“La democracia es la ley del número” es la frase con que Alejandra Castillo comienza el último capítulo de Disensos feministas[1]. Hasta ese punto, ha examinado diversos aspectos del actual debate feminista, o de lo que deberíamos llamar sin más, la teoría política contemporánea, y lo hace en una aproximación que le permite terminar interrogando “¿qué democracia?” es la que se ha constituido y “¿qué democracia?” podríamos imaginar como una por venir.

Claro, decir teoría política feminista podría ser una redundancia, dado que todo feminismo es político. Del mismo modo, decir “disensos feministas” puede ser también un exceso, en tanto decir feminismo es ya nombrar un disentimiento. La autora muestra en la interrogación del llamado feminismo neoliberal, que las “políticas de género”, “políticas de mujeres” en definitiva, que nos depara el “feminismo institucional”, no contienen en verdad políticas feministas. De modo que si bien pueden ser redundancias, son imperiosas, subrayan la necesidad de una teoría diferente, donde decir feminismo es indicar un campo minado para cualquier forma de conformismo, es mostrar la actitud básica que debiera guiar nuestro modo de aproximarnos a la construcción de un nuevo imaginario de la igualdad y la emancipación.

Reconozco en este libro, como reconozco en muchas autoras feministas que comencé a leer de la mano de Alejandra Castillo, esa actitud fundamental, punto de partida para la reflexión democrática de una izquierda que requiere refundarse, superando las omisiones y aproximaciones que la revelan tantas veces cercana al pensamiento liberal y los modos masculinos de la teoría, y que a estas alturas le impiden reclamar inocencia en la ignorancia y las buenas intenciones.

Confieso que en una medida no menor he leído el texto desde esas urgencias que por este tiempo nos convocan a quienes participamos del intento por constituir un nuevo campo político en nuestro país. Y junto a ello claro, como pasa siempre, una lectura acontece también en medio de otras lecturas. A partir de allí intentaré exponer una cierta conversación con los Disensos feministas de Alejandra Castillo, cuya lectura recomiendo desde ya amplia, contagiosa, diseminada especialmente por los debates de las nuevas organizaciones y movimientos, que en su esfuerzo por construir una nueva política democrática se han apresurado sanamente a edificar sus frentes y políticas feministas, así como los modos de abordar las relaciones de género en la propia militancia.

Decía que me ha quedado resonando aquella frase (“la democracia es la ley del número”), que me trajo de vuelta a las primeras páginas del libro, hasta la “cinestésica de la dominación”: “esta particular dimensión (que) posa la mirada en la inercia de los mandatos cotidianos que a pequeños golpes de voz, mímicas y de movimientos automáticos van construyendo el género”[2].

Esa necesidad de ir más allá de la crítica de la palabra, conduce a Kirkwood a un materialismo lúcido que se hace cargo de los modos en que se produce lo social, esto es, los sujetos, los productores, el género. Creo que al poner allí al tema del movimiento, ubica prácticas que se vinculan a algo así como una economía política de la dominación.

Cuando Marx desarrolla su estudio de la producción capitalista se hace cargo, aquí y allá, del modo en que la producción produce al productor[3]. Ese es un olvido importante en una izquierda cada vez menos capaz de apreciar a los sujetos no es su condición ya constituida, sino en sus modos de constitución. A contrapelo, la Julieta Kirkwood que destaca Castillo supera la visión estática del género e indica el modo en que a las niñas se les enseña una duradera pasividad: “a la niña peinarla, hacerle rulos”, hacerse atractiva, coqueta, esto es, instalarla en un modo del devenir. Recordé cuando Foucault –el ejemplo es bueno y es malo a la vez– decía que el tiempo de la productividad y la dominación provenía de la antigua costumbre de las comunidades monásticas con sus tres grandes procedimientos: establecer ritmos, obligar a ocupaciones determinadas y regular los ciclos de repetición. Procedimientos que, decía, fueron a dar muy pronto a los colegios, a los talleres y los hospitales.[4]

Es allí que se instala el reinado de la cifra, el orden que hace articulables la política y economía con un mismo mandato mensurable, cronometrable, sin dudas previsible y por cierto rentabilizable, que hace posible establecer como ganancia lo que aparece como como mayoría, y viceversa, con una impresionante eficacia a la hora de invisibilizar el marco que alberga dichos procesos.

Creo que la interrogación a la democracia que instala Alejandra Castillo se relaciona entonces con la posibilidad de desmontar ese sentido común que emerge en el siglo XVIII tanto sobre el ámbito de la política como sobre la economía, donde el número se vuelve una buena metáfora de una idea de la justicia y el bienestar que dominados por la noción de redistribución. La razón gubernamental moderna, centrada en su autolimitación, se orienta a un juego de intereses donde es el intercambio el que determina el valor de las cosas. Como se sabe, bajo el liberalismo, la utilidad se come todo, la justicia, la igualdad, la libertad, la democracia, y claro, el género.

Esa es una cuestión a la que debemos acudir, sugiero, para construir un pensamiento, al decir de Kirkwood, comprometido con “el cambio social total y con el cambio de la vida cotidiana, esto es: socialismo y feminismo”[5].

Cuando en su debate con Nancy Fraser en El marxismo y lo meramente cultural Judith Butler reinstala la cuestión del modo de producción que se debatía en los 70 y los 80, y defiende las “luchas por transformar el campo social de la sexualidad” como parte de esa trama, alentando una ampliación sustantiva de lo que usualmente se entiende por la “esfera económica” de modo de “incluir tanto la reproducción de mercancías, como la reproducción social de las personas”[6]; cuando establece por otro lado que las privaciones de derechos no son otra cosa que formas de distribución sexual y generizada de los derechos legales y económicos, está acudiendo al mismo problema que revisa Julieta Kirkwood en su examen del aprendizaje de los géneros.

Es la salida teórica de la trampa de la circulación, la crítica al intercambio tramposamente totalizado por la economía política clásica, para acudir a la investigación de los modos en que se produce el sometimiento.

Pero es un campo de batalla. El neoliberalismo es también una fuerza modeladora capaz de revincular producción y género desde intereses y perspectivas del todo contrarias.  Una profesora de la Universidad del Desarrollo exponía en El Mercurio del pasado 16 de octubre que “la diversidad de género es un buen negocio”, en un artículo así titulado, que promovía la incorporación de mujeres a niveles de gerencia empresarial, argumentaba que “la presencia de mujeres en cargos de alta dirección tiene un impacto positivo en los resultados financieros y en las ventas de las compañías”.

Esa incorporación se sostenía, precisamente, sobre la valoración de lo que mujeres construidas con pequeños golpes de voz, con rulos y peinados, pueden aportar en el ámbito de la empresa en cuanto mujeres así modeladas. Mientras la mayoría de las mujeres padecen la sobre explotación que encubre su incorporación al mercado del trabajo, la extensión empresarial de las políticas del cuidado busca ubicar a aquellas que logran ser dirigentes en procesos de generación de entornos laborales amables, evitando desagradables problemas para la reputación de unas empresas que descubrieron la necesidad de ocultar lo vertical y autoritario de su esencia, que hoy se reclaman “blandas” y dispuestas a la escucha, acudiendo a unas políticas de comunicación que “mostrando compromiso con la incorporación de mujeres en puestos de liderazgo, podría tener un efecto inmediato y positivo, creando una ventaja competitiva para la empresa. Por el contrario, si un evento de discriminación se filtra y difunde en las redes sociales, ocasionaría daños a la empresa y a los gerentes de la misma”.

Es bastante probable que el lugar de aquel economicismo vulgar, que con justeza se le criticó al marxismo dogmático, haya dejado lugar a la vulgata neoliberal, que materializó los peores deseos del determinismo económico, trasladando cada cuerpo, cada impulso de la inteligencia, cada aspecto de nuestra sensibilidad, a un conducto de acrecentamiento de la ganancia.

Creo que es fundamental acudir a estas cuestiones para construir ese “concepto complejo de justicia” que demanda la autora en estas páginas, y que supone superar la falsa dicotomía entre lo económico y lo cultural, apreciar los modos de producción más que los productos, acudir a los sistemas de relaciones donde se constituyen las posiciones de sujeto, para salir de las nociones basadas en el supuesto de los sujetos constituidos, que al hacer invisibles los procesos constitutivos del género, de la clase, de la raza, hacen invisibles las mecánicas de la dominación.

Para todo ello reconocemos en el pensamiento feminista una vertiente que por décadas ha avanzado de un modo particularmente profundo y sugerente, en el que se inscriben los disensos y las punzantes interrogaciones que contiene el presente libro de Alejandra Castillo.

[1]               Texto leído en la presentación del Alejandra Castillo, 2016, Disensos feministas de Alejandra Castillo, Santiago, Palinodia.

[2]             Alejandra Castillo. Disensos feministas. Santiago, Palinodia, 2016, p. 12.

[3]             Un ejemplo: “El objeto de arte –de igual modo que cualquier otro producto–  crea un público sensible al arte, capaz de goce estético. De modo que la producción no solamente produce un objeto para el sujeto, sino también un sujeto para el objeto.” (Karl Marx, 1989, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858. Tomo I. Siglo XXI Ed. España. 1989, p. 13.

[4]             Michel Foucault, 1993, Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, Siglo XXI editores, México, p. 153.

[5]             Julieta Kirkwood, 1987, Feminarios, Ediciones documentas, Santiago, p. 18.

[6]             Judith Butler, “El marxismo y lo meramente cultural”, New Left Review N°2 Mayo-Junio, 2000. 109-121. Akal. Madrid. p. 117.


Movimiento Autonomista Valparaíso