Para Pepa San Martín, el Festival Internacional de Cine de Valdivia es una de sus escuelas más importantes. Sin estudios formales de cine, se acercó a la disciplina como asistente de dirección en “Play”, de Alicia Scherson y se enamoró del cine a pura práctica. Sentada en un café cercano a la Municipalidad de Valdivia, cuenta que el primer trabajo propio que la trajo al certamen fue “La ducha”. Luego vino Gleisdreieck”, que el 2012 le valió su primer Pudú, el galardón dorado y con forma del animal nativo que, en su caso, la distinguió con el primer puesto en la categoría de cortometraje latinoamericano.

El camino previo a Valdivia ha sido largo. Tras un proceso de realización que duró cinco años, su ópera prima inspirada en el caso de la jueza Karen Atala, quien se vio en el ojo del huracán tras denunciar que había perdido la custodia de sus hijas por tener una pareja mujer, ya fue estrenada en países como Argentina, donde fue alabada por la crítica, además de ser galardonada en festivales como Berlinale y San Sebastián. Sin embargo, “Rara” está lejos de ser el resumen de un caso judicial, pues se centra en la perspectiva de las niñas, prestándole especial atención a los conflictos de una pre-adolescente que comienza a caer en cuenta de los juicios que surgen alrededor de ella por vivir en un hogar homoparental. Pese a que la vida familiar que llevan está llena de armonía, el padre de una de las chicas decide tomar acciones legales para quedarse con la tuición. A un día de estrenarla por primera vez en Chile, San Martín está expectante ante la impresión que puedan tener los pares que la vieron formarse en el cine como oficio al ver “Rara”, ópera prima que debuta en Valdivia este jueves 13, y que será estrenada el 25 de octubre en cines de todo el país.

Para mi es muy importante mostrarla por primera vez en este festival, en este festival presentamos la idea, ya es parte del proceso. Pero también me siento más frágil, porque a veces la gente más cercana puede ser la más dura. Pero sé que la quieren ver, venimos de un viaje largo con la película, hemos pasado por varios festivales en hartas partes. A la gente le ha gustado, a mí me gusta, estamos contentas con ella. Pero igual me pongo nerviosa”, cuenta la directora entre risas.

Volver a los hechos reales

En todas las escenas de la película aparecen Julia Lübbert y Emilia Ossandón, las actrices encargadas de dar vida a las niñas que sostienen el conflicto. Para Pepa, lograr que ellas se sintieran cómodas era uno de los principales objetivos a la hora de plantearse el rodaje. “Lo pasabamos bien, nos cagábamos de la risa, nos reíamos, bailábamos. Yo siento que ese fue el gran ingrediente para trabajar con ellas: entender que son niñas“. Con actuaciones destacadas en cada espacio donde la película se ha mostrado, ambas chicas lograron lo que para la realizadora era la clave: mostrar que más allá de compartir o entender, sentían lo que estaba ocurriendo en el film.

“Cada película tiene su propio pulso. No creo en que una manual pueda decirle a los actores que tienen que hacer”, explica, contando que acá jugar, incluso a que estaban haciendo una película, era lo más importante para lograr que las niñas estuvieran cómodas en el set.

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-Parte importante de la película se basa en observar como el prejuicio se impone frente a estas niñas. ¿Tú veías que las mismas actrices lo percibían así?
Sí. Ellas aportaban un montón al guión con eso. La más chica en especial sentía que la historia que estábamos contando había pasado en la edad media. La película tiene varias capas, el tema de la homosexualidad no lo pescan tanto. Se centran más en las diferencias con los adultos, que no te entienden o cosas así. La película no es una película de género o LGTB, no es una película para gays no más. Es una película que yo quise hacer para los no convencidos, porque los convenidos ya lo están. A mí me interesa que llegue a la gente que aún duda.

-¿Te imaginas a Ena Von Baer viendo tu película?
Exacto. Invité a Carlos Ossandón. A esas mesas quiero apuntar. Esta es una película familiar, donde se habla de inclusión, se habla de diferencia. Es una película para mayores de 7 años. Yo soy una convencida de que los adultos solo cambiamos por los niños, son un motor de amor, que si ves a tu hijo sufriendo por algo que es de tu responsabilidad, vas a cambiar tu mentalidad si es necesario.

-Varias películas chilenas de las que están en el festival tienen historias sobre ser homosexual acá, desde distintas perspectivas.
Sí. Es que son cosas que están pasando. No es coincidencia que la mayoría de las películas chilenas estén inspiradas en hechos reales. El cine está tomando esa perspectiva más política de hablar lo que está pasando. Los niños de parejas homoparentales existen y no tienen derechos, son los hijos ilegítimos de esta época.

-¿Qué crees que aporta la ficción para contar estas historias?
Las mayores discriminaciones, los mayores errores sociales vienen de la ignorancia. El cine te permite ser empático, que es lo que buscamos hacer con “Rara”. Acá estamos mostrando una familia común y corriente, que tiene problemas y conflictos como cualquier otra. Ese es el gran aporte del cine, mostrar y hacerte vivir una experiencia te puede entregar algo. No estoy haciendo una película ni de buenos ni de malos, porque todos los personajes actúan con convencimiento. El papá sufre porque su hija es la única que tiene una mamá lesbiana, cree que eso le hace mal. De verdad cree eso. 

No es una pelicula LGBT más

“Rara” nace del caso de la jueza Atala, que Pepa comenzó a seguir atentamente en su momento, sintiendo que lo que se le estaba haciendo a esas mujeres atentaba contra sus Derechos Humanos. En ese entonces, no imaginaba ni remotamente que ese iba a ser el tema de su primera cinta, hasta que muchos años después empezó a pensar en historias y esta volvió con fuerza a ella. Defendiendo ante todo el rol de comunicadores que tienen quienes hacen cine, destaca la importancia que debe tener el mensaje que quieres dar en ese caso, explicando que así logras, por ejemplo, que valga la pena haber invertido cinco años en una idea, que sin convencimiento se desinflaría.

“Hubo una época de mucho cine político, después vino un montón de ficción pura, donde queríamos desligarnos de todo eso. Pero somos hijos de la dictadura, y ahora estamos volviendo a vincularnos con el rol político que ha tenido. El cine latinoamericano está hablando de cosas nuestras, que se expanden. No estamos haciendo películas para los de afuera, pero los temas llegan igual. Películas como ‘Aquí no ha pasado nada’, ‘Nunca vas a estar solo’ o ‘Jesús’ muestran que el cine está volviendo a tener una voz ciudadana“, reflexiona.

Para ella, en un mundo de películas realizadas desde un punto de vista principalmente heterosexual, un paso importante a nivel a nivel social sería que en el cine los puntos de vista o la identificación ya no fueran tan rígidos. “No estoy contenta con que haya cine gay, o cosas así. Entiendo que exista, porque es necesario. Pero voy a estar contenta cuando no sea así, mientras no sea natural que una persona heterosexual se sienta reflejada en un personaje homosexual, o viceversa, esto va a ser necesario. Es como el cine de mujeres. Todavía es necesario porque a las mujeres todavía las apedrean en algunos lugares, o porque todavía en todas partes te preguntan con quién dejas a tus hijos, como dijo la Ana Tijoux, y buscan que te sientas culpable si los dejaste cuatro días con su papá para ir a un festival de cine.

-¿Cómo nace este enfoque desde la inocencia de la infancia?
Primero escribimos el guión desde la perspectiva de la madre, con la Alicia. Pero yo encontraba que era fome, una película más LGTB. Nunca he trabajado la homosexualidad como un tema, aunque siempre hay personajes homosexuales. Nunca es el núcleo del conflicto. Ahí me puse a pensar en esas niñitas, que leían que su madre había elegido su vida personal antes de a sus hijas, que planteaban que el problema es que ella lo hubiese querido hacer público. En las niñas me pasa que veo la esperanza de la inclusión, de que no sean una generación cargada de conflictos. Por eso es tan importante hablar de estos temas con los niños. De inclusión siempre se habla entre adultos, pero el tema deberían ser los niños, a ellos les toca convivir con la diferencia, por eso rara apunta a todas las edades.

-¿Para ti el cine tiene siempre una vocación masiva?
A mi me gusta hacer cine para el público y “Rara” es una película que mira de frente al publico . No le tenemos miedo a la emocionalidad, nos reímos, lloramos. Hubo mucho tiempo que en Chile las películas no entraban en la emocionalidad, donde con la misma cara podían decir que se había muerto tu mamá o que habías ganado el kino. Tampoco me gusta olvidar que el cine es entretención, no somos hueones peleando con pistolas en una guerrilla. hacemos películas para que la gente vaya y en una hora y media entre a un mundo distinto. Ahí yo quiero que se entretengan, que se rían, que lloren y que se vayan con algo para la casa.

Pepa dice que no quiere cambiar el mundo. O no que cree poder hacerlo tan drásticamente. Por eso, recuerda su encuentro con un venezolano católico en San Sebastián, que se acercó a ella para decirle que después de ver su película, su postura en rotundo desacuerdo frente al matrimonio igualitario se veía interpelada y que la única claridad que le quedaba es que tenía algo nuevo en lo que pensar. En un país en donde lo que más ve son leyes que no alcanzar a ser transformaciones profundas, la directora cree que el cine puede acompañar un cambio en en la forma de pensar de la gente. “Con eso siento que vale la pena haberme sacado la cresta con todo mi equipo. Para mi esa relación con el público es fundamental. Los cambios que permite hacer el cine son chiquititos, pero profundos“, remata.