones territoriales, singularmente la situación de Cataluña, continuarán emponzoñados y amenazadores, pero eso –como ya sabemos- a Rajoy no le preocupa en exceso. Si finalmente tuviera que actuar, espera abordar la situación con dinero, con acciones judiciales y, en última instancia, con la Guardia Civil.

Así pues, visto lo visto, dada la incapacidad manifiesta de los actuales líderes políticos, cuando se habla de terceras elecciones debiéramos saber que éstas serían las últimas solo en el caso de que el PP obtuviera mayoría absoluta [o un resultado como si tal], porque de no ser así pronto comenzaríamos a hablar de… las cuartas elecciones.


Académico del Departament d'Història Contemporània, Universitat de València