Dos figuras humanas bajan corriendo por un cerro. Una de ellas se llama Tamara. Corre. Corre como huyendo de algo horrendo, pero cargando en la mirada la serenidad del futuro. Tamara es socióloga de la Universidad de Chile, tiene treinta años, el pelo lacio y castaño y cuando se ríe parece que la alegría se le abre por toda la cara. Pero hoy no va riendo mientras corre. A su lado la acompaña en carrera un hombre de facciones redondas y hondos ojos grandes. Es José Miguel, aquel que años atrás viajó a Cuba con la intención de estudiar Medicina. Pero no terminó su carrera, ya que el día en que un oficial de la isla invitó a los estudiantes a unirse a la Escuela de Instrucción Militar Camilo Cienfuegos, no lo dudó. De los treinta estudiantes que dieron un paso adelante, sólo cinco se graduaron de fusileros, entre ellos el joven José Miguel.

Es el 27 de octubre de 1988 y Tamara y José Miguel llevan a sus espaldas un enorme contingente policial. Corren. Corren tomados de las manos y los perseguidores parecen estar tan cerca que el aliento enemigo les entibia el cuello.

El Frente Patriótico en Chile

Después de terminar la Escuela de Instrucción Militar en Cuba, José Miguel se fue a Nicaragua para apoyar al Ejército Sandinista, demostrando el liderazgo y tesón que lo llevaron a regresar a Chile para fundar el brazo armado del Partido Comunista. El Frente Patriótico Manuel Rodríguez nació en 1983 y Tamara se unió a la organización, aun con la oposición de su familia acomodada. Tenía modos finos, era dulce, atractiva, llena de encanto, pero gracias a su inteligencia y audacia fue que comenzó a ascender rápidamente dentro de la organización.

En 1986, y en vísperas del atentado que el FPMR le hiciera a Pinochet, el grupo de frentistas que cometería el histórico asalto a la caravana presidencial, se refugiaba en una casa aledaña al Cajón del Maipo. Allí estaban, por orden de José Miguel, la comandante Tamara y, entre otros, el comandante Ramiro -Mauricio Hernández Norambuena-, quien en 1996 surcaría el cielo santiaguino a bordo de un canasto, tras huir de la Cárcel de Alta Seguridad con el resto de los frentistas que asesinaron a Jaime Guzmán en abril de 1991.

Era irrebatible que todos los jóvenes que iban a participar en el ajusticiamiento al dictador, morirían en ese, el gran combate, inmolados en nombre de un país golpeado por la dictadura. Por ello José Miguel, horas antes le exigió a Tamara su salida de la operación, a sabiendas que el aporte de la ya jefa del Frente iba a ser fundamental para el proceso venidero tras la muerte de Pinochet. Pero él no murió, ni tampoco ninguno de los combatientes que intentaron matarlo.

Tras el atentado, y en medio de una profunda crisis entre el Partido Comunista y el Frente Patriótico, José Miguel viajó a Cuba y le contó a Fidel Castro su plan para asegurar la continuidad del FPMR, que puso en marcha una vez que regresó a Chile: el Frente Autónomo es la fracción que se separó del PC, y de la que él mismo pasó a ser jefe máximo.

Cecilia Magni

Cecilia Magni

Cerca del río Tinguiririca, ni Tamara ni José Miguel van cansados. Hace diez minutos que emprendieron cerro abajo, por el patio trasero de la casa en la que se ocultaban de aquella persecución que se extiende desde el 21 de octubre, cuando junto con otros militantes del Frente Autónomo asaltaron el retén de Carabineros de Los Queñes, como parte del camino emprendido hacia a la “Guerra Patriótica Nacional”, campaña en pro de la liberación total del país. Lo que no esperaban los jóvenes, era la muerte de un carabinero en el asalto y el impresionante despliegue que se abrió tras los pasos del puñado de caras envestidas de pañoletas.

El amor encubierto

José Miguel se enamoró de Tamara y viceversa, en condiciones en que el secreto de amar y vivir se les hizo doblemente difícil. Eran dos de los más altos comandantes y con su liderazgo pregonaban el ejemplo. La norma dictaba que ningún frentista podía crear lazos de afecto y menos de pareja. Pero qué difícil es no querer abrasadoramente y de cualquier modo al compañero que dispone sus días a los tuyos, que comparte la causa en esa intimidad próxima de morir viviendo.

Tiempo después poco le importó a los amantes los rumores de su unión, y decidieron compartir una casa, acaso para sentar la fantasía de un futuro en común, de una vida con rostro y nombre y huella, lejos de la clandestinidad; y tal vez reunir en ese páramo imaginario a la hija de Tamara, a quien ve tan nunca, a la hija de José Miguel, a quien ve tan poco, y a los hijos que ambos sueñan tener.

Ni ella ni él debían haber estado corriendo la mañana del 27 de octubre. En calidad de jefes, el asalto al pueblo de Los Queñes convenía ser ejecutado por combatientes de menor rango. Pero José Miguel y Tamara quisieron empuñar las armas y no quedarse sólo en la logística.

Cuanto más grande significa la palabra amor en los rostros de aquellos que aman no sólo de boca a boca, sino también de mano a mano, de puño a puño, de otro a otro. Corren y es por eso, porque hace mucho decidieron que sus vidas les pertenecen a los que no pueden correr.

El lecho del río

El 28 de octubre de 1988, día en que José Miguel cumple tristemente 28 años, la comandante Tamara se transforma en Cecilia Magni, cuando identifican el cuerpo femenino que bordea la rivera del Río Tinguiririca. Dos días después, Raúl Pellegrin, el hombre detrás del comandante José Miguel, es encontrado con la mirada blanca del agua. Tal como Cecilia, Raúl lleva la cara mustia de la muerte y el cuerpo destrozado por los golpes que les propinaron a ambos el día en que no pudieron seguir corriendo, el día en que tumbaron a ese hombre y a esa mujer torturados salvajemente, a quienes les aplicaron corriente, a los que les desgarraron el ano, a los que golpearon con fierros. A ellos, que murieron en octubre mientras eran arrastrados antes de ser lanzados al río.

Los 59 carabineros que participaron en el asesinato de Cecilia Magni y Raúl Pellegin sabían perfectamente que sus víctimas eran Tamara y José Miguel. “Bigote”, otro importante comandante del Frente los había delatado, trazando frente a los ojos enemigos el camino que serpentearía la pareja. La prensa y la policía dijeron muerte por inmersión. La autopsia y las marcas de los cuerpos arrojaron las heridas de una verdad que aún sigue impune con los años, como tantas símiles historias chilenas, tan dolorosas como luminosas.

Tiempo después de la delación cometida, a Bigote no se le volvió a ver. En el Frente dicen que Ramiro fue quien lo mandó a matar por traidor. Antes de que se le perdiera el rastro, Bigote tuvo una hija. Una hija a la que llamó Tamara.

*Publicado originalmente en Revista Bello Público, abril 2008