El problema de la filosofía y su relación con quienes detentan el poder, como es bien sabido, tiene una historia larga que se inicia con la condena de Sócrates. (Para quienes quieran entrar en detalles, puedo recomendar la lectura de Una profesión peligrosa: la vida cotidiana de los filósofos griegos, del filólogo italiano Luciano Canfora). No es nuevo, entonces, que la filosofía resulte incómoda, disonante, incluso alarmante; y no es extraño que eso suceda en un contexto de tecnocracia desatada y neoliberalismo sin freno, donde sólo lo supuestamente mensurable según los estándares impuestos por quienes dirigen las políticas educativas de manera burocrática, sería aquello que luego valdrá la pena llevarse a cabo. En este último juego es donde, de algún modo, la filosofía igualmente se ha entrampado en las universidades, intentando seguir un ritmo que no le es del todo propio. Pero, sin embargo, no me quiero referir a ello, tema que da para un texto distinto, sino más bien al problema de la posible eliminación de la asignatura de filosofía del plan común de enseñanza media (para ser precisos: de los programas de IV medio).

Todos conocemos la situación: el Ministerio de Educación pretende eliminar filosofía del plan común a cambio de la difusa promesa de crear una nueva asignatura llamada “formación ciudadana”; nombre tan difuso como la promesa que lo sostiene. No pasó mucho tiempo desde la filtración de las intenciones del gobierno hasta que casi todo el mundo comenzó a lanzar las frases políticamente correctas que, naturalmente, venían al caso: “derecho a la filosofía”, “creación de pensamiento crítico”, “disciplina indispensable”, etc. Es más: la televisión, la radio y los diarios, no tardaron en hacer eco de todo ello. Se sabe que de una situación tal, al vacío de sentido, hay un solo paso.

Ahora bien, mientras me enteraba, poco a poco, de lo que eventualmente sucedería con la asignatura que por unos cuantos años impartí en varios colegios de diversa reputación, recordé las primeras líneas de un ensayo del filósofo escocés del siglo XVIII David Hume, llamado Sobre el suicidio. Dichas líneas rezan así: “Una ventaja considerable que surge de la filosofía consiste en el supremo antídoto que ofrece para la superstición y la falsa religión. Todos los demás remedios contra esta pestilente enfermedad son vanos o, al menos, inciertos. El simple sentido común y la experiencia de vida, que por sí solos sirven para la mayoría de los propósitos que emprendemos, son en este caso ineficaces.” Hume, hace más de trescientos años, ya advertía los peligros de la ausencia de filosofía, y no pude sino, luego de recordar sus palabras, redescubrir la sensatez que hay en ellas y la oscuridad en la propuesta del Ministerio de Educación.

Sin lograr salir del todo de mi asombro ante las noticias que leía por todos lados respecto al triste futuro de extinción que le proponen a la filosofía en los colegios de Chile, un asombro que, según fundamenta y recuerda tan sutilmente Heidegger en su texto ¿Qué es filosofía?, corresponde al estado anímico originario del preguntar filosófico (es decir, a partir del cual los primeros “filósofos” griegos comenzaron cuestionar la naturaleza y sus principios), en lugar de intentar de fundamentar mi postura contra el eventual escenario que plantea el actual gobierno, en lugar de intentar buscar respuestas que derrumbaran los argumentos (lógicamente inconsistentes, la mayoría) de la ministra y sus asesores, lo que surgió fueron preguntas (posiblemente producto de una deformación profesional: estudié filosofía), preguntas de las cuales, de algún modo, intuyo respuestas, preguntas surgidas ante la ingenuidad de comentarios escuchados al pasar, preguntas que creo sería bueno pensar y que planteo a continuación.

¿Quién creará, y bajo que principios, el programa de esta nueva asignatura que sería capaz de absorber los saberes contenidos en el ya precario programa de filosofía de cuarto medio? ¿Quién asegura, si es el mismo Ministerio de Educación que propone el este cambio, que esta propuesta no empeore aún más las cosas en los desolados campos de la filosofía en el colegio? ¿Cómo no afirmar que la filosofía (con ese nombre, no con otro) resulta fundamental para comprender al ser humano, la política, la ética, el concepto de derechos, la ciencia, etc.? Y, ya en el área de lo puramente práctico-laboral, de lo que vulgarmente se llamaría “la vida real” de aquellos profesores representados por la REPROFICH: ¿Quién asegura que esa nueva asignatura la realicen profesores de filosofía?

Con todo, y para terminar, creo que la sola supresión del nombre “filosofía” del plan común de la enseñanza media chilena, constituye un problema en sí mismo, para el cual sería necesaria una discusión “filosófica”.


Licenciado en Educación en Filosofía, USACH. Estudiante de magister en Estudios Interamericanos, Universidad de Bielefeld, Alemania.