Siempre la han odiado, desde que hace miles de años uno (Empédocles) se lanzó al cráter del Etna y otro (Sócrates) anduviera por las calles haciéndolas de tábano con sus preguntas insoportables acerca de la esencia de las cosas, e incluso de los dioses, por lo que se le obligaría a exiliarse, prefiriendo él beber la cicuta; y otro aún (Diógenes de Sínope) le dijera al mismísimo Alejandro –el dueño del mundo- que lo único que le pediría es que se mueva un poco pues su cuerpo  impedía que, sobre el suyo curtido por el aire marino, cayeran los rayos del sol. Sin olvidar que otro todavía (Platón), uno de los más grandes –otro más cercano a nosotros afirmó que lo que vino después no serían más que notas al pie de sus textos- dijo que lo visible era, en verdad, lo invisible, y que lo que menos se percibía era lo más real.

Siempre la han odiado. ¿Quiénes? Primero fueron los que, en el momento en que nacía, temieron de un saber que les obligaría a pensar lo suficiente en sí mismos como para olvidarse de sus pequeños asuntos cotidianos y encontrar, en ellos, un fondo difícil de digerir (como, por ejemplo, reconocerse como seres mortales, y llenos de prejuicios: la patria, el dinero, las posesiones materiales, la fama, el trabajo). Después, fueron los que, en una institución con vocación imperialista, la convirtieron en el saber que legitimaría esa vocación, obligándola a definir dogmas y jerarquías celestes. Entonces fue el mundo árabe el que la conservaría, acumulando una potencia que estallaría tiempo después para transformar –e interpretar, todo a la vez- al mundo. En el momento que se conoce como humanista, la filosofía brilló con aires aristocráticos, bajo el interés –y la protección económica y social- de princesas y nobles. Es la primera época de las “comunidades científicas”, en la que los filósofos ocupaban un lugar primordial. Este brillo, sin embargo, no estuvo exento del temor y la cautela ante los censores que ya habían demostrado que podían quemar y obligar a desmentirse (“eppur si muove”) a los más grandes (Descartes no publicó ya bien entrado el 1600 su tratado cosmológico en consideración a esa cautela). La gran época ilustrada, lo sabemos, terminaría mostrando no pocas oscuridades (es tal vez el gris de las fábricas mezclado con la brillantez cegadora de la luz eléctrica su tonalidad más propia): una de ellas es la de la legitimación estatal de la filosofía, cuando con el hegeliano francés Victor Cousin, a mediados del XIX, se empezará a considerar como fundamento de la laicicidad y del “espíritu republicano”. Así, la filosofía empezó a convertirse en un saber “formador”, con una utilidad concreta (cosa que, desde Aristóteles, rehuía con todas sus fuerzas): hacer de los jóvenes que accedían a la instrucción pública “mejores ciudadanos”. Con ello, ganaría muchas cosas, pero perdería otras tantas. Ganaría: la expansión planetaria de un saber reducido hasta entonces a los gabinetes de unos pocos sabios vinculados al clero y a la nobleza, pero también la aparición de un tipo de funcionario muy particular: el profesor de filosofía, cuyas obligaciones consistirán en lo fundamental en transmitir a los jóvenes este particular saber hasta entonces secreto. Perdería: la autonomía frente al Estado, la libertad de un pensador no-funcionario. En este tira y afloja entre libertad del pensamiento y responsabilidad del funcionario la filosofía atravesó –con una gran influencia social y cultural de sus mejores cabezas- el siglo XX, el siglo terrible. Entonces también se la odió, y mucho: el nombre del fenómeno epocal que más la odió –y la prohibió- es el de “fascismo”.

Pero pocas veces se la ha odiado tanto, y de manera tan transversal, como en estos años que son los nuestros. ¿Qué se odia de ella, hoy? Que haga que las personas se detengan, miren al cielo (uno de sus momentos inaugurales fue el de la risa de la criada ante la caída del viejo Tales en un hoyo de Mileto por ir mirando, justamente, al cielo), y dejen, por un rato, de “producir”; que en las mentes de los jóvenes empiecen a aparecer palabras como “desobediencia civil”, “superhombre”, “muerte de Dios”, “revolución”, “anarquismo” (¡horror de horrores!), y en sus manos libros con títulos sospechosos: “El anticristo”, “El manifiesto comunista”, “El ser y la nada”, entre los más difíciles de soportar; que permita que sus detentores, estudiantes y profesores, a veces –como el viejo Diógenes- renieguen de los bienes materiales, y no quieran (otro horror) formar una familia ni creer en la patria ni respetar a quienes se definen como autoridades; que ante aquellos que se dicen seguros de sí mismos, de su saber y profesión, pero ante todo de sus “verdades”, los que estudian filosofía –y ella no se deja nunca de estudiar- les miren con una sonrisa irónica y les hagan ver (o al menos lo intenten) cuán frágil es toda certeza y cuán precaria toda verdad. Se la odia hoy también por razones mucho más sutiles y por quienes muchas veces dicen defenderla: porque ella, en sus textos, no se comporta como el conocimiento científico hoy estandarizado por revistas que se enriquecen a costa de su prestigio obtenido en alianza con los poderes económicos más discutibles; porque con ella no se puede ayudar a terminar con el hambre en las poblaciones ni a aumentar el empleo ni a curar enfermedades; porque, en última instancia, no sirve para nada, y ello es su razón de ser, su felicidad y su más absoluta libertad.


Académico del Instituto de Filosofía, Universidad de Valparaíso.