“Te lo tomas demasiado en serio”. Esa fue una de las frases que el filólogo judío-alemán Victor Klemperer escuchó y anotó en su diario en 1933. “Ya verás”, le repitió uno de sus colegas y Klemperer, una vez más, tomó nota: “cuando Hitler acceda al poder, tendrá otras cosas que hacer que insultar a los judíos”.

El horror desencadenado durante la década siguiente no necesita recuentos. Víctor Klemperer sufrió los campos de trabajo forzado y únicamente evitó la deportación y el exterminio gracias al ambiguo estatus que le otorgó el estar casado con Eva Schlemmer, una mujer de origen ario. Proscrito de impartir clases en la universidad de Dresde, humillado y perseguido, el filólogo se resistió a abandonar lo que sabía hacer mejor: coleccionar palabras.

Se abocó a recoger, pulir y exhibir, como evidencias de una catástrofe en ciernes, cada uno de los términos que lentamente irían conformando el andamiaje lingüístico del totalitarismo alemán: solución final como eufemismo para las cámaras de gas, liquidar (ese verbo comercial) como sustituto de exterminar, emigrado en lugar de deportado. “El lenguaje saca a la luz aquello que una persona quiere ocultar”, escribe Klemperer, dotando a su testimonio de una potencia inusitada al transformarlo ya no sólo en un imperativo ético sino en un poderoso operativo de desmontaje. Y lo que desmonta, lo que revela el filólogo, es cifrado en sus cuadernos bajo una siniestra sigla: LTI. La lengua del Tercer Reich.

Basado en el material recopilado en sus diarios, La Lengua del Tercer Reich (editorial minúscula) es un ensayo perturbador, sobre todo leído a la luz, o acaso a la sombra, de la creciente islamofobia, de la inminente construcción de nuevos muros y de la actual exaltación xenófoba y nacionalista. El filólogo reflexiona, en agosto de 1933: “De ningún modo debo desanimarme, el pueblo no participará por mucho tiempo en esto”.

A estas alturas, luego del triunfo de Donald Trump, ¿quedará espacio para la duda? La devastación en Siria, la dramática crisis de los refugiados, el auge de los crímenes de odio (y del odioso lenguaje que los precede), los muros ya construidos en Calais y Palestina, parecen respuestas más que contundentes a esa pregunta. Y si a este listado de horrores sumamos la crisis de la democracia, que es en realidad la crisis del modelo capitalista en su fase más brutal, administrado por una clase política que durante décadas ha sembrado desigualdad y precariedad, algo que parecía impensable diez años atrás –la llegada al poder del lenguaje del fascismo- parece renovar la perplejidad y angustia que Victor Klemperer experimentaba al momento de la llegada de Hitler al poder.

Estas comparaciones han sido tildadas de alarmistas. Sin embargo, la alarma es una respuesta razonable frente a la inminencia de un peligro real. Puede que Trump no sea un fanático nazi con bigote, pero también puede que la versión fascista del siglo XXI sea precisamente esta: un empresario excéntrico, un emprendedor narciso y farandulero, es decir, un digno engendro del modelo neoliberal. La repetición, vale recordarlo, nunca es idéntica: aparece disfrazada de novedad.

En su último discurso, plagado de signos de exclamación, Trump repitió una y otra vez algunos de sus conceptos favoritos: patria, pueblo, América, nación, Dios, corazón, terrorismo, recuperación (y Dios y patria otra vez). El nuevo presidente de Estados Unidos intentaba ungirse de una épica. Una donde intervienen dos tendencias también identificadas por Klemperer: la voluntad de lo completamente nuevo y la necesidad de establecer un nexo con el pasado. “Make Britain great again”, decía la campaña del Brexit británico, exudando nostalgia colonial. “Make America great again”, repetía Trump, y la frase parecía apuntar a un país blanco y masculino, una utopía cowboy industrial.

“Las palabras pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico, uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo se produce el efecto tóxico”, escribe el filólogo. Al parecer, ya hemos tragado arsénico por montones. Al discurso de Trump siguieron una serie de medidas ejecutivas: el inicio de la construcción de un muro en la frontera con México, la prohibición de otorgar financiamiento federal a las organizaciones que practicaran abortos, el fortalecimiento de las fuerzas armadas y el decreto que “Protege a la Nación del ingreso de Terroristas Extranjeros” (así, con mayúsculas). La norma emplea varias de las palabras favoritas de Trump: nación, protección, terroristas.

En la práctica ha significado el cierre de las fronteras norteamericanas para ciudadanos musulmanes de siete países “sospechosos” y supone, además, una restricción a la movilidad de personas de otras latitudes que hayan visitado estas naciones (es decir, que se hayan “contaminado” en países “peligrosos”). El decreto, desde luego, jamás se llamaría “ordenanza islamofóbica y racista” así como el exterminio judío no se llamó holocausto sino “solución final”. El discurso trumpista rápidamente ha ido arrojando sus dosis de veneno. La ordenanza, aunque repudiada por gran parte de la comunidad internacional, generó una discusión en sí misma peligrosa: la distinción entre aquellos que portaban green card, aquellos poseedores de una mera visa y, por último, siempre por último, los refugiados. El drama de unos, de los portadores de green card, parecía más grave (más inmerecido e impresentable) que el drama de otros. El arsénico ya comenzaba a surtir efecto.

Lo que está ocurriendo en Estados Unidos es grave. No sólo por lo que vaya a suceder sino por sus efectos inmediatos en la realidad y en el lenguaje. Ya no existe el privilegio de la duda, ya no hay ignorancia posible. Trump es la nueva cara de una vieja moneda: la del fascismo. Se trata de un hombre que ha decidido que los mexicanos son sujetos-basura que hay que mantener detrás de un muro, un hombre que ha planteado que los musulmanes son un peligro inminente que hay que expulsar y deportar, un hombre que niega el cambio climático ante un panorama apocalíptico, un hombre que desprecia a la mitad del mundo: las mujeres. Ya es hora de tomárselo en serio, o tal vez “demasiado en serio”, como anotó el filólogo hace casi un siglo que, lamentablemente, parece ayer.