El 2014 el periodista Rodrigo Fluxá publicó “Solos en la noche”, una investigación sobre Daniel Zamudio, que buscaba “humanizar” al joven brutalmente asesinado en el parque San Borja y dilucidar su contexto. Tras leer el libro, Alex Anwandter lo trató de negacionista a través de la cuenta de Facebook en la que difunde su trabajo, afirmando que el esfuerzo por diluir la tesis comprobada -agregando datos biográficos irrelevantes al crimen-, por erosionar la noción que lo mataron por maricón, en pocas palabras, es un esfuerzo de mierda”, aludiendo a algo que entonces ya se había plasmado incluso en la sentencia,  donde se podía leer que el motor de una muerte en donde cualquier adjetivo resulta pequeño, era el odio en razón de la sexualidad de Daniel.

Cuando ocurrió el asesinato, el músico y compositor se dio cuenta de que quería hablar sobre eso. No sobre Zamudio particularmente, sino sobre todo el contexto violento que lo rodeaba y también de algo que, cuatro años después, le sigue pareciendo peligroso: la personalización que tuvo la historia y que permitió, entre otras cosas, que la agresión más extrema se encapsulara en la historia de Daniel.

“Hasta ahí llega la reflexión que está dispuesto a dar el país sobre las cosas que se entrecruzan con las violencias”, dijo en la Avant Premiere al repetir algo que ha tenido que decir en lo que calcula como el 99% de las entrevistas: “Nunca vas a estar solo” no es una película sobre Daniel Zamudio, pero el caso de este joven, fanático de su música, y con el que había cruzado un par de palabras, sí lo afectó profundamente, inspirándolo a hablar de una violencia que no empezó esa noche en el San Borja, ni se terminó con la última respiración de Daniel en la Posta Central ni -menos aún- con la la ley que hoy lleva su nombre.

“La película no hace un esfuerzo similar al libro de Fluxá de tratar de explicar su muerte hablando de cuan promiscuo era o cuántos copetes se tomaba. Al tercio de la película él desaparece y nos quedamos con el mundo que alberga la violencia que sufrió”, explica el director.

Gangsters feministas

El primer acercamiento de Alex al cine fue dirigiendo sus propios videoclips y decidió lanzarse cuando hace más de cuatro años se le metió esta idea en la cabeza. En un principio el proceso le pareció tan intimidante como una montaña, pero no por eso menos fascinante. Enfrascándose aplicadamente en lecturas – especialmente sobre guion-  y aprendiendo en la práctica de personas como el actor Sergio Hernández, protagonista de la película y a quien reconoció públicamente como un maestro.“Siempre se habla del autor o de una visión particular, pero hay pocas actividades tan colectivas como el cine”, afirma parado frente a una sala repleta, señalando al equipo con el que realizaron la película.

—¿Qué crees que le aporta la ficción a contar este tipo de historias?

Tiene que ver con la forma en que se elaboran los discursos y el grado de validación que tienen socialmente. De hecho, encuentro que ese libro y sus tesis que en pocas palabras era “Daniel Zamudio no murió por ser gay” era tan nocivo porque estaba fundamentado en cierta objetividad periodística.

Esa imparcialidad puede llevar a creer que periodistas como Claudio Sánchez – acusado de encubrir crímenes de la DINA- no están empapando de ideología cada una de sus palabras, le parece tan peligrosa como creer que el arte no es, como se encarga de aclarar, es ante todo ideológico. Con su película, trató de elaborar un mensaje que se aleja -sin menospreciarlo-de lo panfletario. Me parece muy importante no ser parte del mismo esfuerzo de adoctrinamiento, y permitir una reflexión empática al público. “Creo que es súper evidente con quién alineo mis empatías y con quién no, pero tampoco creo que decir ‘no sean homofóbicos’ sirva mucho. Para mí esta película es parte de un esfuerzo de renovar estrategias para generar empatía ante la gente que sufre opresiones.

—¿Por qué te llamaba la atención ese lenguaje?

Yo creo que la mezcla, la forma en que el cine permite abordar temas o emociones con una profundidad distinta a la música. No sé si más grande, pero sí te permite reflexionar sobre un universo en dos horas, con una multitud de personajes y escenas, arcos dramáticos. Provoca otra cosa que una canción de máximo cuatro minutos. El cine es frontalmente ideológico, más que la música. Al escoger un tema, escoges también quién trata mal a quién, quién sufre y por qué. Ahí ya estás visibilizando cosas sociales, ese es el cine que me interesa a mi. Pero igual creo que todo es súper político e ideológico, incluyendo a las películas románticas, cuando invisibilizan un montón de cosas.

“Rara”, de Pepa San Martín y “Nunca vas a estar solo” cuentan historias de discriminación y violencia a partir de personajes que no son necesariamente las víctimas directas. Si en la cinta inspirada en el caso de la jueza Atala las hijas alejadas de su madre concentran la atención, en la obra de Alex Anwandter es el padre del Pablo (Andrew Bargsted), el joven golpeado, quien tiene que recibir las embestidas emocionales y económicas de tener un hijo internado en el hospital tras una golpiza homofóbica, en un país donde una secretaria le explica con la sonrisa tiesa del neoliberalismo, que su plan de isapre solo cubrirá el 15% de las costosas cirugías a las que se tendrá que someter su hijo.

—La identidad de cada cineasta está en su punto de vista. En ese sentido es casi innecesario escoger una historia como la que escogí para hablar sobre estos temas, alguien podría hacer una película de gangsters feministas. Eso no existe, y debería existir. Por eso, siento que para una próxima película puedo escoger cualquier tema que no sea tan visiblemente sobre la discriminación, pero formarla ideológicamente todo lo que quiera. Desde elegir quién protagoniza, si un hombre o una mujer, hasta cómo es su sexualidad, si a la mujer le voy a dar un rol obstaculizando la narrativa del hombre, como en el 95% de los casos en el cine de todo el mundo, o voy a hacerlas un sujeto pensante, activo, que gatilla historias y toma decisiones.

Desmantelar al patriarcado

Hace ya casi seis meses, Alex Anwandter publicó “Amiga”, un disco de pop en donde escogió hacerse cargo de los temas que lo inquietan. Así, con canciones como “Mujer” y “Manifiesto” habló contra el patriarcado y no le hizo el quite a la palabra feminista, refiriéndose al tema en cada una de sus entrevistas, explicando por qué le parece identificar las conductas que violentan o discriminan. “Está repleto de ejemplos- incluso colegas- que no se identifican a sí mismos como machistas, pero uno dice “bueno, evidentemente lo es” ¿le decimos que es machista, para que entienda, o buscamos otras estrategias? Anwandter se refiere a los dichos de Cristóbal Briceño y a las muchas veces violentas respuestas de quienes lo defienden.

—Si ahora sacas un artículo respondiéndole a Cristóbal, no se va a ver el avance tangible, pero si puedes ver a otras cien personas defendiendo su brutalidad con más violencia. Ahí me pregunto cómo lo vamos a hacer, cómo vamos a desmantelar ese nivel de ignorancia. Yo siento que son muchos los esfuerzos y eventualmente vamos a poder ver sus efectos. A mí me gusta el concepto de desmantelar, porque realmente es una trama infinitamente compleja que toca toda esfera de nuestra vida, entonces es un ejercicio sí súper cansador, pero también muy complejo. No es una tarea fácil que uno se echa al hombro. No hay que desanimarse porque alguien diga una brutalidad y salgan cien hueones defendiendo la brutalidad. Es una tarea muy larga.

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—¿Cómo crees que se pueden visibilizar estas cosas para sacarlas del suceso particular?

—Yo no tengo la respuesta, pero soy más del camino de la meta que de intentar darle el palo al gato y descubrir un hito irrevocable de éxito feminista. No existe, me gusta más pensar en un desmantelamiento, en una cosa constante que está en todos lados y tenemos que atacarla por todos lados al mismo tiempo. Realmente se siente abrumador, pero no veo otro camino que día a día combatirlo. La película es un paso en ese camino. Creo que el arte funciona en un nivel menos discursivo o racional, sino que se conecta en primera instancia a través de algo emocional que genera reflexiones distintas a la que se te generan leyendo un artículo, una pancarta o yendo a una marcha, sin jerarquizar la calidad de ninguno, pero desde mi trabajo es una herramienta que yo descubro.

—En la marcha “Ni una menos” hubo un cartel que decía “Mata al Kike Morandé que llevas dentro”. Después de ver la película, ¿crees que la gente va a salir con eso agonizando?

Encuentro poco estratégico pensar en esos términos, de alguna manera hay una cierta condescendencia hacia quien se ríe con Kike Morandé. Eso borra a una parte de la población en la que puede coexistir una naciente empatía frente a estos temas con una risa no muy reflexionada frente a un chiste de Kike Morandé. Entonces claro, obviamente encuentro que él es lo peor del universo, pero no me parece un ángulo desde donde abordar el tema. Ese cartel en cierto sentido no es para nadie, es ocurrente e irónico, pero mira hacia abajo. Yo más bien creo en una emocionalidad sincera, que no significa grave. Espero que la película tenga humor suficiente que en este mundo igual pasan cosas graciosas. Pero prefiero crear algo que refleje mi dolor real, que optar por mi comentario más ocurrente.

—¿Cómo ha sido llevar la película a otros países, con otros públicos y contextos?

Las reacciones dependen mucho de la cultura del lugar. Pero aunque sea muy lejano, la conexión se produce a un nivel muy emocional. Incluso en Berlín, que es una de las ciudades más gay del mundo, ellos han “superado” este tipo de violencia, pero igual hay discriminación contra los inmigrantes, y homofobia en estas ciudades.También estuve en Estados Unidos, en donde se podría pensar que se pueden cansar, que están más adelantados, pero el estreno fue dos semanas después de lo de Orlando, así que fue muy intenso. En Brasil también, allá está la cagá con la homofobia y el machismo, entre otros temas. La empatía de la película se hace a través de emociones primarias, como la pérdida y el duelo, y desde ahí quiero que nazcan las reflexiones. Por eso una película es un vehículo más potente que postearle en Facebook a un ahueonao.