Partamos por el principio: cuando observamos la historia desde el presente, el sujeto pasa a ser el límite entre el pasado y el futuro en una constante reinvención de sí mismo: Así, año a año, según el contexto y la experiencia propia, se pueden sacar distintas conclusiones de un mismo hecho.

Hoy, en medio de la crisis institucional encabezada por una Constitución impuesta y obsoleta, de una crisis política marcada por la cooptación de la política por parte del gran empresariado, y de la crisis de un sistema de pensiones sujeta al inestable mercado financiero, nos sentamos a mirar, 28 años más tarde, el Triunfo del No, símbolo de la transición a una democracia que no sólo ha dejado legados autoritarios en la institucionalidad, sino que también arrastra toda una cultura cotidiana ligada al individualismo, al autoritarismo, al miedo al diálogo y a la falta de participación política.

No debemos perdernos: La Concertación en 1988 negocia en favor de detener la violencia política que las nuevas generaciones tendemos a obviar-omitir-olvidar, que en ese 5 de octubre de hace 28 años, se expresaba en centros de detención y tortura, en una policía política en favor de la dictadura; tampoco debemos perdernos en el hecho de que aquel 5 de octubre  es la culminación de un proceso de movilización social que comienza paulatinamente desde la recesión económica de 1982, donde se nos impuso un sistema económico imposible de imponer en un contexto democrático, expresado en jornadas de movilización nacional, cacerolazos y protestas, y en Estado de Sitio y asesinatos en las calles por parte de una dictadura que no escatimaba en costos. No es hasta el intento de tiranicidio, en septiembre de 1986, que, a raíz del significado de ese hecho –fuerzas políticas no tradicionales, por ende no contempladas por la elite política- tanto el régimen como la oposición comienzan a cuestionar sus métodos, acelerando la salida pactada.

Sin embargo la idea y práctica de la transición política no es nueva en Chile y basta con hilar el relato para ver la cadena de la práctica.

Muy tempranamente, en el proceso de independencia de Chile, podemos ver ejemplos de cómo distintos referentes políticos de la época. Pocos recuerdan a estas alturas las purgas de la independencia, que más tarde, expresadas en bandos políticos se harían notar hasta entre los más renombrados: personajes como Camilo Henríquez y Mariano Egaña consideraron propicio el Golpe Militar de 1829 con la derrota de los liberales en Lircay, y la imposición del régimen portaliano. Militares como el General Rondizzoni o De la Lastra luego de perder en 1829, aparecen años más tarde en la política sin mayor trascendencia pero acomodados en el Congreso o en la Intendencia. Olvidamos qué Pedro León Gallo, revolucionario de 1859, funda el Partido Radical con la idea de levantar una nueva alternativa, la que se estanca con Manuel Antonio Matta y la incorporación del radicalismo a la alianza liberal-conservadora de José Joaquín Pérez, un Patricio Aylwin de la época quien tuvo que lidiar entre el autoritarismo y el liberalismo con un gobierno de transición pactada y sin mucha discusión. No nos acordamos del día después de la Guerra Civil de 1891, del suicidio de Balmaceda y de los crímenes políticos contra sus partidarios –donde se contempla la cárcel y la tortura- quienes en su mayoría transaron sus intereses, haciendo que el Partido Liberal Democrático (balmacedista) gobernara prácticamente la mitad del período parlamentario.

La práctica de la transición en Chile, ese tránsito a la libertad, no es un tema nuevo en nuestra historia: sin embargo, la falta de memoria histórica pesa y su peso obvia procesos anteriores a 1988 pero que guardan una lógica similar.

Tomando en cuenta estos datos y la experiencia histórica y política más reciente, la política de la transición en la historia de Chile ha sido la formula en que las elites vencedoras conservan su poder y su orden establecido ante el desgaste de su administración con el objeto de mantener los privilegios y el orden social a su talla. Si bien el caso de la última transición tiene sus particularidades en un contexto determinado (guerra fría y dictadura), el elemento de continuidad sigue siendo el de desprenderse materialmente del poder a cambio de mantener una institucionalidad favorable para seguir ejerciéndolo de manera informal como hoy y como ayer a través del mercado.

El 5 de octubre sin duda que debe ser conmemorado como el inicio del fin de la dictadura, de la represión y de la violencia política, pero para las nuevas generaciones no debe ser el dogma en el que se ha convertido para las generaciones más antiguas que se enquistan en el poder haciendo valer su autocomplacencia ante esta parte de la historia. Si bien la transición significó el fin de lo más oscuro del autoritarismo, y si bien muchas veces parecía ser mejor un mal acuerdo que la continuidad de la violencia, no debemos perdernos en lo primero para analizar el futuro de nuestra precarizada democracia: efectivamente fue un mal acuerdo que aseguró la continuidad de un proyecto reaccionario como ya lo había hecho anteriormente la elite política en nuestra historia. La crisis política, la oligarquización de la dirigencia política, el agotamiento institucional y las demandas ciudadanas que hoy se manifiestan en nuestras calles, son claros ejemplos de que nuestro 5 de octubre adquiere un nuevo significado cuando el contexto actual nos muestra de frentón lo agraz, que aparece debajo de ese dulce velo con el que los cabecillas de la transición idealizaron una gesta que efectivamente significó el fin de la violencia al alto costo de acallar y ver cómo el proyecto político de la elite se prolongaba en el futuro. Incluso 28 años después, hasta nuestros días.


Militante Partido Radical, Primer Vicepresidente Nacional Juventud Radical 2014-2016.