La CUT, desde su falsa refundación luego de la dictadura, ha sido un coto de caza de los partidos políticos y un mecanismo de control de los trabajadores por parte de estos y de los gobiernos que siguieron a la tiranía.

El interés de democratizar una referencia sindical, que se afirmara en la defensa de los derechos de los trabajadores y recuperar sus legítimos avances conculcados por el tirano, ha quedado solo en los discursos. Lo que hay son las mentiras y los recursos que se han ventilado durante más de un cuarto de siglo para engatusar al gilerío.

Que hoy nuevamente esté en marcha una pseudo elección en medio de escandalosas acusaciones de fraudes de estos y los otros, no solo habla mal de lo que debe ser una organización de trabajadores, sino que refleja el descrédito terminal de una manera de entender la función sindical que debiera dar vergüenza a sus sostenedores.

Nunca una elección de la CUT ha sido ni democrática ni transparente. Desde que se concibió, el mecanismo para determinar sus máximos dirigentes fue la vía del fraude y del cuoteo politiquero. Resulta vergonzoso que luego de más de un cuarto de siglo de post dictadura, ese organismo -que más parece un apéndice del Ministerio del Trabajo- tenga el descaro de secuestrar la opinión de los trabajadores y sostenga sin asomo de vergüenza un sistema electoral fraudulento, en el que la opinión del trabajador vale callampa.

Así también resulta una vergüenza que haya dirigentes honestos y con buena salud moral que aún se mantengan en esa central legitimando ese fraude permanente.

Es cierto que la unidad sindical y gremial es insustituible a la hora de que los trabajadores decidan defender sus derechos y luchar por mejoras en sus condiciones de vida y laborales. Pero un organismo manipulado como la CUT está lejos de garantizar esa unidad. Al contrario, la función que asume la casta conductora se relaciona más bien con intentar el control de la indignación de los trabajadores, que de acuerdo a los actuales estados de pauperización de condiciones laborales, sueldos y salarios, de pensiones y derechos sociales, deberían estar hace rato en un estado de movilización permanente.

Resulta inmoral que las últimas negociaciones que ha hecho la CUT, ilegítimamente asumiendo la representación de los trabajadores, hayan sido más bien un retroceso que dejó de lo más cómodo al Ministro de Hacienda, que una ganancia de la gente en medio de las pésimas condiciones en que se labora y se vive en este país.

Si la Central se ha convertido en un instrumento de manipulación al servicio de los gobiernos de turno y si no es la herramienta unitaria que los trabajadores necesitan, entonces desconocer su legitimidad y vigencia y darle la espalda resulta un imperativo que no puede esperar.

Miles de dirigentes genuinos, honestos y legítimos no solo deben erigir una Central en la que se exprese mayoritariamente el sentir de los trabajadores y que, como herramienta de lucha, se ponga al servicio de los estudiantes, pobladores, mapuche, pescadores, profesores y variados profesionales, que aún dan fiera pelea de manera aislada, sin tener en la CUT el apoyo que debiera. 

Fundar otra Central de trabajadores emerge como una necesidad urgente.

El falso dilema moral de la unidad de los trabajadores que algunos enarbolan solo como herramienta de chantaje moral, no tiene cabida ante el desprestigio en que ha venido la CUT ejerciendo su gestión.

En el concierto de las movilizaciones sociales en las que los trabajadores han brillado por su ausencia, la posibilidad de erigir una Central que se transforme en breve como mayoritaria, estará directamente relacionado en el carácter democrático y de lucha que adquiera una nueva instancia de los trabajadores.

¿Esperar cuatro años más para volver a intentar la democratización de la actual CUT?

Es un espejismo que solo cabe en ingenuos o en interesados. Lamentablemente, el Partido Comunista ha aceptado la desmovilización de la gente a cambio de integrar un gobierno que se desfonda a pasos agigantados y cada vez muestra su peor cara corrupta y antipopular.

Y, tal como viene siendo desde hace demasiado tiempo, ha perfeccionado un sistema electoral corrupto en que la viveza y el fraude han pasado a ser categorías del trabajo político que deja mucho que desear como práctica propia de revolucionarios.

Hace falta decisión y certidumbre para enfrentar una convocatoria para desechar la actual CUT. La vía es fundar un verdadero instrumento de los trabajadores, en que la política se entienda como el conocimiento y práctica de los procesos que permiten mayores y mejores luchas de los trabajadores y del pueblo, que no sea como un manual del chamullo y la movida.

Hay una legión de nuevos y valiosos dirigentes sindicales, sociales y gremiales que pueden y deben asumir el riesgo y el honor de estos tiempos y por sobre las falsas profecías y los falsos profetas, aceptar los desafíos que la historia impone.

O aceptar ser no más que inanes testigos de la derrota y la burla permanente.