El nombre Antonio Gramsci (1891-1937) está compuesto de lo mejor del pensamiento político del siglo XX y de lo peor de las cárceles del fascismo italiano de Mussolini. En América Latina la referencia a este hombre hecho de voluntad de pensamiento y cárcel se suscita casi inmediatamente después del triunfo de la Revolución Bolchevique de 1917. La referencia la encontramos en el periódico El tiempo de Lima, en julio de 1921. Es José Carlos Mariátegui quien menciona al insigne teórico cuando dice que “El Ordine Nuovo es el diario del Partido Comunista y está dirigido por dos de los más notables intelectuales del partido: Terracini y Gramsci”. La Lima de los años 20 sería el escenario de emanación del nombre indivisible del teórico italiano a una de las más prolijas teorías producidas por el siglo XX.

Su reconocida elaboración del concepto de hegemonía, de intelectuales orgánicos, el concepto de bloques de poder, la reflexión del príncipe de Maquiavelo y del Partido Vanguardia, no dejarán de proliferar a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XX. No obstante la temprana referencia de Mariátegui, su obra contenida en las Cartas de la cárcel (1947) comenzó a traducirse en Argentina por la Editorial Lautaro en 1947. A dos años del término de la II Guerra Mundial, el escritor Ernesto Sábato se convertirá en el primer comentarista de Gramsci. A Sábato, casi emulando al Nietzsche que habla del filósofo como un “animal de pequeña salud”, le sorprenderá del pensador italiano su debilidad física, su “carencia de odio” y, sobre todo, “su invariable sentido crítico”, “su amplitud filosófica”, “su falta de sectarismo”. 

En los años 50, las notas de Gramsci sobre Maquiavelo van a ser traducidas por Aricó en una intendencia de campo del ejército en San Rafael. Mientras hacía su servicio militar, Aricó se llevó una gramática italiana con la que comenzó a traducir la obra de Gramsci. La traducción de los Cuadernos de la cárcel (1958) al castellano va a recorrer toda la mitad del siglo XX y será la Argentina la sede de una gran producción de gramscianos a partir de la experiencia de la revista Pasado y Presente. Los debates y la recepción de Gramsci se encuentran documentados en el libro Los gramscianos argentinos (2004) de Raúl Burgos.

En los años 60 circulaban en Chile las traducciones de Aricó, pero será sólo durante la Unidad Popular cuando la Editorial Nascimento publica en 1971 una selección y prólogo de Osvaldo Fernández titulado “Maquiavelo y Lenin. Notas para una teoría marxista”. Sin embargo, el libro no tiene mayor repercusión en la experiencia de la “construcción de poder popular” bajo el gobierno de Salvador Allende. Palmiro Togliatti, Secretario General del PCI, solía referirse a Gramsci como un héroe antifascista y no tanto como uno de los más grandes pensadores políticos del siglo XX. Es muy probable que en los años de la Unidad Popular fuera percibido como un héroe de incorruptible temple contra el fascismo y no como el teórico de la hegemonía y el papel de los intelectuales en la formación de la cultura. A la estructura de poder de los partidos comunistas siempre le fue más útil el martirio del héroe sacrificado que la complejidad del pensamiento de los teóricos. De hecho, si imaginamos la comparación entre Antonio Gramsci y el personaje Pavel Korchagin de la novela Así se templó el acero (1930) de Nikolai Ostrovsky, resulta absolutamente verosímil pensar que la recepción de Gramsci ocurría al modo en que ocurren los héroes trágicos en la trama de una epopeya.

Como miembro y cofundador del Partido Comunista Italiano, Gramsci no fue un teórico recepcionado por sus ideas, sino más bien, por su condición trágica de héroe sacrificial. El culto al sacrificio ofusca el trabajo de la teoría y enceguece la voluntad de pensar. En Chile, además de los intentos de Osvaldo Fernández hay, quizá, un segundo momento en que las fuerzas teóricas del gramscianismo quedan a la intemperie de la política y de los movimientos de lucha por el presente: la lúcida publicación del libro de Eduardo Sabrovsky, Hegemonía y racionalidad política: contribución a una teoría democrática del cambio (1989), la cual contaba con un prólogo de Ernesto Laclau, autor junto a Chantal Mouffe de Hegemonía y estrategia socialista; hacía una radicalización de la democracia (1985). No obstante, la historia de Gramsci en Chile, si bien no tiene la intensidad que tuvo en la Argentina, está sin duda presente en la historia intelectual del país. Un libro extremadamente importante que da cuenta de la influencia e importancia del teórico italiano en Chile es el insoslayable libro del historiador Jaime Massardo titulado Gramsci en Chile. Apuntes para el estudio crítico de una experiencia cultural (2012).

Antonio Gramsci fue sin duda un militante ejemplar del Partido Comunista Italiano y, sin embargo, la singularidad de su teoría de la hegemonía está ligada a lo que podríamos llamar un “afuera crítico” a la estructura ideológica de control de los partidos comunistas. Gramsci como pensador de la política y de la cultura nacional había leído los clásicos del Marxismo, conocía con rigor la obra del filósofo Benedeto Croce y era un enorme conocedor de la literatura universal. Es el afuera crítico a los dogmas y las ortodoxias estamentales y estratificadas en los ideologemas de la II Internacional lo que hizo posible que su teoría de la hegemonía pudiera romper con el mecanicismo de la teoría de las etapas en Karl Kautsky.

Debido a que conocía la carta donde Lenin no recomendaba que Stalin fuera el Secretario General del PCUS, fue uno de los primeros en sospechar de los crímenes del “hombre de acero” de la naciente URSS. Su pensamiento creativo y su enorme comprensión del trabajo necesario con las instituciones de la burguesía y su capacidad de analista político le permitieron escribir una de las más relevantes teorías políticas. En su temprano y emblemático La revolución contra “El capital” (1917) Gramsci no sólo celebraba el triunfo de los Bolcheviques, también su pluma de agudo crítico tomaba distancia del cientifismo que leía en los libros de Marx, la verdad del comunismo y de una clase obrera cifrada por las leyes morfológicas de la ortodoxia marxista. Los escritos de Gramsci están inspirados en lo más alto de la voluntad de pensamiento hasta el punto en que ese pensamiento deba ponerse al servicio de lo que estando comprometido con la lógica del partido lo trasciende.

Gramsci nunca transó las posibilidades de la fuerza creativa del pensamiento y la enorme potencia revolucionaria de la teoría entendida como filosofía de la praxis. José Aricó -a quien el “mundo hispano” no sólo le debe el impulso de la traducción de los Cuadernos de la cárcel sino también prácticamente la invención del archivo del marxismo en lengua castellana- compartió con Gramsci un espíritu similar en lo que respecta a la necesidad de la práctica teórica y del trabajo crítico de las instituciones burguesas usándolas como instrumentos al servicio de la transformación política. En un documento fílmico titulado La última entrevista (1995) José Aricó comenta lo difícil que era para los partidos comunistas la figura de Gramsci. El autor de La cola del diablo. Itinerario de Gramsci en América Latina (2005) cuenta que tenía que forrar los libros del pensador italiano para ir a las reuniones del Partido Comunista. El acoso del estalinismo y la falta de “democracia leninista” de los partidos comunistas convierten a Gramsci en una de las figuras más controvertidas para las estructuras de dominación partidaria que siguieron a la muerte de Lenin (1924). Tal cual lo sospechara Aricó, la importancia de leer y actualizar a Gramsci para pensar las condiciones de posibilidad de la trasformación histórica de nuestro presente lo revelan las siguientes frases del autor de los Cuadernos de la cárcel.