Hay una imagen de Imre Kertész que recuerdo a menudo: en pleno campo de concentración, un hombre visiblemente afectado por la reducción de las energías vitales, comparte su alimento con otro. De ahí proviene el término “compañero”, aquel que comparte el pan. A menudo sentimos que el neoliberalismo en Chile es infranqueable. Conforma modos de habitar el mundo demasiado instalados y acendrados en el hábito. Asociada a esta manera mercantil de comprensión de la vida por el capitalismo avanzado, se suma la extorsión de la violencia vuelta espectáculo. Frente a esta cotidianidad, sin embargo, es posible hallar otra. Al cuestionamiento que se puede derivar de Freud en El Malestar de la Cultura a la noción de amistad que crea las “bandas” rivales y en último término la xenofobia, también existe otra manera de entender este vínculo afectuoso, la amistad que surge en la gratuidad de las relaciones humanas y de la escritura poética. Es el antagonismo que Mallarmé preservó en el carácter gratuito de la poesía pura respecto de la reducción de la vida a fuerza de trabajo y sus transacciones.

Cuando conocí a Felipe Moncada, el año 1999 en una premiación de poesía, me regaló de inmediato el primer número de la revista La piedra de la locura. Posteriormente, nos seguimos viendo en los míticos encuentros de poesía en San Felipe y también en las invitaciones a escribir en la revista. Obviamente desde el primer momento nos hicimos amigos. En el intertanto viajamos a Buenos Aires a presentar un número de la revista y armamos una lectura en Putaendo. Vi cómo junto a Rodrigo Arroyo montaron la Editorial Inubicalistas, y cómo Felipe fue publicando con el tiempo sus libros. Podría contar muchas otras historias, pero lo que más me llamó la atención de Felipe es la perseverancia por la publicación. A todos los lugares a los que fue articuló a través de la poesía maneras de aproximarse entre los autores y, principalmente, entre las formas de vida que expresan. De ahí que resalte esa necesidad y constancia de Felipe por la edición. ¿Qué significa diseñar una revista o escribir un libro? ¿Cuál es la intención no solo de escribir sino sobre todo publicar? Estas preguntas que, en principio, parecen ramplonas, tienen una vigencia actual cuando pensamos que los soportes digitales son más leídos que las publicaciones en papel. Incluso en términos de “obra”, los libros todavía mantienen un carácter orgánico y sistemático, en el sentido de que presentan un principio y un final, a pesar de que existan escritores que los hayan puesto en cuestión dentro del mismo objeto. Sin embargo, no es bajo esta perspectiva que interrogo el quehacer de Felipe, sino por una cuestión previa que siempre he reconocido en él: su infinita curiosidad. ¿Por qué plasmar en publicaciones estas búsquedas? Creo que la respuesta la otorga Territorios Invisibles.

La persistencia por testimoniar los diversos registros poéticos en las provincias de Chile, usualmente pasadas por alto ante una pretendida noción de progreso y una compulsión por acuñar la escritura correcta y, junto con ello, implícitamente la noción de existencia que se debe privilegiar (en la actualidad, proveniente de la literatura norteamericana), tiene relación en Felipe con una poética. Vale decir, la poesía comprendida como una forma de vida. Felipe insiste en delinear una mirada sobre el territorio que resulta un llamado de atención. “Territorio” es definido aquí lejos de una comprensión “patriótica” o “esencialista” de los espacios culturales visitados, sino como un trabajo “vinculado a sus paisajes, sus modos de subsistir y de hablar”. Esta definición implica pensar el adjetivo “invisible” de otra manera; si observamos al revés, los territorios invisibles son los más amplios en Chile, considerando además a Santiago como una provincia más. En una nota al pie que me parece fundamental como poética del libro, la reflexión acerca de la manera de comprender “lo que ve” y “cómo lo hace ver” el poeta (parafraseando a Felipe), se resaltan las formas de vida que existen en una cucharada de tierra. En un pequeño pedazo de bosque perviven una cantidad enorme de seres, similar a las formas poéticas que exhiben formas de vida en los diferentes territorios de Chile. El panorama es más amplio y sobre todo más interesante que una lista de nombres que configure algo así como la “literatura actual”. A diferencia de la actitud de Bolaño, que pone en perspectiva el tiempo a largo plazo de la literatura y, por lo tanto, los escasos nombres que serán recordados en la posterioridad; Felipe lleva a cabo el ejercicio contrario, bucea en lo no-visto, en aquellas miradas microscópicas, dejadas de lado por los medios usuales de comunicación. No dirige su observación a la lista del museo de la historia, sino a cómo esa historia necesita re-escribirse. Lleva a cabo un ejercicio que evidencie las formas de vida que la literatura muestra en cada provincia que visita, tensionando los discursos ya previamente establecidos sobre el significado del término “provincia”; opuesto a lo que se piensa desde espacios de poder canónicos, la escritura poética de los lares pone en cuestión el lugar desde dónde se escribe, y las transformaciones económicas y sociales surgidas a partir del capitalismo. En estricto rigor, en una mirada a largo plazo, los nombres propios tampoco importan, sino las formas de vida que permiten darle existencia y voz a un sujeto o comunidad.

*

Felipe Moncada podría haber sido un explorador del siglo diecinueve; es más, lo imagino acompañando a Darwin en sus expediciones. Digo esto porque busca en la escritura modos directos de ver, lo experimentable fuera de las pantallas, inclusive de las lecturas. Aquí se percibe su formación científica y, por supuesto, poética. En esta medida los libros se presentan en su trabajo como experiencias y no como reproducción de lo sabido. Recuerdo una vez que Felipe, terminado el encuentro poético Pero en Talca, quiso que fuéramos a recorrer la montaña. Le pregunté cuál, y apuntó con el índice: “esa”. Era una cima enorme que no calzaba con su dedo. Al final fue por una semana solo. Esta búsqueda directa de Felipe por la exploración condice con sus indagaciones poéticas. Los territorios invisibles son más bien los espacios ignorados. Sin embargo, es un desconocimiento que significa a su vez una forma de vida y resistencia. A diferencia de lo que podría pensarse, ciertas tradiciones implican una oposición a los intereses colonizadores del progreso, incluso en términos de materia. Territorios Invisibles aborda poetas que trabajan con los materiales –y no solo con palabras-; oficios como la alfarería, la carpintería, la herrería, entre otros, que implican un acompañamiento de las manos en la duración del proceso de creación (en contraste con la producción en serie). Esta diferencia entre el teclear y el construir, indica una concepción del tiempo y del espacio en los poetas abordados, opuesta a la velocidad exigida por la rapidez de la transacción. Podría llevarse a cabo una mirada conservadora de este rescate del “lenguaje de la materia”; sin embargo, el libro aclara que se trata de una persistencia política, con sus claves y su tradición de birlar a los dominadores. Tradición que por supuesto también implica posiciones de poder y enajenación; aunque es necesario hacer notar que siempre donde se ejerce un dominio, existe una respuesta. Es lo que Felipe trabaja a partir de un poema de Pablo Araya como el legado de la rabia. Por lo tanto no es un mero rescatar el patrimonio cultural de los oficios, sino de indagar en el paso de una generación a otra los modos precisos de soberanía. ¿No es, acaso, lo que percibe el escritor o artista cuando trabaja solo con su obra, es decir, cuando alcanza ese breve momento de emancipación frente a un mundo reificado?

En el Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política, Marx afirmaba que las formas ideológicas que constituyen a los sujetos no son determinaciones estáticas. Los hombres adquieren conciencia del conflicto social a través de la ideología, luchando por resolverlo. Cada época tiene sus objetivos y tareas de emancipación, y, podríamos agregar a propósito de este libro, crea sus medios y territorios puestos en disputa. Los hombres, ubicados donde estén, mientras tengan cierta lucidez, indagarán formas incluso en términos testimoniales de no someterse a los dictámenes opresivos que dominan la época. Pasando por una selección de poetas mapuche, del valle del Aconcagua, del Maule, los extremos geográficos y los lares, los que abordan el bosque en el sur de Chile, la metapoesía y las sátiras; los poetas que el libro visita son muchos y diversos entre sí, pero cuya idea de trabajo principal consiste en “dar cuenta del tejido social –y sus costuras- que sostiene a los poetas, el lenguaje y finalmente a la realidad que trasuntan”. Todos los escritores aludidos muestran un mundo, una subsistencia pululante entre pertenencia, desarraigo y violencia, que recorre la historia de Chile. Si bien estas formas de vida podrían leerse desde un punto de vista etnográfico (si tuviéramos investigadores ávidos), Felipe como poeta las aborda en términos expresivos, como si la poesía fuera un micromundo que revela otro, y así hasta construir un aleph con diversos satélites. La soberanía se juega aquí –palabra clave en el libro, aunque aparezca solo en pasajes precisos- en la manifestación de una visión de mundo, en modos de existencia que el poeta ilumina con su escritura, resquebrajando las ataduras que, en un país profundamente estratificado como Chile, quisieran mantenerse sin derecho a testimonio. Y lo peor es que este silenciamiento ocurre también entre los supuestos críticos literarios y algunos poetas, que piensan en términos de adecuación a un supuesto canon y lista de nombres o, de manera más patética, por el número de “me gusta” en las redes sociales.

**

Un aspecto que me parece ambiguo en el libro en la medida en que corresponde a un dilema de nuestra época, es la forma de comprender las ciudades. Más allá de las maneras en que opera el capitalismo en las grandes urbes, éstas permiten una paradójica libertad que se debe a la combinación entre la soledad del individuo y las masas, que depositan en las luchas sociales su confianza en la emancipación. Como observó Simmel a principios del siglo veinte, las ciudades cuestionan los vínculos de dominación, naturalizados en las sociedades pequeñas, y al mismo tiempo generan soledad. El anonimato de las grandes ciudades reporta un carácter impreciso: una paradójica libertad y enclaustramiento. Por lo tanto, tal como muestran los ensayos del libro, no se trata de fabricar un estereotipo de la vida en provincia, oponiéndose con esto a los prejuicios creados acerca de lo que significa cierta mirada turística o patrimonial, sino de resaltar los conflictos que transitan términos como “terruño”, “provincia”, “pueblo”, “ciudad”, etc. que los mismos poetas reflexionan en sus textos. Esta es, quizás, en el fondo la ambigüedad, entre la búsqueda de un territorio que todavía contiene una belleza que puede aquilatarse y vivirse, y la pugna de un territorio ocupado por el capitalismo y el sometimiento de las diversas formas de vida (humanas y naturales). Entre Silvestre y Salones –para decirlo con los títulos de los libros de Felipe-, entre el cardo que aún puede sentirse en la piel cuando vuela por los aires, y la ironía contra los medios de comunicaciones y las relaciones humanas que tornan insoportable la vida, donde la naturaleza no escapa a ello. Este es el campo de batalla que recorre nuestra época y que de soslayo el libro pone en escena.

***

Antes de terminar, quiero consignar dos aspectos que me parecen importantes. El primero está explícito en Territorios Invisibles, y el segundo consiste en algo así como una intuición o, si se prefiere, una sospecha. El primero refiere al método propuesto como trabajo. Contrario a la demanda de actualidad exigida por el ámbito académico, que implica estar supuestamente al día y dominar referentes sancionados como ineludibles, Felipe aclara desde el comienzo la necesidad de situar el pensamiento bajo nuestras condiciones. En la introducción, después de señalar las motivaciones emocionales de su escritura, afirma que “no se puede encontrar gran originalidad en los referentes utilizados, esos bastones que empleamos quienes escribimos dialogando con otras voces; la mayoría de las citas son de autores que ya han caído al cajón de los saldos en las ferias provincianas, no hay gran actualidad, rara vez aparece un autor recién traducido o por traducir, y es que se impone la convicción de que no es fundamental la inmediatez global para pensar el entorno, ni para validar una mirada”. Esta lúcida oposición de Felipe a la instantaneidad, estriba en un cuestionamiento a la manera de leer que oblitera el pensamiento. Por supuesto que nadie cuestiona la relevancia de emprender una lectura, siempre  y cuando se tenga una mirada, un problema o un tema que urja a pensar y, por ende, a escribir. La relectura es un ejercicio necesario ante la información acumulada; implícitamente en su revaloración macera lo que se ofrece como novedoso. Pero no todos los libros resisten este retorno. Recuerdo a un profesor que recomendaba releer todos los años un texto significativo, extrayendo de él interpretaciones y giros distintos. Para que aquello ocurra, la densidad del texto debe ser tal que permita establecer un diálogo inacabado e infinito; un acontecimiento inusitado generado en cada mirada. Si se comprende así, el gesto de la interpretación no puede adecuarse fácilmente al consumo. Cuando Felipe alude a los saldos, indica implícitamente que aquellos libros, supuestamente anacrónicos, pueden volverse intempestivos. De esta manera el presente adquiere la fuerza de lo inactual, donde la re-flexión da un paso atrás para tomar perspectiva, sopesando la fugacidad del consumo.

Por último, me gustaría referirme a un aspecto que me interesa especialmente en estos años, y que Territorios Invisibles barrunta de manera sutil. Aunque quizás me cueste expresarlo, la pregunta que podría hacer a la noción de territorio es por el surgimiento de la escritura poética. ¿Es posible pensar el poema antes del poema? Trataré de explicarlo mejor. En una conversación con el poeta Patricio Serey, éste hablaba de la metáfora genética; es decir, aquello que sobrepasa la subjetividad y cuya oscura procedencia obliga a hacernos cargo de la herencia y, por ende, del legado. Esta metáfora la conjugo con otra parecida: el eterno retorno y, más aún, el retorno de lo reprimido. En el mismo texto aludido al comienzo de la actual presentación, Freud arriesga una hipótesis respecto de esta procedencia ancestral: “en su origen, la escritura era el lenguaje del ausente, y la casa de habitación el sustituto del cuerpo materno, nostalgia que probablemente persiste siempre, considerándosele el sitio en que se está seguro y bien”. El poema no es la simple cristalización de algo completamente controlado. Hay un susurro que se escapa, como el vicio de la respiración que Canetti observaba en Hermann Broch. La respiración confundida con el grito es el signo apabullante del nacimiento, marca de inmediato -como la escritura poética- un ritmo. De ahí que llame la atención cómo Felipe delinea el territorio poético: esos modos de subsistencia, de hablar y hacer suya las formas de vida. Creo que las expediciones de Felipe tienen que ver con eso: una experiencia poética en el límite de la escritura. Paisajes, costumbres, ritmos, convivencia con la materia, modos de hablar y existir constituyen el retorno de una respiración que a cada momento quiere hacerse diáfana y generar un aliento; una forma de vida que proyecte los sueños libertarios del pasado hacia el futuro, en esos territorios que están a la vista aunque no los veamos; es decir, lo que en otros tiempos se llamó utopía o terra incognita.

 

 


Poeta y ensayista