“Ni el cine ni la televisión están mostrando las historias del 80% de los chilenos. De los de la periferia, con problemas de salud, de educación, de pasta base. Los que están marginados”, dice el actor Gastón Salgado, quien se hizo conocido al debutar en televisión en la serie “El Reemplazante” justamente con un personaje de ese mundo: un narcotraficante.

Nacido y criado en la población Juan Planas de San Joaquín, Salgado ha tomado las herramientas que entrega ese entorno. Un mundo que, asegura, está lleno de actores. Gente que de una u otra forma actúa día a día para sobrevivir.

Un día vio esto de forma patente, cuando un hombre callejero se acercó a pedirle dinero a él y un amigo:

-Amigos ¿cómo están? Oigan disculpen por la interrupción pero me acaban de robar. Yo sé que ustedes están pasándolo bien… pucha, de verdad perdón. Pero por favor les pido una ayudita, que me acaban de robar hace un rato nomás…

Salgado, que asegura saber cuando alguien está actuando, no podía creer lo que veía. A modo de felicitación le dijo:

-Hueón, es increíble lo que estái haciendo. Una tremenda actuación, ¡de verdad te pasaste!

En un principio su interlocutor se hizo el ofendido, trató de reforzar su historia. “Después se puso a llorar, ¡y estaba actuando! Sobreviviente pa’l pico. Un mentiroso, verdaderamente un actor”, dice Salgado.

Justamente como “un sobreviviente” es como define al Claudio, el narco de El Reemplazante. Para interpretarlo, no quiso hacer una caricatura, sino ver la complejidad del personaje, sus contradicciones. “A mí me gusta profundizar, me gusta investigar, eso es lo que más me gusta de la actuación, que sea como antropológica. No juzgar, sino que decir ‘ah mira, este hueón hizo esto por esta razón’. Mostrar el lado bueno, el lado malo, la perversión, la luz, la oscuridad. Eso constituye a un ser humano po, somos contradictorios”.

Los resultados fueron evidentes. La gente que veía la serie se replanteaba por unos segundos su percepción de la vida de un delincuente. Basta con buscar en Twitter “Claudio #ElReemplazante”, para dar cuenta de ello:

“En el fondo el Claudio es un cabro que no tuvo las oportunidades, pero era inteligente, ya que aprendió imitando. La naturaleza envía cosas para sobrevivir a la vida hostil, como el oso pardo del polo norte al que la naturaleza convirtió en un oso polar. El ser humano lo mismo. El Claudio descubrió un talento, que era un seductor, un mentiroso, un actor. Tenía la opción de una vida normal, pero él no quería una vida normal, quería tener lo que tenían los otros hueones”, explica Salgado a El Desconcierto.

Con todo esto, ¿cómo crees que está representada hoy la marginalidad en la televisión?
-El gran problema de la televisión en general es que construye arquetipos, y eso a su vez construye pensamientos. Eso es peligroso y, como genera realidades, genera gente prejuiciosa. Muestra al flaite como que el hueón es tonto, o que hablan así todo chorizo y se visten de alguna manera. Pero ese hueón flaite habla así porque está en un contexto, si hablara de otra manera sería juzgado también. Se comporta y se viste de esa manera porque hay un contexto que lo determina.

Foto por Luis García Oteiza

Foto por Luis García Oteiza

¿Cómo influye tu propia vivencia en tu manera de ver esto?
-¡Es que yo era flaite po, hueón! Y hablaba así, escupía la calle, ocupaba buzo, con las chasquillas pa’ abajo. Pero para mí eso no era flaite, era porque todos mis amigos se vestían así. Ahora uno entiende que eso se denomina “flaite”, pero yo era re buen cabro po, no andaba robando, era bien purito jajaja. A mí mis papás, que son mis referentes, me criaron con valores morales y éticos, principios: honradez, disciplina, rigor, perseverancia.

A mí me llama una cosa la atención, y perdón por ser tan interpretativo, que es ver teleseries como “Pobre Rico” o “Preciosas” y que sea tal la brecha entre las clases en Chile -por ejemplo, a nivel de lenguaje- al punto que una no pueda interpretar de manera verosímil a la otra. ¿Cómo ves tú este punto?
-Yo creo que eso tiene que ver con que uno no sea capaz de ponerse en los zapatos del otro. El no saber lo que pasa en el otro contexto. Desconocís lo que pasa y te armái una visión imaginaria de la realidad en base a puros prejuicios.

Salgado ve una fila de hormigas en la mesa y agrega: “Es lo mismo que matar estas hormigas, porque desconocís que acá hay un micromundo de esfuerzo y trabajo. Entonces les hacís así (golpea la mesa). Pero si uno conociera y viera a las hormigas trabajando ni cagando las matái po. Hay un desconocimiento al nivel de los que cuentan e interpretan las historias, pero esa gente necesita verse representada, porque es la única manera de entenderse”.

Convertirse en boxeador

Al igual que la investigación que hizo para interpretar al Claudio, Gastón Salgado preparó al personaje mapuche Nehuén aprendiendo mapudungún, subiendo ocho kilos y leyendo libros del antropólogo José Bengoa. Lo propio hizo con el carabinero Fidel, de la serie Juana Brava, viendo numerosas series de policías contradictorios.

Pero ninguno había sido un desafío al nivel de interpretar a un personaje real, y que es de los más contradictorios y juzgados de la historia del deporte chileno: el boxeador Martín Vargas.

Oriundo de Osorno, campeón a los 16 años, contendor al título mundial en cuatro ocasiones, egocéntrico, vilipendiado por la prensa, tildado de alcohólico, amante de su familia y una persona que nunca se rendía en el cuadrilátero. Martín Vargas tenía todos los elementos que podían interesarle a Salgado.

“Más allá de lo que es Martín Vargas como persona, yo creo que representa a nivel de sociedad, al hombre chileno en su real magnitud: luchador, que lucha hasta el final por su familia, bueno pa’ chupar, mentiroso, picarón. Es el hombre chileno, el de verdad, no el elitizado. Y también representa al joven con talento, que se encandila por las luces, por la fama y su talento es ocupado con el  fin oscuro de esconder la dictadura”, dice el actor.

De repente manifestaba su agradecimiento a Pinochet.
-No sé si fue pinochetista, yo creo que no sabía lo que pasaba. Cuando fue el Golpe, él estaba en Argentina y lo llamaron: “oye Martín, quedó la cagada, murió Allende”. “¿Y quién es Allende?”, respondió. No tenía idea. La disciplina del boxeo es brígida, te levantái y te dormís pensando en boxeo. No leís el diario, sino que estái enfocado en tus peleas. Claro, Pinochet era el que lo trataba bien, pero Martín  fue utilizado. Él mismo dice: “Conmigo taparon todos los hoyos que estaban haciendo”. Era campeón mientras torturaban y desaparecían gente. Él tiene mucha carga. Cuando asumís un personaje así, inevitablemente te hacís cargo. Fue fuerte, yo recién estoy saliendo de esa locura.

La rutina para interpretar a Martín Vargas era maratónica. Despertar, tomar desayuno, hacer abdominales. Irse desde la comunidad ecológica de Peñalolén en moto al club de boxeo Body Palace de Christian Farías, hermano del actor Roberto, en Conchalí. Ir a entrenar con su personal trainer al gimnasio. Comerse golpes que lo dejaron sin respiración y a la vez darlos en los entrenamientos y grabaciones. Pasar el resto del día con el verdadero Martín Vargas, observándolo, entendiéndolo, aguantando los golpecitos de cariño que le daba y hasta ayudándolo a empujar su auto en panne. Dejó de tomar y comía poco, “tenía que ser un monje, un samurai”. Luego volvía a casa a escuchar música del soundtrack de “The Wrestler” para invocar la épica del boxeo.

“Yo me convierto en ellos, tengo que vivir su vida. Comportarme en la vida real como ellos. Pa’ acercarme a tener ese comportamiento y no actuarlo, que sea parte natural. Genera algo bueno, que genera realidad, verosimilitud, pero tiene un problema que es que al jugar con la realidad, de repente se me raya el cassette”. dice Gastón.

¿Y qué consecuencias tuvo en tu vida convertirte en Martín Vargas?
-Es que este hueón tiene mucha perso, no le tiene miedo a nada. Para poder interpretarlo tuve que exponerme a eso. No tener miedo a nada, cero pudor, cero filtro, te convertís en un egocéntrico. En un momento me creía el mejor del mundo, me creía Martín Vargas. Porque es la única manera de acercarse a esa energía. Porque tenía que actuar con Alfredo Castro, con Alejandro Goic, con la Solange Lackington. Con puros grandes po’, tenía que sentirme el mejor.

¿Y cómo te lo sacaste?
-Lo fui a ver una última vez a su casa. Ahí me mostró sus trofeos y vi su realidad. Lo vi viejito y Mireya, su compañera,  estaba enferma. Fumamos, conversamos. Ahí fue como “ya, yo te dejo tranquilo Martín”. Existe un minuto en el que tenís que salirte, porque sino uno actúa con una imagen en la cabeza. Yo todavía me seguía viendo como el Martín de verdad, pero yo no era él, aparte soy mucho más alto jajaja, hasta que lo dejé. Y ahí empezó a aparecer el Martín mío.

Un cuento de hadas

Además del estreno de “Pega Martín Pega” -que tendrá una función especial para que el mismo Martín Vargas la vea- Gastón Salgado se ha hecho parte del Santiago Festival Internacional de Cine (Sanfic) en filmes como “Jesús” o “Camaleón”, la cual se hizo en tres días y juntando ocho millones de pesos vía crowdfunding. Camaleón es protagonizada por el actor, y en octubre será parte de la competencia del London Film Festival del British Film Institute.

Se toma el éxito como si fuera una ficción: “Yo vivo en un cuento de hadas, un cuentito, una película que me hice de mi vida”.

La enseñanza que le dejó Martín Vargas fue el meterse en la cabeza que podía interpretar a cualquier personaje. “Después de interpretar al Claudio me llamaban pa’ puro hacer de flaite. Porque era moreno. No po hueón, si puedo hacer un intelectual, lo que sea. La brecha más dura ha sido que no me encasillen”, dice.

En este minuto, vive de forma austera: “No tengo que necesitar plata, porque si necesito plata me voy a poner a hacer teleseries. Y ahí se desmorona toda mi consecuencia”. Son otras cosas las que le motivan.

La productora Laberinto, que hizo “Camaleón”, busca hacer talleres en las poblaciones, enseñarle a la gente, y que luego sean ellos mismos quienes cuenten la historia de ese lugar. Salgado asegura que le encantaría meterse en historias del sur de Santiago, interpretar a personajes como Clotario Blest, Víctor Jara, el cabro Carrera, Andrés Pérez. También contar historias de pasta base, un problema que difícilmente se llega a ver en televisión. “Todas esas historias son necesarias de contar, pero no desde un resentimiento. Ahí hay personas maravillosas, salvadores”, dice.