Ante las emergencias la vida de las personas cambia radicalmente, el espacio privado por un periodo de tiempo deja de serlo, el hogar, la escuela, el consultorio, espacios tradicionales de encuentro y la experiencia de vida se configura en otro espacio y con nuevos recursos. Este nuevo escenario devela realidades y posibilidades.

Numerosa es la experiencia que hemos vivido y en la que hemos recopilado información y conocimiento sobre las consecuencias que dejan los desastres naturales. Comunidades quedan con diversas dificultades económicas, sociales, educativas, de salud, entre otras que  dejan al descubierto las condiciones de vida en diversos territorios del país y de los recursos  reales con los que contamos para paliar la crisis y urgencias.

Nos cabe, al igual que otros, hacer voz de que estamos en contextos de emergencia y esta situación hoy es permanente. Si bien, y tal vez se reconoce este nuevo escenario, no se concibe con su urgencia hasta cuando somos parte de ella. Para la comunidad que lo vive se es consciente del riesgo y de la condición de vulnerabilidad que se impone, de la cual, muchas veces no se está preparado. Para saber atender este contexto es necesario afrontar las dificultades haciendo distinciones.

Lo importante resulta generar un ambiente estable y seguro porque la seguridad está amenazada,  por tanto, las interacciones cobrarán relevancia.  El cómo nos relacionamos con los niños, niñas, jóvenes, adultos y personas mayores será determinante para vivir y salir de manera favorable de la situación de emergencia. Esto es crucial porque surge la necesidad del vínculo de estar con el otro, el ambiente seguro, y de complicidad de la experiencia de vida.  De este modo resulta necesario escuchar, escucharse, observar y observarse.

Acompañar este proceso será vital, pero hay que saber hacerlo, y será pertinente promover un ambiente armónico y esto implica relaciones amables y respetuosas. El apoyo de profesionales de diversas áreas será necesario para saber amortiguar situaciones complejas y esto es urgente trabajar. De este modo, espacios de ambientes saludables y lúdicos serán vitales para contener, crear y aprender; es el caso de los niños y niñas que van anticipar a través del juego simbólico la situación de crisis y ante esto hay que observar y saber comprender y atender las relaciones en el entorno del cual se es parte.

Así, y en esta situación hay que pensar en el contexto educativo, no hay que olvidar que todos somos referentes y sobre todo en situaciones de emergencia, por tal motivo se hace una oportunidad trabajar en comunidad. La educación en situaciones de emergencia se hace un derecho fundamental para contribuir a la potenciación de capacidades en bien de la comunidad.

Una apuesta educativa es la presencia y el reconocimiento de una educación comunitaria que se haga visible y posible de estar en el espacio local para hacer una comunidad que se construye de manera permanente y que resguarda los riesgos y busca atender las necesidades e interés con una base local cohesionada. La respuesta educativa ante la emergencia debe ser atendida y en este caso con valoración a la comunidad local entendida como una gran educadora que permita identificar y rescatar su propia cultura, planificar su espacio privado y público. Para canalizar la participación social, una posibilidad es poder influir en el contexto y de esta forma incidir en la práctica dando lugar a códigos comunitarios, para de este modo no caer en el paternalismo estatal, sino que con el aporte de recursos diversos potenciarse y atender de manera responsable sus situaciones y proyecciones. Esta situación suscita la interrogante sobre los mecanismos para reconocer y ampliar la riqueza comunitaria, y canalizar su expectativa y legitimidad. Este es el paso que nos compromete dar.


Académica Departamento de Educación, Universidad de Chile.