Quedaban 5′ para el final del partido y el sueño de Rusia se alejaba a un punto de casi no retorno. El mismo equipo que había sido dos veces campeón de América había perdido el control de la cancha y Perú, hacía sólo un par de minutos, había logrado empatar con un zurdazo desde fuera del área imposible para Claudio Bravo. Pero ahí estaba Arturo Erasmo, el mismo cabro chico insolente de la Población El Huasco de San Joaquín, para recibir una pelota de Mauricio Isla y, en el momento más crítico no sólo del partido, sino de todo el proceso de la llamada generación dorada del fútbol chileno, darse vuelta, pegar un disparo bajo rasante por entre las piernas del volante Pedro Aquino y clavarla en un rinconcito abajo del arco sur del Estadio Nacional. 2-1, gol de Vidal, triunfo de Chile, la generación dorada sigue con vida rumbo al 2018.

Aquejado por un cuadro febril producto de una amigdalitis aguda, el formado en Colo Colo estuvo en duda hasta última hora. Pero quiso jugar igual, tal como aquel partido en el Mundial del 2014, cuando hizo un esfuerzo sobrehumano y jugó con la rodilla recién operada en aquellos trágicos octavos de final contra Brasil. Quiso jugar igual, tal como el año pasado, cuando en plena Copa América chocó su ostentoso Ferrari en el kilómetro 25 de la Autopista del Maipo, tras una noche de ludopatía y alcohol en el Monticello Grand Casino de San Francisco de Mostazal. Quiso jugar igual, tal como cuando en su adolescencia viajaba todos los días en colectivo rumbo al Estadio Monumental para entrenar y ojalá algún día formar parte del primer equipo del Cacique.

El equipo dirigido por Pizzi ganó y sigue en carrera rumbo al Mundial de Rusia 2018, quizás la última gran instancia en que la generación de Gary, Alexis y Arturo jueguen juntos. A esa Copa del Mundo llegarán con más de 30 años, la edad en que comienza el fin de la carrera de un futbolista y donde ya se debe poner a pensar en el retiro y buscar algo a lo que dedicarse durante el resto de sus hoy largas vidas. Por eso para Vidal cada partido es una posibilidad más de seguir haciendo lo que le gusta, de no pensar en lo que vendrá, cuando ya no sea el todocampista ídolo en Europa y América Latina y comience a ser simplemente Arturo Vidal. “Se disfruta más cuando las cosas salen bien, se juega bien y la gente alienta”, dijo tras el partido en que salió lesionado en camilla -donde, desde el dolor de su tobillo, exhortaba enojado al elitista público presente en el Nacional a alentar y cantar-, pero perfectamente pudo haber salido en andas vitoreado por sus compañeros.

Gracias al trajín y liderazgo de Vidal durante el partido, esta generación -la forjada por José Sulantay y Marcelo Bielsa- todavía tiene chances de otro Mundial. La imprudencia de Vidal, la misma que lo llevó a pasar por encima y arrollar a Alexis Sánchez cuando la estrella del Arsenal comenzaba una jugada, es la que hace que los chilenos sigamos creyendo que somos exitosos porque fuimos bicampeones de América -coimas y arreglines de Sergio Jadue mediante-. La misma que hace que muchos hinchas le justifiquen la vez que le dijo a un carabinero “te vái a cagar a todo Chile” cuando intentaba arrestarlo tras dar vuelta el Ferrari y quedar a casi nada de caer en el paso Los Guindos desde una altura aproximada de 10 metros. Vidal pudo haber muerto, pero en ese momento lo único que le importaba era hacer saber al país que él estaba bien, que su familia estaba bien, que no fue culpa suya y que gracias por todo.

El llamado Rey Arturo no tiene tanto de rey, tiene mucho más de Celia Punk, el apodo que tenía aquel rebelde adolescente que deslumbró en el Colo Colo subcampeón de la Sudamericana 2006 y en el Sudamericano Sub-20 de Paraguay 2007. Más que rey, Arturo es un ejemplo: niños chilenos y de todo el mundo le imitan el corte de pelo y se emocionan cuando se enteran que antes del partido, Arturo estaba en cama y tenía dolor de garganta, dificultad para tragar y 39 grados de fiebre. “No sé cómo se levantó. De verdad, porque me consta que él estaba muy mal, pero él es así”, dijo tras el fin del encuentro su hermana Victoria, la misma que tanto cuidaba en la calles de San Joaquín cuando niño. Porque así es su historia de vida, la historia del marginal de quien se burlaban por decir “losotroh” en vez de “nosotros” y que obligó a sus detractores a convertirse en sus fans, la historia del futbolista que representa al Chile exitoso y exitista, al que no sabe ser ganador y se vuelve petulante, sacando en cara que es bicampeón siempre que puede, al que se vuelve arrogante apenas escala un poco socialmente. Un país competitivo que desprecia el fracaso. Un país a la medida de Vidal. Un triunfo Vidal.