Junio del 2016 en Ciudad de México. Hace un año y medio que vivo aquí. Yo, que en mi infancia y juventud pasé de casa en casa, transformándome en una experta del arte de armar y desarmar, nunca sospeché que me sentiría atraída por un lugar. Cuando escuchaba a mis amigos hablar de alguna casa con cariño me parecían unos bichos raros. Especies exóticas del paisaje urbano. No llegué a extrañar la luz que entraba por la cocina de la casa del pasaje de Los Ángeles, ni las paredes verdes del departamento cercano a la Universidad de Concepción. Supongo que una parte de mí tenía la certeza que el paso por los lugares iba a ser transitorio y que encariñarme no tenía ningún sentido, que era mejor adaptarse a lo que viniera. Eso hasta que conocí México. Por primera vez sentí lo que tantas veces había escuchado. Lo de querer estar en un lugar. Lo de añorar.

Principios de junio y está por terminar la primavera en la ciudad. No se vaya a imaginar usted, olores y flores por doquier. No. Más bien algunas avenidas con imponentes Jacarandá en flor, unos medios días calurosos y unas tardes tormentosas. Truenos y relámpagos que me recuerdan que no todo lo que nació junto llega a destino al mismo tiempo. Ni con la misma intensidad.

Es miércoles, a las nueve de la mañana salgo de mi departamento que he bautizado como La casa flotante. Paso por el puesto de los jugos para pedir mi favorito, el verde: nopal, apio, perejil, piña y naranja. Y me subo al metrobús. Los primeros asientos son rosados y sólo pueden ser usados por mujeres o niños. En la pantalla instalada en el pasillo, una mujer con ropa apretada y sonrisa tiesa enseña ejercicios de respiración a la sombra de un árbol, lo que me hace recordar a Irina, la profesora rusa de voz que nos repetía una y otra vez a los estudiantes de teatro, que los hombros debían estar quietos al respirar profundo. Me imagino a Irina gritándole en ruso a la de sonrisa tiesa. Luego viene el turno de un chef en un set de cocina mal iluminado, que prepara en menos de tres minutos una sopa de cebolla, según él, la más deliciosa y rápida forma de alimentar a la familia. La cámara enfoca un pan que flota en la sospechosa preparación humeante. Para terminar, un luchador al que apenas se le ven los ojos tras una máscara dorada, nos cuenta de los sacrificios que ha hecho para dedicarse a la lucha libre. Que ni cumpleaños, ni navidades, ni bautizos, ni enfermedades de familiares lo pueden distraer de sus entrenamientos. Para ser el mejor en algo hay que trabajar duro, repite desde un ring con su torso desnudo, luciendo sus músculos. El vídeo se repite una y otra vez durante los 30 minutos de recorrido. No nos dan tregua a las que estamos en el sector rosado.

Me bajo del metrobús y atravieso puestos de tacos, de ropa usada, de tortas (de las del chavo, no de cumpleaños), de cables para celulares, de frutas y verduras. Apenas queda vereda para los que vamos transitando entre olores y colores. Los sonidos en esta parte de la ciudad no cesan. Bocinas, vendedores, llantos de algún niño perdido, Juan Gabriel desde unos viejos parlantes, la risa estridente de un borracho, un “salud” coral ante el estornudo de cualquier transeúnte, alguien que tararea una canción con cara de enamorado. Llego al paradero. La micro a la que me subo es muy parecida a las que usaba para llegar a la casa de mi abuela en el sur de Chile. Una micro rural. Una hora más de recorrido con buena música Mexicana. Siempre llevo libros, algún guión que tengo que leer, trabajos de alumnos para revisar pero siempre todo se queda dentro de la mochila. El mejor panorama es apoyar la frente en la ventana y mirar a la Ciudad de México.

Pasamos del caos de mercados ambulantes, de edificios a medio construir, de calles estrechas, de murallas rayadas a modernos edificios. Es el sector de Santa Fé, que es otro México. De hombres de terno y mujeres de faldita y tacón. De edificios de fachadas de vidrio y tiendas con nombres gringos, pero de las originales. Autos en su mayoría negros y brillantes. Calles anchas y veredas estrechas por las que caminan guardias, nanas de delantal, obreros. La micro se va desocupando. El recorrido termina y veo frente a mi, la Universidad Autónoma de México, unidad Cuajimalpa.

La sala destinada a la sesión del seminario Cartografías Críticas dirigido por Ileana Diéguez, que después de 20 años de vivir en México, no ha borrado su acento cubano, está ubicada en el séptimo piso de un edificio moderno, con grandes ventanales que dan a una cancha de fútbol enrejada y a un puesto de guardia donde se le pide a cada estudiante mostrar su carnet para poder ingresar. Como yo no tengo carnet, debo anotar mi nombre en el libro destinado a los externos. Cada vez que tengo que dejar mis datos pienso en lo triste que se ven las universidades enrejadas, en que el registrarse impide que cualquier transeúnte pueda descubrir una biblioteca o un buen lugar para descansar en algún pasillo destinado al encuentro y el conocimiento.

El invitado a la sesión de esa mañana primaveral es Mario Vergara, fundador de Los Otros Desaparecidos de Iguala, integrante del Movimiento Nacional por Nuestros Desaparecidos, de la Red de Enlaces Nacionales y de la Primera Brigada Nacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas. Cuando lo veo entrar a la sala me sorprende, tiene algo que me recuerda a Papelucho. Un cuerpo delgado, casi de adolescente que ha crecido de una semana a otra. Su ropa parece quedarle un poco grande. Y su rostro tiene una extraña mezcla de dolor y profunda tranquilidad. Como si estuviera en otro tiempo y espacio. Como si habitara otra dimensión.

Tomás, hermano taxista de Mario, fue secuestrado el 5 de julio del año 2012 en Huitzuco, estado de Guerrero. Nos cuenta que a veces fantasea que su hermano está en una fábrica o en un rancho trabajando como esclavo. Que lo secuestraron y se lo llevaron a algún lugar para explotarlo. Y que va a lograr escapar, o que alguien un día lo va a encontrar. Junto con otros familiares de desaparecidos, Mario busca fosas clandestinas en distintas zonas de México. Dice que las víctimas no tienen fronteras, las víctimas caminan por donde quieran, personas que son secuestradas en Huitzuco pueden aparecer en fosas de Veracruz o de Puebla- asegura. Caminan con picotas, palas, varillas, baldes y cuerdas. Aprendieron a observar los terrenos por los que caminan en busca de restos humanos, saben que si la tierra es de distinto color, que si hay un árbol seco, que si hay manchas negras en la tierra, que si hay un terreno más blando, pueden estar en presencia de una fosa. Es un trabajo extenuante- nos confiesa. Han encontrado 132 cuerpos en Iguala, 9 en Carrizalillo. En su paso de 15 días por Veracruz, descubrieron 15 fosas clandestina con restos óseos calcinados. Un reporte oficial del gobierno mexicano cifraba que entre el año 2006 y 2015 se acumulaban 27.656 casos de desapariciones, pero ese reporte, que todavía no incluía los casos del año 2016, está lejos de dar cifras verdaderas, porque muchas personas no se atreven a denunciar la desaparición de sus familiares por miedo a represalias o por la certeza de que no habrá justicia- señala Mario.

Después de dos horas donde nos relata a las 15 personas que estamos en el séptimo piso de la Universidad Autónoma de México, que la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa la noche del 26 de septiembre del 2014 hizo visible un conflicto que ya había dejado a miles de víctimas, que había convertido a México en un cementerio clandestino, dice con voz calma: mi país me ha transformado en un sabueso – saca con su mano derecha pequeños huesos del bolsillo de su pantalón que pone con cuidado sobre tres dedos de su mano izquierda. Los huesos calzan perfecto – Y continúa: así como a los perros que los entrenan oliendo carne podrida para que después puedan encontrar cuerpos enterrados, o a los perros de los aeropuertos los hacen adictos a las drogas para poder reconocerlas, yo siempre ando con estos huesos que saqué de una fosa clandestina. No sé de quién son, pero cada vez que salimos de búsqueda y nos va mal porque no encontramos nada, yo saco los huesos, los miro y los huelo, y me da animo para la próxima búsqueda. Me he convertido en un hombre sabueso- concluye.

Ante la pregunta de Ileana Diéguez, de cómo podrían ayudar desde la universidad, él dice: Difundiendo lo que hacemos, dando a conocer nuestro trabajo. Nosotros hemos tenido que ir aprendiendo en el camino, me tuve que aprender todos los huesos del cuerpo para poder reconocerlos. Ustedes tuvieron la oportunidad de estudiar, de destinarle tiempo al aprendizaje. Nos pueden ayudar en muchas cosas- asegura. Y quiero que sepan – y hace una pausa- que nosotros no buscamos culpables, lo que yo les digo a los que desaparecen a nuestros familiares es: si tú eres gente mala y vas a matar a nuestros familiares, déjalos donde nosotros los podamos encontrar, no los desaparezcas. Ya lo mataste, déjalo en el camino donde pase gente y algún día podamos identificarlo, no sabes lo que es tener un desaparecido. Todos nos quedamos en silencio.

Por eso, mi primera crónica para El Desconcierto está dedicada al día que conocí al hombre sabueso.

Al regreso de mi trayecto por la Ciudad de México, vuelvo a cruzarme con el luchador, la sube hombros de sonrisa tiesa y el chef mal iluminado. En pocos minutos, comenzará la tormenta que me recordará algo sobre las cosas que nacen unidas y llegan a destiempo.