El cambio climático, cada vez más presente en las agendas ambientalistas de los gobiernos alrededor del mundo, tiene un origen claro según Aura Benilda Tegria, representante de la Nación Uwa: “Es en la extracción de la sangre, el petróleo, de la madre tierra y de los demás recursos naturales existentes en el planeta, que son los cimientos que sostienen el mundo. El establecimiento de megaproyectos mineros energéticos ha conllevado a que en nuestras comunidades se aceleren los impactos cambiando drásticamente el clima, las cosechas y disminuyéndolas”.

En territorio Uwa, cultivos como el cuesco, la batata, la tena, la bagala y el maíz son perjudicados con el cambio climático y las cosechas se vuelven insuficientes para garantizar la soberanía alimentaria de los pueblos originarios, desapareciendo la medicinas tradicionales y, con ellas, los rituales de su cultura milenaria.

“En diferentes partes del país los agricultores reportan cambios en las temperaturas y los ciclos de lluvia y verano, lo cual afecta sus cultivos. Por ejemplo en el municipio de Los Palmitos, Sucre, han sufrido durante cuatro años consecutivos la falta de lluvias”, explica Mauricio García de Semillas de Identidad.

En el departamento de Cauca, en Colombia, el pueblo Nasa ha experimentado cambio climático, o cambio de tiempo, al que denominan eenyupthenxi, en su lengua nasa yuwe. Hay un desequilibrio en la producción. Alimentos que antes no se podían sembrar en las montañas, ahora sí. El calendario y los ciclos han cambiado: llueve más y el sol es más fuerte.

“El impacto es evidente ya que para la siembra debemos tener en cuenta el camino de la luna y el camino del sol para que las semillas den su fruto, dependiendo del camino de la luna se van generando las semillas. Con el camino de la luna no hemos tenido problemas, pero con el camino del sol sí. Los tiempos del sol antes eran de máximo tres meses, ahora se han prolongado y son más fuertes”, explica Gentil Guegia, de la Asociación Gilguero Investigativo Pedagógico Kiwe uma.

Las semillas nativas son vulnerables y para los Nasa la mejor forma de almacenarlas es sembrándolas, pero el cambio climático está afectando el tul, espacio sagrado donde viven las semillas, gracias al cual se ha conservado la autonomía.

De igual manera, en el Resguardo Palma Alta, en Natagaima (Tolima) las cosechas han sido afectadas. Ahora siembran cachaco, un plátano verde, pequeño, y el fríjol al que llaman “sin vergüenza”, rojo y pequeñito, para recuperar sus cultivos tradicionales.

“Le apostamos a la siembra del cachaco, la yuca, la ahuyama. Estamos fortaleciendo mucho lo que es la reforestación de las quebradas, los nacederos (…) Tenemos en este sector sur del Tolima el recalentamiento global, la desaparición de las semillas y el desierto de la Tatacoa que nos invade más. Estamos viendo de qué forma podemos detener el desierto y la forma es reforestando”, señala Luz Perla Cardozo quien pertenece a este resguardo.

Ella y su comunidad promueven la soberanía alimentaria. A veces, han pagado un alto precio por ello. Así lo explica:


Luz Perla contribuye a preservar la soberanía alimentaria con la cría de gallina criolla cada vez más difícil de criar debido al cambio climático y la desaparición de las semillas nativas como el maíz de las cuales se alimentan.

Así describe su proyecto productivo:

Al igual que las comunidades indígenas, el campesinado en Sumapaz enfrenta el reto de preservar la soberanía alimentaria en tiempos de cambio climático. Filiberto Baquero miembro de la junta directiva del Sindicato de Trabajadores Agrarios de Sumapaz señala que procuran mantener el equilibrio ecológico en el páramo donde viven.

“Sin embargo, la imposición  de la revolución verde -bajo el pretexto de alimentar al mundo- desencadenó un acelerado deterioro de los diversos ecosistemas y sabemos que ha incidido en el cambio climático que sufrimos en la actualidad”, indica Baquero.

Por eso lideran procesos de recuperación de las formas tradicionales de labrar la tierra, libre de agro-tóxicos y con semillas nativas, y en resistencia contra el modelo de desarrollo neoliberal.

“Defendemos es el tema de la soberanía que nos da seguridad. La seguridad alimentaria del gobierno nos lleva hechas las cosas. En Sumapaz cuestionamos esas políticas de asistencialismo, los subsidios de canasta familiar, nos llevan los productos de la Bogotá urbana. Creemos que la soberanía es garantizar la producción agropecuaria”, dice Libia Villalba edilesa de Sumapaz.

Declararse en Zona de Reserva Campesina es otra forma de defender el territorio y su soberanía alimentaria. Así describe Libia esta experiencia.

“Ser soberanos tiene que ir acompañado con la autonomía, tener nuestros propios alimentos, tener nuestros productos, nuestras semillas, lo ancestral y sin químicos. La seguridad del gobierno es traer bagre de China, es importarnos los alimentos y nosotros tener que comprar químicos y venenos. Ellos hablan de seguridad cuando le brindan a los viejitos unos alimentos (…) en las escuelas, unos refrigerios (…) a eso le llaman seguridad alimentaria, que tiene que ser el resultado de la soberanía y autonomía. Cuando las semillas están patentadas por Monsanto no tenemos autonomía”, aclara Cesar Nahum Quintero.

Elkin Cárdenas dice que ha vendido sus productos por debajo del costo de producción y destaca la importancia de la soberanía alimentaria para su comunidad: “Somos autónomos de nuestro propio alimento; así como lo producimos, de la misma manera lo consumimos garantizando que nuestra alimentación sea nutritiva y sana. No dejamos a un lado la tradición de nuestros abuelos en donde la calidad de nuestro productos era la prioridad”.

Mientras los estragos del cambio climático se sienten en Colombia, el Ministerio de Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible explica que el Programa Nacional de Adaptación al Cambio Climático (PNACC) incluye la seguridad alimentaria como eje principal de los servicios eco-sistémicos.

“Promover la transformación del desarrollo para la resiliencia al cambio climático es uno de los elementos clave del desarrollo que deben guiar los esfuerzos de adaptación en el país, es la seguridad alimentaria”, aclaran en el ministerio.

“En términos de seguridad alimentaria se encuentran diferentes orientaciones como sistemas silvopastoriles, agroecológicos, policultivos, uso de especies alelopáticas, permacultura, entre otros. Así mismo se da una orientación fuerte hacia la conservación y restauración de los ecosistemas estratégicos para la provisión de los servicios eco-sistémicos para asegurar el bienestar de los cultivos y en general, de las poblaciones”, sugiere el Ministerio.

Desde la academia, investigadores advierten sobre el reto que representa asegurar la soberanía alimentaria en medio del cambio climático. Apolinar Figueroa, director científico del Programa de Investigación RICCLISA del departamento de biología de la Universidad del Cauca, nos recuerda que hay más de 1.500 millones de personas hambrientas en el mundo y que la hambruna está asociada a la pobreza y la inequidad, no a la falta de producción.

“Se estima que los costos del cambio climático en la región andina sobre la agricultura, en el año 2025, serán de 30.000 mil millones al año. Colombia apenas esta enfrentando este fenómeno, hay más discurso que acción real. Se tiene dificultad en la disponibilidad y socialización de la información, por ello se busca establecer redes e intercambios de experiencias y formación para enfrentar esta condición. En ello está el gobierno, pero de verdad lo hace muy tímidamente. No hay una verdadera conciencia política y social alimentaria sobre esta situación”, indica Figueroa.

“Para el 2050 debemos alimentar más de 9.000 mil millones de personas. Se requiere un nuevo paradigma para el desarrollo agrícola, uno que promueva una agricultura más biodiversa, resiliente y socialmente justa. Bien se diría  que las bases de esta alternativa son la agricultura campesina-indígena con principios ecológicos para optimizar los sistemas campesinos y desarrollar agro-ecosistemas sustentable”, precisa.

La mayor parte de cultivos de cereales de producción industrial –explica Figueroa- se destina a biocombustibles y alimento para ganado. En consecuencia, si aumentan el parque automotor y el ganado habrá más personas con hambre.

“En estas condiciones, las alteraciones climáticas extremas, los golpes de frío y calor destruyen los cultivos básicos de las comunidades y estas no están preparadas para enfrentarlos (…) Los cañeros, los cafeteros, los cacaoteros etc. todos aquellos de la gran agricultura extensiva e intensiva no sufren grandes daños pues están informados y disponen de recursos para enfrentar las condiciones extremas pudiendo adaptarse rápidamente. Quien pierde es el campesino pierde su base alimentaria.

En este mismo sentido se expresa, Andrés Bodensiek, profesor de política agraria especializado en derecho de tierras de la Universidad Externado: “El trabajo de este ministerio y de las demás ramas del poder ejecutivo, están adaptadas a los requerimientos del capital transnacional debido a que el gobierno ha hecho de este la variable principal de la economía nacional. Protección ambiental,  soberanía y seguridad alimentarias no son intereses de este tipo de esquemas donde las ganancias para los extranjeros son lo más importante.

“Colombia, pese a que los medios se dediquen a hablar de la crisis humanitaria de Venezuela, ya padece un fenómeno que debería ser considerado una crisis de hambre. Según la FAO el país tiene 4.4 millones de hambrientos. Esta problemática se origina en el referido modelo económico, que tiene los descritos impactos ambientales, y que ha originado sin lugar a duda la pérdida de nuestra seguridad y soberanía alimentaria durante los últimos 26 años”, insiste Bodensiek.

Acciones comunitarias

Alejandro Polo, ingeniero agrónomo cordobés, explica que es clara la afectación del cambio climático sobre la soberanía alimentaria porque los cultivos que no están adaptados a la zona, llámense híbridos, variedades, se van a enfermar  como consecuencia de esa desadaptación. “Entonces, la persona tiene que hacer aplicaciones extras de pesticidas, aumentando los costos de producción y muchas veces no va a obtener cosechas que cubran esos costos. Un impacto es económico, de rentabilidad y el otro en su soberanía”.

Instituciones gubernamentales y académicos coinciden en que con el impacto del cambio climático en la soberanía y seguridad alimentaria, son las comunidades rurales las que sufren las consecuencias y se organizan para enfrentarlo.

“La creación de Casas comunitarias de semillas nativas y criollas es una alternativa frente al cambio climático”, indica Mauricio García. Entre tanto, la Asociación Gilguero, del Pueblo Nasa, forman a niños entre los 2 y 16 años en la siembra de la tierra, en el cuidado de la madre tierra, la espiritualidad, la semilla y los tejidos.

“Solo desde lo sagrado porque es allí donde todo tiene vida y es donde viven los espíritus mayores, los que nos cuidan y se deben respetar. Y solo así el ciclo de la naturaleza recobrará su camino, las lluvias, el viento, todos restablecerán su camino, el camino del sol”, enfatiza Gentil.

En la Asociación de Autoridades Tradicionales y cabildos Uwa iniciaron proyectos para asegurar su soberanía alimentaria, responder a sus necesidades alimentarias y conservar semillas propias como los utmura, una batata que solo se da en su territorio. Los Uwa tienen además un proyecto fortalecimiento agroalimentario ambiental, pecuario, artesanal y productivo en los departamentos de Santander, Norte de Santander y Boyacá.

En ese constante esfuerzo por conservar la autonomía y la soberanía alimentaria, campesinos como Miguel Atilano en Cotorra (Córdoba) cultivan con semillas propias:

Entre tanto en Boyacá, Jair Naranjo, coordinador de la Escuela Agroecológica para Boyacá (Agrosolidaria) trabaja con pequeñas familias agricultoras sobre el cambio climático y su incidencia en la producción de alimentos.

“A través de ejercicios de recuperación de la memoria y del intercambio de saberes se identifican elementos históricos del cambio del clima en las regiones, las alteraciones de los ciclos de las lluvias y cambios en la disponibilidad de agua para sus cultivos, junto con los conflictos socio ambientales que esto ha generado. A esto se suma el reconocimiento de las alteraciones del suelo, de las especies animales y vegetales del entorno”, sostiene Jair.

En la Escuela Agroecológica en Boyacá identifican e inventarían las especies propias, alimenticias, medicinales u otras, y comparten sus ciclos de cultivo, ventajas y usos a través de la red de Semillas  Libres de Colombia.

* Este texto se realizó para el curso de cambio climático y periodismo de Claves21.