Hay cosas que me preocupaban antes de que mi guagua naciera, que me obsesionaban y daban vuelta en imágenes, ideas. Noches insomne pensando estas cosas, algunas horas del día. Googleando a diario por si encontraba respuestas en foros. Navegar en páginas repletas de publicidad que aparecen siempre en las primeras búsquedas de Google. enfemenino.com y bebesymas.com. Páginas en las que muchas mujeres se guían o se terminan educando en ellas y que por un tema de ranking de aparición muchas creen que son las mejores; meses buscando más allá de la primera o segunda página de foros, llegando incluso a las que aparecen en la página 10 de las búsquedas de Google por si encontraba información nueva.

Me cuesta imaginarme embarazada y sin internet, sin Google. Me cuesta imaginar una vida sin Google.

Aparte de que naciera sana y esas cosas obvias y necesarias por las que todas nos preocupamos, no paraban de aparecer en mi cabeza o conversaciones con amigas: ¿qué iba a pasar en mi cuerpo después de tener guagua? ¿No iba a poder bajar los kilos que sumara esos 9 meses de embarazo? ¿Iba a mutar demasiado mi cuerpo y para siempre? ¿Iba a tener que renovar todo mi closet porque no me iban a caber las prendas que usaba antes de quedar embarazada? ¿Iba a tener que pasar de talla S a talla maternal y para siempre? ¿O pasar 3 horas diarias arriba de la trotadora que tengo en el patio de casa? Porque sí, el cuerpo me importa. ¿Cómo no va a importarme si estoy 24 horas o toda mi vida en/a partir/desde/dentro/por/junto/ al cuerpo?

Junto con esto, y ya más en el plano de pareja, también estaba la preocupación por mi vida sexual. En muchas conversaciones con mujeres que son madre se relataba que sí, que se deja de tirar, que se deja de lado a la pareja, que una se centra sólo en la guagua, que ya no te calientas, incluso a veces lo evitas, lo miras feo.

¿Iba a dejar de tener sexo con mi pareja? ¿Se iba a buscar él una reemplazante para esos meses de postparto? ¿Iba a tener que comenzar a asistir a esos grupos de autoayuda en que se asume la poligamia temporal y llorar abrazada con otras chicas que pasaban por lo mismo? ¿Iba a huir él de mi cuerpo post embarazado lleno de leche o con una herida en la guata que cuesta que sane?

Por último, una de las inquietudes más importantes para mí, “lejos” del cuerpo y el sexo post parto, era mi escritura. Muchas mujeres escritoras decidieron no tener hijos porque vislumbraban el fin de su carrera, de su escritura, y eso era el fin de sus vidas. El caso por ejemplo de Simone de Beauvoir. Cuerpo, sexo, escritura. ¿Iba a dejar de escribir? ¿Iban a cambiar los temas? ¿Me iba a dedicar por fin a escribir esas novelas muy narrativas en que todo tiene un principio, nudo y desenlace muy explícito y donde pasa realmente algo detectable? ¿Novelas para presentar a grandes editoriales? ¿Me iba a comenzar a parecer a Carver y a los clásicos rusos? ¿Iba a dejar de hacer listas, trampas para hacer una novela, copy paste de mis mismos textos anteriores, plagios en la red? O si, peor aún, ¿iba a tener que volver marcha atrás y trabajar como psicóloga, abrir una consulta en el barrio y atender a depresivos y suicidas?

Sí, el cuerpo, el sexo y la escritura cambian después de tener una guagua. Mutan. Se acomodan, dan varios giros inesperados.

Cuando abandoné la clínica iba con todos esos miedos y otros. Iba también feliz con mi guagua en los brazos, con algo de baby blues, y llena de hormonas post parto. Iba también a full con la hormona del amor. Me tiraba arriba de mi pareja y le decía a cada rato cuánto lo amaba, estaba enloquecida, que no podía vivir sin él, que lo era todo y que lo sería todo por ahora y para siempre. Pero aparte del baby blues y las hormonas del amor, los miedos continuaban, caminaba por la clínica con una faja de regreso a casa. Quería evitar a toda costa eso que describen en las redes, esa carne que a algunas les cuelga después de la cesárea, “después de la cesárea te va colgar una carne como una falda de la guata hacia abajo si no te fajas”.

Llegamos a casa con nuestra guagua, comenzamos a aprender a cambiar pañales, a no dormir, a dormir fragmentado, a comer en dos minutos o tres, a bañarnos con la cortina corrida. Comenzaron a pasar las semanas. El médico nos había dicho que abstención sexual por 40 días al menos. Mi pareja me miraba y me decía es demasiado, es mucho, es demasiado. No aguanto, no podré aguantarlo, es imposible, ¿y tú, podrás aguantarlo?

Sí, una se siente rara después del parto, sobre todo después de una cesárea. Una siente por algunos días que es otra persona, que es una madre, que es una señora.

De los tres miedos arriba mencionados, el que resolví más rápido fue el relacionado al peso. La verdad es que subí tan poco en el embarazo, 8-9 kilos, que no hubo tiempo de cambiar talla de ropa, bajé 7 en el parto mismo (3.500 de guagua, 700 gramos de placenta según los médicos, y 2 kilos 800 gramos de líquidos) y los otros dos que me quedaron se fueron pronto, a los 2 meses, dando leche, amamantando a diario. No tuve entonces esa falda de carne colgando. Me sentí bendecida.

¿Qué pasó entonces con nuestra sexualidad, con la escritura?

Como decía, ya había leído que uno tarda en retomar la actividad sexual. Que se tarda unos meses, que viene de a poco, que una está centrada en la guagua, que cuesta. Que todo depende de cómo te acostumbres a la leche y la herida. Que por lo general algunos meses, que en ocasiones nunca, que cuesta concentrarse, que cuesta calentarse, que cuesta tener orgasmos, que no sabes dónde tirar.

Es un proceso, es una etapa, gritaban algunas madres en foros. ¡No desesperes!

Me pasa eso sólo a ratos. Voy de querer a no querer, de calentarme a no calentarme. Hay que buscar el momento, los rincones de la casa. Se tira a horarios muy raros. 7 de la tarde, 4 de la mañana. Con la ropa a medio poner, apurado, mirando de lejos a la guagua.

Pero es también difícil olvidarse de que uno es un cuerpo lleno de leche, que una pasa a ser un cuerpo sin leche a un cuerpo que tiene mucha leche para alimentar, para que otro viva, sobreviva, que crezca y vaya sumando peso. Que la leche está todo el tiempo en el cuerpo, que se reproduce cada vez que la guagua amamanta, que pareciera infinita, y que tu cuerpo pasa a ser ese habitáculo para alimentar y extender una vida.

Hay que trascender esa idea. Olvidarse, darle un giro mientras estás con tu pareja. Olvidar que por tu cuerpo circula mucha leche.

Es difícil también dejar de pensar en la herida. La herida sigue pulsando, sigue ahí, sigue estando como abierta, una herida que tardará meses en sanar. Sobre todo para las que nunca nos habían operado. Sigue pulsando, se siente latir, se siente frágil, desconcentra, desconcierta, se cierra, se abulta, desaparece, aparece, se endurece, tiene vida.

¿No iba a volver a escribir?

Absurdo a ratos, pero a ratos también aparece ese miedo. La escritura sigue, sigue su curso. Dan ganas de escribir pero no hay el mismo tiempo, el tiempo hay que buscarlo, el tiempo se fragmenta, la escritura se vuelve más torpe, sin continuidad, sin prosa, la prosa se ensaya de otra forma, se lee y relee para alcanzar ese estado emocional que es la prosa, se vuelven a traer a la memoria algunas imágenes para volver a tenerla.

Se buscan esos momentos para escribir un rato, para anotar las ideas, armar las frases y alcanzar los estados.

Se toma muchísimo té o café para alcanzar la prosa, la escritura de antes.

Los tiempos ya no son los mismos. Leo y escribo mientras amamanto a la guagua, mientras ella duerme, mientras está en silencio, junto a mí observándome. A veces incluso cuando llora un poco alcanzo a teclear algunas palabras, todo con su sonido de fondo, con sus pequeños grititos pidiéndome leche o que la mude.

Todo es a ratos, el sexo es a ratos, cuando se puede, la escritura es ratos, cuando se puede, pero siempre fue así, me digo, cuando se puede. Nadie está todo el día tirando ni escribiendo. Todo es a los ritmos de mi guagua. Estoy escribiendo, cocinando, trabajando, comiendo, y si E. llora dejo todo de lado. Estoy con ella, nos abrazamos, la miro, intento calmarla.

Pero la escritura sigue, porque la vida también sigue, y la comida y el sexo y la herida y la leche siguen también, y se mezclan, se hacen uno, se interfieren.

Hasta que todo eso se corta y se agota y vuelve el cuerpo que teníamos antes y todo vuelve a mutar otra vez más, como dijo Ileana Elordi cuando me vino a visitar y me calmó un poco: ¿qué sería de nuestra escritura sin estos cortes radicales en nuestras vidas? ¿Crees realmente que podrías volver a escribir?