Hasta donde tengo noticia, es Foucault quien, en los ochenta, re-vigorizó la noción de parrhesía. En su caso, se trataba de examinar los compromisos a la hora de hablar con verdad, aquello que hacía que los sujetos quedasen implicados en lo que decían, incluso poniendo en riesgo su vida por hablar con sinceridad.

Que Foucault haya rastreado el decir parresiasta en la Grecia antigua no impide que hagamos de ello una cuestión cercana. Hace pocos días, Rodrigo Karmy y Gonzalo Díaz, a propósito de la solicitud de renuncia a Roxana Pey por su pública crítica a la política educacional del gobierno, mostraron muy lucidamente la vigencia del hablar parresiasta en la escena local. Se trata de una cuestión pertinente. Y es que las implicancias de decir la verdad parecen ser hoy cada vez más urgentes de mostrar toda vez que las opiniones, las sentencias y dictámenes cruzan e invaden el espacio hoy hipertrofiado de la opinión pública: televisión, radio, twitter, facebook, medios digitales y otros, conforman una maraña donde se dice y opina de todo.

Una de las condiciones del hablar franco era, según Foucault, que el sujeto estuviese dispuesto a asumir los riesgos por decir aquello que se considera valioso. El coraje de la verdad implica la valentía de enfrentar el costo de decir cosas en la cara y sin disfraz. ¿Ejemplos de ello? Obviamente pueden discutirse, pero me parece que Jaime Garzón –comediante asesinado por desafiar con su humor el escenario político colombiano de los noventa– es, quizás, alguien que bien puede ilustrar estos actos de temeridad discursiva. En Chile, no puedo olvidar las palabras de James Hamilton en Tolerancia Cero allí por el 2011. El testimonio del médico sobre el modus operandi del segmento más conservador de la Iglesia Católica en relación al abuso sistemático de menores, puso de rodillas no sólo la legitimidad de la institución, sino a todo un círculo social que, escudado en la indiferencia, se había hecho cómplice silencioso. También estaría tentado a pensar en la salida de Helia Molina del MINSAL, a fines del 2014, por acusar que aquellos que se negaban a legislar sobre el aborto eran los mismos que hacían abortar a sus hijas en clínicas privadas. En fin, otros episodios podrían sumarse a este ejercicio del decir que rompe con los límites, y racionalidades establecidas para mostrar algo que hasta ese entonces no sólo no puede decirse sino que ni siquiera es permitido pensar.

Pero entre tanta palabrería parece que la parrhesía puede ser pervertida. También hay un modo de hablar que, a modo de un impostor engañoso, quita fuerza a la franqueza para poner en su lugar el exceso burdo y la vociferación retrograda. En Chile, da la impresión que, en no pocas ocasiones, hablar con prepotencia y sin cuidado se ha convertido en una cualidad ventajosa. Así, en el distrito del chisme y la opinología, se ha dado cada vez más espacio a personajes cuya misión es extralimitarse en los dichos, faltar el respeto y renunciar a la elegancia en favor de la polémica televisiva. Célebre fue el episodio de Francisca Merino desembuchando el apelativo de “cara de nana” a Ana Tijoux. Y ese es solo un caso entre muchos. Es evidente que el catálogo de estos habladores sin filtro tiene ya un historial generoso. Pero esto no es lo realmente preocupante. Lo que inquieta es la recepción que tiene este tipo de intervenciones. Comúnmente se celebra la pachotada agria de estos personajes porque “dicen las cosas como son”, o porque “no tienen pelos en la lengua”, y de este modo, la palabrota falta de delicadeza y la bravuconada torpe ganan estatura de virtud.

Hay que distinguir entonces entre aquella franqueza que es capaz de abrir horizontes por enunciar algo que nadie se atrevía, de su simulacro tosco en aquel que no es capaz de vigilarse para dar rienda suelta a su fascismo de sobremesa. Hay que estimular el olfato que diferencia aquella verdad que implica coraje porque cancela la hegemonía apatronada del sentido común, de aquella engalanada grosería que satura el decir acentuando lo políticamente incorrecto y atacando a aquellos que se sabe nadie va a proteger. Pero la primera tiene que ver con la verdad –en todo caso, con aquella verdad en que la palabra se encarna en la persona: parreshía. La segunda es su perversión. Su decir no arriesga nada; se contenta con vomitar lugares comunes condimentados con más odio y ventilación para que la tribuna vitoree. Sin embargo hoy una se confunde con la otra y eso atemoriza. Preocupante es una sociedad donde la imprudencia de Eduardo Bonvallet era escuchada sin el contrapeso ni el juicio como para denunciar su evidente ignorancia. Escandalosos son los medios que dan tiraje a Fernando Villegas quien, incrementando la saña y la violencia de sus opiniones, se parece a aquellos sicarios que buscan demostrar su lealtad e indolencia a los caudillos que le alimentan. Inquietante es que el autoritarismo histérico y soez de Evelyn Matthei fuese interpretado por algunos como el “liderazgo” y la “fuerza requerida” para concursar por la presidencia. No queremos seguir engrosando esta lista… Bien sabemos que llegaríamos a esa figura que suspendió la democracia y negó todo diálogo por la fuerza –o sea cobardemente– e impuso el terror como modo de convivencia.

La docilidad e incluso entusiasmo con que algunos celebran el desparpajo es preocupante. Da miedo que en la misma semana en que se asistía al clímax del descaro con las declaraciones de José Piñera, muchos se ufanasen de ser “un peligro para la sociedad” por negarse a medir su ira y vehemencia frente a un delito a la propiedad: ¿Lo harían de verdad? No lo sabemos, pero abrazarnos de otro modo con la verdad y con lo que decimos puede ser una buena manera de preguntarlo.


Profesor de Filosofía en el Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Chile y en Colegio Alonso de Quintero