A lo lejos se escucha el término “civilización”. Las autoridades discuten a su alrededor. En Francia, la policía llama la atención a una mujer que usaba el burkini en sus playas, en los EEUU el candidato republicano arenga su electorado a expulsar a los musulmanes del país, en Chile se abre una polémica en torno a Irán en un periódico de la derecha dura. Los espectros no dejan de fluir. Las imágenes colman los titulares y estallan frente a la mirada perdida de Omar Daqneesh, el niño sirio sobreviviente de un bombardeo militar, ahora víctima del nuevo bombardeo mediático. Los “defensores” de la “civilización” desatan un lloriqueo humanitario frente a las imágenes o, resueltamente, se disponen a condenar las “culturas” amparados en una siempre arbitraria “convicción moral”. ¿Sobre qué se funda esa singular “defensa” de la civilización?

No preguntaré acerca de la “legitimidad” que tendría sostener dicha “defensa”. Desplazaré la pregunta jurídico-moral de ¿cuán legítimo es tal o cual defensa? por la analítica en torno a las relaciones de poder y sus dispositivo. Así, se trata de una pregunta en torno al ensamble de dispositivos, construcciones de discursos, modos de operación del poder orientados a la producción de la diferencia entre civilización y barbarie: ¿cómo, bajo qué discurso, dispositivo o máquina, tiene lugar la diferencia contrapuesta entre civilización y barbarie, diferencia superpuesta a la de Occidente y Oriente?  Si algo heredamos del trabajo de Edward Said ha sido que jamás existe una diferencia “sustancial” entre Occidente y Oriente, sino mas bien, una diferencia de corte “estratégico” en la que se juega una decisión propiamente política. Y así como Said piensa el orientalismo como un modo de producción de la diferencia entre Occidente y Oriente, así también, podemos pensar a la “civilización” como un modo de producción del civilizado y del bárbaro. Estas dos categorías están lejos de existir de suyo para resolverse como precisas producciones espaciales que han sido desplegadas histórica y geopolíticamente.

Nacido desde la segunda mitad del siglo XVIII como el puntal de la reforma estatal llevada a cabo por el movimiento fisiócrata la civilisation constituyía, por ese entonces, un término de raíz “policial” en cuanto se refería al orden económico-administrativo de la ciudad. Si bien, ni Edward Said ni Michel Foucault advirtieron su genealogía, pero son ellos, quienes nos abren la vía para interrogarlo. Por su partem, el lingüista Èmile Benventiste mostró en unas pocas líneas, la singularidad del término definido en su momento como la “adopción espontánea de normas”. Normas sociales antes que jurídicas, ejercicio positivo de disciplinamiento antes que la coacción “negativa” de una ley, la civilisation, inicialmente un término de índole “policial”, terminó por naturalizarse y emanciparse como concepto al conjunto de las nacientes ciencias históricas y sociales del siglo XIX, marcando con su signo el despliegue imperial del eje franco-británico.

Si todo término produce efectos políticos, el de “civilización” tendrá la virtud de producir a una comunidad que incluye y que considera “civilizada” y a otra comunidad que excluye y que considera “bárbara”. Con ello, el dispositivo civilizatorio decide qué está dentro de la humanidad y que ésta fuera, que es humano y que no lo es. A esta luz, el dispositivo civilizatorio resulta tener un carácter antropogenético: en él se produce qué es lo humano: aquellos que pertenecen a la comunidad civilizada serán calificados de “humanos” y aquellos que no serán calificados inmediatamente de “bárbaros”. Los humanos será producidos en un movimiento de inclusión, los inhumanos en un movimiento de exclusión inverso al anterior. En este sentido, el dispositivo civilizatorio sobre el que se sostienen gran parte de los discursos imperiales contemporáneos, constituye una verdadera máquina de guerra, cuyo belicismo se realiza en función de la salvación de la humanidad (el ethos pastoral- cristiano del dispositivo es aquí fundamental).

Así lo pensó Francisco de Vitoria cuando articulaba un prototipo del derecho de intervención: “(…) aún sin la autoridad del Pontífice, pueden los españoles prohibir a los bárbaros toda costumbre y todo rito inhumano, puesto que pueden defender a los inocentes de una muerte injusta.” “Sin la autoridad del Pontífice”, es decir, apelando a una cierta excepcionalidad jurídica, se autoriza a los españoles a intervenir sobre los “bárbaros” si acaso éstos desarrollan alguna costumbre o rito inhumano. El derecho de intervención imperial ve en la pluma de Vitoria una de sus primeras formas. En él, los “españoles” aparecen en una deriva salvífica (humana) en la que orientan sus esfuerzos en “hacer justicia” y salvar a los “bárbaros” de sí mismos.

Hoy, el discurso –más que el derecho- intervencionista poco ha cambiado. Podremos intervenir Iraq a contrapelo de los iraquíes para salvarlos del demonio de Saddam Hussein, o destruir a los palestinos de Gaza argumentando –como hizo Netanyahu en el año 2014- estar a favor de los palestinos salvándolos de su propia tiranía (Hamas). Vitoria basa sus consideraciones en la teoría política de Tomás de Aquino, en particular, en Del Reino en la que identificaba la figura del Rey con la del Pastor: “(…) la razón del rey es que sea uno que presida y que sea un pastor que busca el bien común de la multitud y no el suyo.” Todo gobierno legítimo se sostiene en base a una matriz pastoral, a decir de Tomás. En cuanto Pastor, el Rey debe guiar a la multitud, volcarla siempre hacia la salvación si no quiere que sucumba en la tiranía. De esta forma, en Tomás de Aquino ofrece las condiciones a partir de las cuales la imperialidad occidental podrá encontrar un ensamble bajo la matriz del pastorado cristiano. Un modelo económico-pastoral y no jurídico-político como habitualmente se cree ordena la escena imperial desde Isabel la Católica hasta Obama.

Porque, el dispositivo imperial, no nace de la nada. Se ensambla desde la otrora “evangelización” hispano-portuguesa desplegada desde 1492 sobre las indias de la época, que encontrará su solución de continuidad en la “civilización” franco-británica que habita durante todo el siglo XIX y que adquiere un último respiro antes de la Segunda Guerra Mundial para perpetuarse con otro grado de complejidad en la deriva por la “democratización” norteamericano-atlántica desplegada durante la segunda mirad del siglo XX y parte del siglo XXI. Que los EEUU conciban una “democracia misionera” los vuelve el relevo finisecular de la antigua dinámica hispano-portuguesa que se complejiza en la apuesta franco-británica del siglo XIX y se perpetúa en la vocación imperial de los EEUU desde la segunda mitad del siglo XX. Hoy pocos hablan de “civilización”, porque el dispositivo antropogenético está en manos de la “democratización” promovida por el imperialismo de los EEUU. La otrora diferencia entre civilización y barbarie acuñada por el discurso franco-británico encuentra su complejización en la nueva diferencia entre democracia y autoritarismo que esgrime el discurso norteamericano-atlánico y que, como atestigua la catástrofe de los últimos 20 años, constituyen el puntal del intervencionismo imperial contemporáneo. Todo aquél que defienda la “civilización” se anuda en la historia del ensamble pastoral. Todo aquél que decida sobre la civilización o barbarie de un pueblo no hará más que replicar y profundizar la dinámica pastoral abierta por Tomás de Aquino y articulada imperialmente por Francisco de Vitoria unos siglos más tarde.

Los “defensores” de la civilización cumplen un papel dúplice: por un lado, honestos liberales, por otro, desatados fascistas, por un lado, humanistas fervientes y, por otro, racistas consumados. El imperialismo es, ante todo, un humanismo o, peor, el humanismo es un racismo. Esa sería mi fórmula. Como tal, el humanismo liberal no se opone al racismo, sino que constituyen dos caras de un mismo dispositivo, de una misma voluntad de poder. Los humanos pertenecrán a la comunidad de los civilizados, los inhumanos a aquellos que yacen excluidos de la misma. El dispositivo antropogenético incluirá a la humanidad del hombre a expensas de la exclusión de lo no-humano. He aquí donde el liberalismo es la cara del humanismo que incluye, y el fascismo la fuerza del racismo que excluye.

¿Qué es Donald Trump? ¿Un liberal o un fascista? ¿No será Trump el punto en que, gracias al dispositivo civilizatorio, el liberalismo converge con el fascismo aparentemente más retrógrado? Desprendernos de la idea de “hombre” según lo proyectó dicha imperialidad desde Vitoria a Trump, implica desactivar el dispositivo antropogenético que lleva consigo el discurso en torno a la “defensa” de la civilización. Desactivar al discurso civilizatorio y su vocación antropogenética implica mostrar lo que, una vez, Walter Benjamin hizo radicalmete pregnante: que no hay documento de cultura que no sea a su vez de la barbarie.

 


Académico, Universidad de Chile