El asesinato del embajador ruso en Turquía, Andrei Karlov, a manos de un policía que integraba las fuerzas antidisturbios de ese país, generó un fuerte impacto en una región marcada por los enfrentamientos armados en Siria e Irak.

El móvil detrás de la agresión habría sido la situación de Alepo, ciudad del norte de Siria donde las tropas del gobierno de ese país, con el apoyo de la Fuerza Aérea de Rusia, acaban de vencer a una coalición de grupos armados, en su mayoría islamistas y con nexos con Al-Qaeda, que habían ocupado varios de sus barrios el año 2012.

“¡Nosotros morimos en Alepo, ustedes mueren aquí! ¡Matan a gente inocente en Alepo y en Siria!”, gritó el joven de 22 años tras disparar contra el diplomático ruso, como venganza por la supuesta masacre que se habría realizado en esa ciudad durante la última ofensiva gubernamental, pero que no ha podido ser comprobada con ningún tipo de evidencia concreta.

La intención final del asesinato pareciera haber sido intentar evitar la reunión que sostendrían ministros de Rusia, Irán y Turquía para analizar la situación de Siria, luego de un año en el que las relaciones bilaterales se deterioraron gravemente tras el derribo de un avión de combate ruso por aviones turcos en noviembre de 2015.

A pesar de los temores de que esta nueva crisis tuviera como salida una escalada entre ambos países, la reacción rusa ha sido controlada, tal como en el caso anterior. El gobierno de Vladimir Putin ha optado por la cautela, exigiendo que se aumente la seguridad en torno a su embajada y reiterando que la mencionada reunión se realizará igual.

Si hace un año Putin optó por sancionar económicamente a Turquía -golpeando duramente su ya débil economía- y por aumentar su presencia militar en Siria, la actual crisis le puede permitir acercar aún más al gobierno de Recep Tayyip Erdogan, que se encuentra cada vez más aislado debido a su represión a la oposición de izquierda, la reanudada guerra contra los kurdos y su apoyo a organizaciones islamistas en Siria.

Lo anterior en un marco en el que la fuerte persecución sufrida por periodistas y medios de comunicación opositores, académicos universitarios, profesores, políticos de izquierda, activistas por los derechos humanos y los derechos del pueblo kurdo han configurado un escenario en el que es muy difícil hablar de una democracia según los estándares occidentales. Justamente en un escenario político en el que el fallido golpe de Estado del pasado julio ha sido la excusa para que el gobierno realizara una purga de gran magnitud en el país, en un intento por consolidar el poder luego de la derrota que significó no obtener en las últimas elecciones la mayoría parlamentaria necesaria para realizar una reforma constitucional que permitiera fortalecer el rol del Presidente.

Junto con ello, la incursión del ejército turco –el segundo más grande de la OTAN- en el norte de Siria, si bien le ha permitido impedir que las fuerzas kurdas consoliden en toda su frontera un territorio autónomo, aprovechando la guerra civil siria, ha demostrado que el nivel operativo de sus tropas se encuentra en un nivel bajo, sufriendo fuertes bajas en los combates contra el Estado Islámico.

Ese escenario, en el que las masas islamistas han sido clave para prolongar el gobierno de Erdogan y su partido en Turquía, y con una creciente islamización de las instituciones estatales, incluida la policía –elemento clave en la derrota del golpe de julio-, ha permitido la reaparición del paramilitarismo.

Son abundantes las evidencias del apoyo que los servicios de inteligencia turcos le entregaron a lo largo de estos años a diferentes organizaciones fundamentalistas en Siria aprovechando la larga frontera que comparten. Ya fuera con el mismo Estado Islámico o con grupos como Fatah Halab, Harakat Ahrar al Sham, el Partido Islámico del Turkestán o Jaish al Islam, la entrega de pertrechos militares, el paso de nuevos milicianos y de provisiones médicas ha sido permanente.

Este nexo permanente a lo largo de 5 ó 6 años, junto a la reactivación de grupos armados ultranacionalistas como los “lobos grises” –que realizaron asesinatos y ataques contra activistas kurdos en los ’90- abrieron la puerta a que el fundamentalismo arraigara en espacios en los que estuvo excluido durante décadas, cuando las Fuerzas Armadas fueron los “garantes” –golpes de Estado mediante- del laicismo del Estado.

¿Quién estuvo detrás del atentado? Medios y dirigentes turcos y rusos se apresuraron a culpar a servicios secretos occidentales, buscando acercar posiciones entre ambos países. La respuesta más probable sin embargo, apunta a los jóvenes nuevos integrantes de las FF.AA., que se han radicalizado crecientemente de la mano del conflicto sirio y de los grupos fundamentalistas.

¿Es esta una señal de que una nueva guerra entre grandes potencias está más cerca? Al contrario. La principal consecuencia a nivel internacional parece estar en una posición todavía más subordinada de Turquía ante Rusia, atrapada en la retórica islamista y conservadora de su líder Erdogan, y la descomposición del aparato estatal.

Lo que sí queda claro es que el uso irresponsable por parte de diversos gobiernos de grupos extremistas islámicos –los talibán en Afganistán, los rebeldes en Libia, la Hermandad Musulmana en Siria y un largo etc- termina siempre siendo un arma de doble filo.

Es una lección que lamentablemente la OTAN no aprendió tras su fracaso en Afganistán, donde terminó incubando a la misma agrupación terrorista que atacó el 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, y que hoy desgarra Siria.


Primer Secretario Izquierda Libertaria