A medio camino entre lo previsible y lo imprevisible, las voces más influyentes de los principales periódicos estadounidenses abandonan, en parte, su función analítica para dedicarse más bien a pregonar una catástrofe si se produjera un eventual triunfo de Trump. Sin embargo, a pesar de las predicciones acerca de cuántos Estados claves republicanos ya habrían  desertado, asegurando así el liderazgo electoral indiscutible  de Clinton, un asomo de duda ronda la atmósfera. Una forma de latencia extrema que  amenaza con  romper las lógicas que se consolidan día a día.

Existe un ánimo que oscila entre el asombro y el miedo sobrevolando las mediciones más precisas, como si se aguardara el final inesperado de un film religioso donde el personaje más corrupto de la película fuera santificado por el pueblo y sus obispos.

Pero, en definitiva, esa latencia, ese miedo, esa cuota de incredulidad, me parece que excede a Trump mismo para dar cuenta de una nación que todavía no termina de entenderse plenamente. O, dicho de otra manera, que se entiende a plenitud pero no acepta la exhibición multitudinaria de su propia literalidad.

Ya se sabe que la política exterior de Estados Unidos no solo es invasiva, imperial sino además, en muchas ocasiones, mortífera. Se sabe también que Hilary Clinton tiene todas las condiciones para encabezar el gobierno y  esa política. Su cargo ministerial, bajo el gobierno de Obama, garantiza largamente su eficacia. Desde esa perspectiva, el imperio (unido a otras naciones europeas) mantiene con Clinton intacto su poder, entre otras cosas, por el poder de su experiencia. Por otra parte, Clinton, aunque a nivel interno contempla algunos beneficios sociales, como educación (debido a la impetuosa emergencia de Sanders) su posición es más bien de centro derecha pero, claro, conservando el respeto por los derechos civiles de las minorías.

La tarea política de Trump ha consistido, especialmente,  en hablar hacia adentro, exhibiendo ante la ciudadanía toda su violencia poniendo como respaldo su riqueza y sus saberes mediáticos. Trump ingresó de lleno a las zonas que habían sido ganadas por la llamada “corrección política” para desarticularlas una a una, con un éxito sorprendente. Ese éxito muestra y demuestra que esa “corrección” es feble,  excesivamente superficial y que degradar un conjunto de valores, conseguidos después de extensas luchas civiles, es posible porque las minorías, en realidad, están lejos de habitar un terreno igualitario.

Los inmigrantes, particularmente los mexicanos, se llevaron la peor parte en la cadena de insultos que lo elevaron en las encuestas. Pero no ha sido menor su impactante misoginia que se ha manifestado en constantes agresiones multifocales a las mujeres, pero además a los afroamericanos, a los discapacitados, a los musulmanes y aún los soldados han estado, a lo largo de meses,  en el centro de sus ataques.

Uno de los casos más curiosos fue el de John McCain, ex candidato presidencial republicano, considerado un héroe nacional por su prolongado encarcelamiento durante la guerra de Viet Nam, que fue increpado por Trump  y descalificado como héroe por su condición de prisionero.

Y, cómo no, los pueblos nativos americanos, en su conjunto, han sido insultados una y otra vez debido a los intereses económicos de Trump en la empresa de casinos. El afirmó que pueblos nativos americanos son criminales y están asociados con la mafia, entre otras características que, según él, los definen.

Uno de los argumentos constantes para explicar el éxito de Trump –prácticamente cuenta con la adhesión a la mitad de la población- se ha fundado en que sus seguidores representan a ese Estados Unidos “profundo”, más bien carentes,  nacionalistas, iletrados, a los que se suman aquellos que los mismos estadounidenses nombran como “basura blanca”.

Sin embargo, ese argumento, por decirlo de alguna manera, de “clase” parece demasiado simple, en parte porque Trump es el emisor del discurso que convence.  No se trata de negar la procedencia de sus adherentes, sino más bien pensarlos como una producción de las elites -que representa Trump- y que, a lo largo de siglos, han inoculado en una parte no menor de los sectores populares sus imaginarios híper nacionalistas, sus fobias y sus deseos.

En definitiva, lo que ha hecho el candidato Trump es transitar un discurso republicano sin la retórica del partido republicano. Un discurso de derecha protofascista, carente de máscara, avalado por un exitoso empresario neoliberal (aunque con varios fracasos) que habla, de manera insólita, no solo a favor y en contra del capitalismo global sino que, además, de muros, vaginas, criminales. Y ofrece, también simultáneamente: más dinero para los pobres (blancos) y rebajas impositivas a los ricos (blancos).

Así de  sencillo y así de eficaz.

Y los Estados Unidos están de verdad asombrados. Consternados ante este fantasma blanco de ellos mismos.

 

 


Escritora y académica