Viene llegando de un homenaje en Praga, de un ciclo de cine dedicado a él y de una invitación a la Escuela de Cine de Uherské Hradišt; está terminando las grabaciones de “Pega Martín Pega”, serie basada en la vida del legendario boxeador chileno Martín Vargas; forma parte del elenco de la película “Aquí no ha pasado nada”, tomada del caso de Martín Larraín, y es el protagonista de Bala Loca, la serie de Chilevisión que trata temas de los abusos del poder. Por si fuera poco, películas como “El Club” le han valido una serie de nominaciones a premios, y en los últimos meses interpretó la obra “Conferencia sobre la lluvia”, de un texto del escritor y periodista Juan Villoro, que define como una verdadera “belleza” y una “vacuna para la estupidez”.

El actor Alejandro Goic pasa por uno de sus mejores momentos y, si bien mantiene su humildad intacta, lo reconoce en su estilo. “Como diría Nicanor Parra, si uno no toca el piano en Chile, ¿quién chucha lo toca? Con este país chaquetero jajaja”, bromea.

Además de ser un destacado actor, también fue un importante dirigente socialista durante la dictadura militar, régimen en el que estuvo preso en dos ocasiones y fue torturado. “Mi izquierda tiene que ver con un izquierdismo espiritual, no ideológico”, asegura recordando esos años de adolescencia en Estados Unidos, cuando –a pesar de ser hijo del destacado médico Alejandro Goic, quien hacía en los ’70 estudios de enzimas psicosomáticas- con su hermano sufrieron de discriminación por parte de sus compañeros de clase, siendo llamados “dirty mexicans” (sucios mexicanos). “¿En qué momento a un niño negro, que es un niño maravilloso, que juega y eleva volantines, la sociedad o alguien le dice por primera vez que es un ‘negro culiao’? Siempre pienso en qué pasa con el niño en ese preciso momento”, dice.

Fue de adolescente también cuando empezó a tener sus primeras aproximaciones al teatro, fascinado con los personajes del escritor alemán Herman Hesse.. “¿Tú sabes qué creo? Que me dediqué al teatro, porque podía ser un Narciso y un Goldmundo, un Siddharta, un Robin Hood, un Che Guevara, un Ghandi, y un Jack el Destripador”.

¿Y has podido?
-Sí, aunque siempre quise ser Romeo y nunca pude. Ahora, a estas alturas de la vida, no hueís, jaja ¿Tú creís que con un lifting y un bótox podría?

Pero tus personajes son bien terribles: ex curas pederastas, torturadores y periodistas conflictuados. ¿Tú haces el ejercicio de meterte en la cabeza de personas así?

Para contestar, Goic recuerda una entrevista en la que el fundador y director del diario La República, Eugenio Scalfaro, le hace la misma interrogante –ingenua, al parecer- a dos leyendas del teatro y cine italiano, Marcello Mastroianni y Vittorio Gassman: “Cuando él les hace esa misma consulta, Mastroianni mira a Gassman y le pregunta ‘¿A vos te pasa eso?’. Y él le responde: ‘No hueón, pero parece que a Robert De Niro le pasa’ ”.

Jajaja, pero me refería a papeles como el de Carne de Perro, donde interpretas a un ex torturador.
-Ah, bueno. Tú sabes que curiosamente en esa película, en una escena en la que golpeo las paredes, eso lo hice de verdad. Una estupidez de mi parte. Lo que pasa es que el director, Fernando (Guzzoni), me dice: “No tengo visualizada la escena. Sé que quiero una reacción violentísima tuya cuando te dicen que se ha suicidado tu compañero de la Dina”. Entonces le dije: “Ya, veamos hueón”. Pensé: No voy a reaccionar emocionalmente cuando me lo digan, voy a estar muy tranquilo. Y después resulta que tiré el teléfono y le pegué a la pared. Parece ser que fueron tan fuertes los golpes que se me anestesiaron las manos. Termina la escena, me las miro y estaban hinchadas como empanadas de queso.

-Ahí grité: ¡No le den más pasta base al actor, se fue en volá! Me dijeron que fuéramos a la Posta, para ver si me había quebrado un hueso. “No poh, le dije a Fernando, aprovechemos esta hueá, y hagamos una escena donde me mostrís las manos”. Fuimos al lavatorio y las grabamos.

-¿Cuál es la fórmula para esas escenas delicadas?
– Hasta el momento del “¡acción!”, yo no prejuicio ninguna emoción, ¡nunca! Hay metodologías, que enseñan en las escuelas de teatro, en las que se recurre a recordar algún hecho similar y reproducir así la emoción. A mí me parece en lo personal un poquito amoral, por no decir inmoral, el tener que acordarme de cuando murió mi mamá para poder llorar en una escena. Y además si yo recurro a estos recursos va a ser la misma emoción reiterada en todas las putas escenas. Por eso, en mi metodología, es tan importante el otro. Generalmente los actores subrayan o destacan sus textos. Yo les decía a mis alumnos: “¡No! Destaquen el anterior, el que el otro les va a dar, esa es la clave”. ¿Me explico? No es una mera gentileza hacia mis colegas el decir que la actuación de uno depende el 90% del otro.

Alejandro Goic en Carne de Perro (2012)

Alejandro Goic en Carne de Perro (2012)

¿Y cómo manejas el tema de la violencia?
-Recuerdo perfectamente una escena en que era un tipo que maltrataba a su señora, que era la Aline Kuppenheim -que a todo esto hemos hecho 10 veces de marido y mujer, por lo que ella me dijo: “voy a presentar una demanda por pensión alimenticia y te voy a cagar” jaja-. Bueno, en la escena tenía que golpearla y dije: “No, la voy a agarrar de la polera, porque así no la golpeo, lo que sería un poco falso, y la voy a zarandear y así no la maltrato físicamente”. Hueón, terminé rajándole la polera mientras la zarandeaba. La escena salió muy verosímil, pero ella lloró de verdad, porque era una escena muy violenta. Recuerdo que estuve como un día con una sensación horrorosamente angustiosa del acto de violencia, porque cuando engañas al cuerpo, este reacciona química y neurológicamente a las emociones.

Bala Loca: En la piel de Mauro Murillo

Alejandro Goic como Mauro Murillo. Foto: Chilevisión

Alejandro Goic como Mauro Murillo

Periodista de investigación, ex hombre de farándula -“dedicado a ganar dinero, fama y estar preocupado de las tetas de la Bolocco”, según Goic-, discapacitado, padre de un hijo homosexual, adicto a las drogas y con recurrentes problemas en términos sexuales y amorosos. Mauro Murillo, el protagonista de la serie Bala Loca, es el complejo personaje de taquilla de Alejandro Goic en este momento.

“Una preocupación central en mí, política, es la siguiente: prensa libre. Es una medida esencial de la democracia, diversidad, y cuando no existe es muy peligroso”, dice el actor, quien se entrenó durante cuatro meses con el realizador Marcos De Aguirre en cómo manejar una silla de ruedas.

Tal como Murillo, el inquisidor reportero de la serie, no está ajeno a lo que sucede a su alrededor, tampoco a la contingencia. Desde esa posición analiza la tensa entrevista en Televisión Nacional de Juan Manuel Astorga a José Piñera, ideólogo de las AFP, quien llegó a Chile la semana pasada para defender el modelo inaugurado a principios de los ’80, en plena dictadura militar, y que por primera vez sacó a casi un millón de personas a las calles, para reclamar por las bajas pensiones.

“Me hace fuerza uno de los comentarios que he escuchado. Primero, si tú vas a entrevistar a un hueón de esa envergadura, no moral ni intelectual, sino que por la importancia política que tuvo en la historia de Chile como ministro predilecto del dictador, uno tiene que realmente prepararse de manera muy rigurosa. O sea, si él dice que la pensión de tal AFP es de 660 mil pesos, él debiera haberle dicho: ‘No señor, no es de 660 mil es de 187.324’. Es decir, tiene que estar con todas las armas, con el arsenal completo. Y, segundo, nunca debe perder el control. En la esgrima un hueón que se enoja, que rabea y patea la perra, pierde”.

Sin pausas, sentencia: “Ustedes los periodistas tienen un privilegio completamente inmerecido, porque son figuras públicas con infinito poder, sobre todo la gente de televisión. Tienen una responsabilidad E-NOR-ME, por ese privilegio no otorgado por la soberanía del pueblo”.

¿Qué efectos cree que puede generar la serie en los privilegiados periodistas?
-Espero que una reflexión profunda, porque en los periodistas y en los médicos hay otro elemento consustancial a la propia naturaleza de la profesión, que es el elemento ético. Un obrero yesero, un albañil, trabaja y se gana los porotos sin pensar en qué pasa con la constructora. No tiene un deber ético que trascienda que él es un trabajador que vende su fuerza de trabajo para comer él y su familia. En el caso del periodismo sí hay un deber ético, y eso se relajó a puntos inaceptables. Solo pasa piola, porque hay un ablandamiento del punto de las exigencias morales en todo plano.

¿En qué sentido?
-El hecho de que un periodista sea vocero de un producto, es una cosa inconcebible. Uno ve la BBC o cualquier canal, incluso americano, que son los reyes del comercio, y si una figura periodística importante de televisión anuncia un producto, su credibilidad como periodista se acabó en ese mismo segundo. Por eso, simplemente no lo hacen. Punto. 

¿Hay otros inconcebibles?
-Un inconcebible que realmente lamento es que en este país no haya todavía plena libertad. Y esto lo sufrimos con la propia serie. No pudimos colocar a El Mercurio, a La Segunda o a La Tercera. En Estados Unidos, en Inglaterra, que son los países que inventaron el capitalismo, se puede. No solo se puede, sino que si yo hago una película sobre la corrupción en el FBI, me pasan la oficina del FBI para hacerla. En Chile esta ficción no podía hacerse en La Segunda ni en El Mercurio, por eso se puso el PPD, aunque con oposición.

¿Quién se opuso?
-Mi amigo (Gonzalo) Navarrete. Y por eso dije: Quiero recordarle al compañero Navarrete, que es de mi generación y con quien luchamos durante la dictadura, una palabra preciosa y que costó muchas vidas de amigos mutuos: Libertad, nada más. Si esto hubiera venido de la derecha, bueno, pero nunca pensamos que iba a venir de las filas de los libertarios demócratas. La libertad, poh hueón, fue cara para nuestra generación. Entonces, más que enojarme me dio pena, me dolió mucho, lo encontré increíble, simplemente.

Otra de las polémicas en que el actor vio cómo se entrometía lo político en su obra fue a propósito de la filmación del filme Los 33. Todo se dio fundamentalmente a partir del video que grabó desde su celular, al que espontáneamente se sumó Antonio Banderas con un saludo a Michelle Bachelet, justo antes de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales.

-¿Oye y yo puedo enviar esto a Chile? – le preguntó Goic a Banderas.
-¡Pues para eso lo hice, joder! – le respondió.

Misteriosamente, después sus apariciones en la película fueron reducidas al mínimo y ni siquiera fue invitado a su estreno. Consultado sobre si es cierto que fue vetado, a propósito de ese video, por parte de los principales financistas de la película Carlos Eugenio Lavín y Carlos Alberto Délano, Goic no emite pronunciamiento. Sí se limita a decir una frase: “Es aterrorizante la manera cómo el poder económico puede censurar todavía una obra de arte”.

La decepción política de Goic

El actor aún recuerda la fugaz, pero intensa alegría que vivió el día del plebiscito de 1988. Cansado de gritar “¡Los cagamos con un lápiz!”, se fue con el entonces dirigente socialista Jaime Pérez de Arce al comando del No, en Alameda con Lastarria. Ahí, ambos vieron una escena decidora: En medio de toda la celebración, empezaron a llegar a la sede autos Mercedes Benz, Volvo, de los que bajaban hombres de costosos trajes y zapatos italianos, que no habían visto nunca, acompañados de elegantes señoras.

El diagnóstico de Pérez de Arce no necesitó mayores explicaciones:
-¿No cierto que no? – dijo.
-No – alcanzó a concordar Goic antes de que ambos se largaran del comando rumbo a un bar.

A pesar de los intentos de su amigo Clodomiro Almeyda por convencerlo de que no dejara la política, ya pasada la dictadura Goic había decidido dar un paso al costado y dedicarse de lleno al teatro. En una especie de despedida de parte de sus amigos cercanos y de gente con la que había estado preso, tomó la palabra:

-¿Saben qué? Nunca vamos a triunfar en nuestro proyecto.
-¿¡Qué!? – reaccionaron desconcertados sus compañeros.
-Por una simple razón. Porque si el señor Agustín Edwards entra por esa puerta ustedes se cagan. Por sus complejillos, sus problemas… Está bien. Porque quieren ser como él, quieren ser invitados a sus fiestas como El Gran Gatsby… Yo no estoy haciendo un juicio sobre ustedes, estoy diciendo que estamos cagados.

Siguiendo esa línea, el actor asegura que no se puede invisibilizar un sistema injusto, minuto en que da inicio a un involuntario monólogo, donde centra mi atención en él y dos puntos de la mesa. “No puede dejar de violentar un sistema en el que, solo porque un niño nació aquí, en este sector de esta comunidad, tiene todo resuelto, todas las oportunidades de la vida, todas las maravillas que el ser humano ha creado. Y, por otro lado, porque nací aquí estoy pa’l pico. Eso es vergonzoso”.

Emocionado, Goic empieza a aplastar con su dedo índice un borde de pizza a la piedra que yace en la mesa, y que ahora para ambos representa el sector de la más profunda pobreza de Chile: “Pero nosotros siempre vamos a estar aquí. Yo estoy aquí. Yo estoy con el hueón pa’l pico. Es hueón, sí; es violento, sí; es un flaite, sí; me pone nervioso, sí; tiene falta de educación, un roto, sí, pero estoy aquí. Siempre hay que estar y ver el mundo de aquí”.

“No de acá”, dice, mientras apunta el intacto sector privilegiado de la mesa en el que está mi grabadora, y luego se redirige al pedazo de pizza, ahora totalmente triturado: “De aquí”.