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Debates y Combates 11.01.2017

La política o la burda teatralidad

Vivian Lavin

Periodista y conductora radial, directora del programa "Vuelan las Plumas".

“Paradojalmente, enero es puro teatro en la capital y en gran parte de nuestro país, en el marco del Festival Teatro a Mil y otros ciclos. Y es allí, en los escenarios, donde aparece la honestidad y el tratamiento de la historia que se extraña en la política”, dice Vivian Lavín en esta columna que contrasta los escenarios de la política y del teatro.

Denis O'Hare en la obra An Iliad (Una Ilíada) / Foto: Agencia UNO Denis O'Hare en la obra An Iliad (Una Ilíada) / Foto: Agencia UNO

Quienes participan en política hoy pertenecen a un grupo humano diferente, uno que pareciera haber llegado a este planeta hace muy poco tiempo y a Chile, particularmente, hace solo unos días. Sus juicios y conceptos sobre la realidad no se ajustan al momento de nuestra historia. Y esta es la razón por la cual irrita escucharlos. Crispa ese tonito de desafección respecto de procesos sociales en los que ellos mismos participaron de manera activa o como testigos de primera línea. Indigna ese falso optimismo respecto de cambios en la forma de hacer política a futuro, cuando ellos mismos son los que impusieron la actual. Hastían en su representación teatral de la democracia, cuando en Chile apenas nos alcanza para una post dictadura.

No puede ser que surjan como líderes del siglo XXI estos señorones de viejo cuño y que todo el país se siente a aplaudir sus pantomimas.

La creciente abstención en los comicios electorales ha sido la más fuerte cachetada que el pueblo soberano ha ejercido en contra de todos ellos. Sin embargo, como están acostumbrados a darse golpes del tipo monos porfiados en su interminable parodia, vuelven a la postura inicial como si nada, y ahí siguen impertérritos. Dentro de la representación teatral de la política chilena, las encuestas corresponden a una escena del teatro del absurdo. Estudios irracionales, manipulados desde su concepción, con preguntas sesgadas que buscan instalar las mismas ideas y los mismos nombres de siempre, encuentran en algunos medios de comunicación a sus mejores aliados. Cierta prensa cumple el papel de El bufón de turno, haciendo de la noticia un espectáculo, dando piruetas para engañar al público y pasar por verosímil lo que es un espejismo, como cifras y datos que conforman la realidad que el poder quiere instalar.

Mientras toda esta representación toma lugar, el pueblo o el coro, está disgregado y manipulado en la gran borrachera de comienzos de año y una consciencia embrutecida por el trabajo.

Paradojalmente, enero es puro teatro en la capital y en gran parte de nuestro país, en el marco del Festival Teatro a Mil y otros ciclos. Y es allí, en los escenarios, donde aparece la honestidad y el tratamiento de la historia que se extraña en la política.

En la obra Una Ilíada, por ejemplo, un actor estadounidense narra este poema épico en clave actual, contando a un selecto público sobre la enfermedad del poder. Allí está Aquiles, Héctor, Agamenón, Paris y Patroclo, entre otros, aturdidos por décadas de guerra, sedientos de venganza y en cólera, a la vista de unos dioses igualmente iracundos y resentidos. Denis O’Hare es el actor y representa a los más destacados personajes de La Ilíada, ese poema que, en su calidad de clásico, es capaz de interpelarnos hoy, desacomodándonos y haciendo que la palabra de Homero logre desajustarnos. Como cuando el actor en su monólogo verbaliza la rabia del ser humano, que ha sido la causa de las más grandes tragedias de la humanidad. Una rabia que no es patrimonio de los griegos, sino que surge en todos nosotros de pronto, de manera inesperada, y ciega y aniquila la sensatez. Como esos deseos incontrolables de pegarle al conductor que realiza una brusca maniobra desde otro auto porque, al final, se trata de la misma ira que encandila al ser humano, la que lo hace perder su cordura y endurece su corazón. Esa misma que está en la raíz de tantas guerras, como la de Troya, de todos los conflictos que la antecedieron y sucedieron, una lista que el mismo actor se encarga de enumerar y, de paso, hundir en la desolación a la audiencia que se siente golpeada por esa gran epopeya bélica que es la tragedia humana.

“Canta, oh musa, la cólera del pélida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos…”, dice Homero en los primeros versos de La Ilíada. Una solicitud que bien podríamos pedirles a las musas hoy, para que canten sobre esa ira que nos trizó, sobre las plagas que sobrevinieron y la decepción acumulada sobre una clase política y su burda teatralidad.

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