El necesario diálogo entre las fuerzas emergentes, las fuerzas críticas y las fuerzas de izquierda hoy en día resulta insuficiente para convocar al heterogéneo mundo del llamado “malestar”. De momento, somos un cúmulo de organizaciones o bien nacientes o bien pequeñas, por lo que la mera agregación de nuestras identidades no representa un peligro importante para el poder. Más aún si pasivamente consentimos en que nos etiqueten bajo las identidades que, interesadamente, buscan mantenernos en la marginalidad. Qué decir de poner sobre la mesa antes que todo un debate electoral: nada nos diferenciaría de la vieja política. Hay que decirlo con claridad, las nuevas fuerzas en tanto tal no tienen asegurada la correspondencia del pueblo chileno. Si insistimos con las viejas claves corremos el riesgo de fracasar.

El malestar que hace años se viene expresando en diferentes conflictividades sociales es un fiel reflejo de nuestra sociedad. Es representativo de la crisis epocal en la que estamos: en él conviven lo nuevo y lo viejo. No sólo es heterogéneo, es contradictorio. Están quienes se manifiestan sólo desde la dimensión individual -porque creen que nada va a cambiar- y quienes, a través de la acción colectiva, perseguimos la construcción de aquello que supere los límites de lo posible. En él se encuentran desde quienes votaron por el Sí y hoy están decepcionados del ‘país ganador’, pasando por quienes confiaron, aún con escepticismo, en que la alegría vendría, hasta quienes llevamos años movilizándonos y experimentando formas de enfrentar al neoliberalismo. Están quienes reivindican la política y quienes la desprecian. Tal es la forma en que este modelo reproduce la vida que los tradicionales clivajes con los que interpretábamos la realidad, como izquierda-derecha, hoy se desdibujan y dan paso, paulatinamente, a otros nuevos como aquel que distingue a los pocos que producen el malestar de la mayoría que lo padecemos.

Por tanto, a pesar de estar abierto el escenario para las nuevas fuerzas, su carácter, su heterogeneidad, su masividad y su dimensión histórica parte y se juega centralmente en los conflictos donde se expresa el malestar. En sus sueños y frustraciones, principios y valores están los límites de la radicalidad a la cual podemos acceder en este momento. La posibilidad de superar el binomio Concertación/derecha por aquel que pone el énfasis en la continuidad o no del proyecto neoliberal se haya en estos espacios y subjetividades. De acá venimos y acá nos seguiremos encontrando.

Lograr lo anterior implica adoptar una determinada orientación en tales conflictividades sociales. Comprender que el agotamiento no es sólo de los partidos y de la institucionalidad política, sino que también del modelo. Dentro de una cancha hecha por y para la élite no hallaremos soluciones a nuestros problemas. Debemos salir del localismo, del peticionismo y explicitar que la única vía posible para la superación de esta crisis es dar pasos afuera del neoliberalismo. Todas las hebras deben articularse en torno un enfrentamiento de carácter nacional y abierto contra aquellos que defienden y quieren profundizar el proyecto neoliberal.

Es en razón de aquello que estas disputas deben ser lo más amplias, masivas y convocantes posibles; o dicho de otra forma, debe priorizarse una orientación de las mismas que les permita escalar y ser el campo donde se libre un enfrentamiento total. Las mezquindades deben quedar de lado. Deben apostar a ensanchar sus perspectivas parciales y deben enfrentar social y políticamente a esa élite que propone darle continuidad al modelo de la dictadura. De lo contrario, es decir, si nos mantenemos en el campo propio, en la comodidad de nuestras canciones y banderas, no solo habremos perdido una oportunidad sino que el vacío podrá ser copado por los rostros de la banalidad tecnocrática o el autoritarismo autocomplaciente.


Miembros del Frente Trabajo, Movimiento Autonomista.