El ambiente en California era relajado, siempre lo es. La tarde del martes 8 de noviembre, una suave y tibia brisa apenas mecía las palmeras y los escasos carteles que llamaban a los votantes a asistir a las urnas. Colegios, iglesias y centros comunitarios habían sido habilitados como centros de votación para recibir a los miles de personas que se acercaban para elegir al próximo Presidente y para manifestarse a favor o en contra de alguna de las 17 propuestas que se evaluaban en el Estado Dorado.

En California, un estado de tradición demócrata, el apoyo a Hillary Clinton era evidente después de que durante las dos últimas elecciones presidenciales, Barack Obama acaparara más del 60% de los votos. Y acá, el miedo a que una mujer llegue a la Casa Blanca no existe.

Los más de 5 millones de habitantes hispanos se hacen notar en las calles, en los restaurantes, en las salas de clases y en las conversaciones entre pasillos.  Y todos, por supuesto, vieron de mala manera cómo el populista y xenófobo Donald Trump los calificó, durante el debate presidencial en Las Vegas, como “bad hombres”. Es decir, literalmente, “hombres malos”.

“Es imposible que salga el payaso de Trump. Sus propuestas no tienen sentido. Por ejemplo, lo del muro para separar a Estados Unidos con México. ¿De dónde va a sacar el apoyo y el presupuesto para hacer esa “chingada”?, he escuchado.

Los hispanos que viven en South California no creían que Trump pudiese llegar a Washington DC. Lo miraban en menos debido a su arrogancia y lo consideraban el peor exponente de un sector que aún existe en el gigante del norte.

Pero lo hizo. Rompiendo todos los pronósticos y tal como en la peor de las pesadillas para aquel latino sin papeles ni esperanza, el ex hombre reality ganó en la mayoría de los estados estratégicos. La noche del 8 de noviembre, a medida que las infografías de Pennsylvania, Florida, Ohio y Carolina del Norte iban tiñéndose de rojo, las sonrisas en los rostros de los californianos fueron siendo apagadas. Poco a poco, la tensa espera para que el conteo oficial diera el aviso de que se había superado la barrera de los 270 votos electorales que confirmarían el triunfo de Trump, se fue convirtiendo en una lenta tortura.

Lo peor vino después. Las principales cadenas televisivas mostraban en vivo cómo Trump era recibido al más puro estilo Darth Vader y cómo el ganador agradecía, uno a uno, a un sin número de familiares y colaboradores de su campaña. De discurso como presidente recién electo de Estados Unidos, hubo poco y nada.

Ya lo había anunciado Michael Moore en julio de este año: Cinco razones por las que Trump va a ganar las elecciones.

El documentalista vaticinó que Donald Trump llegaría a la Presidencia porque representa al “último bastión de los hombres blancos enfadados”, los mismos que no quieren entender que las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres y que aún temen y anticipan que tras una potencial figura femenina al poder, lo que vendrá será un homosexual al mando del país.

Por suerte, California no es así. Un tercio del electorado hispano se considera ‘millennial’, votantes más liberales y alejados de los valores del Partido Republicano. Sin embargo, en estas elecciones este grupo no se mostró particularmente encantado o identificado con la campaña de Clinton, como en cambio sí ocurrió con Obama.  Tampoco se compró el discurso de que la ex Senadora demócrata no representaba a la vieja política, como sí lo hizo con Bernie Sanders.

Para estas elecciones, el joven de entre 18 y 29 años que fue a votar lo hizo por el mal menor. En California, al menos primaban otros intereses: en la papeleta se incluyeron 17 propuestas que podían afectar, o incluso transformar, el estilo de vida del estado con mayor número de ciudadanos norteamericanos. Entre ellas, figuraban la abolición total de la pena de muerte, la prohibición del uso de bolsas plásticas en tiendas comerciales, la prohibición de la venta de municiones y el aumento del impuesto al tabaco. Estas iniciativas fueron ampliamente comentadas en los medios de comunicación local, sobre todo porque medidas así podían marcar el precedente de cambios hacia normas más progresistas, muchas de las cuales ya empiezan a tensionar el marco de las estrictas leyes federales.

Pero el que fue sin duda el más polémico de los proyectos, y que logró sin embargo su aprobación, fue la propuesta 64 que planteaba la legalización del consumo de marihuana para uso recreacional. Hace más de 20 años que su venta con fines medicinales ya es legal en California y este nuevo cambio podría transformarse en un empujón necesario para que otros estados imiten sus normas.

Pero la verdad es que poco de esto importó la noche en que se supo que Trump era el nuevo Presidente de Estados Unidos. El siniestro personaje que prometió enviar a los musulmanes a medio Oriente y que fue acusado por agresiones sexuales ya está contando los días para asistir a la Casa Blanca el próximo 20 de enero, y recibir de manos del propio Barack Obama la Presidencia de Estados Unidos.