En Rusia, desde ahora, los hombres pueden golpear a sus mujeres y a sus hijos, dejarles moretones y cortes, sin que ellas puedan defenderse ante la justicia. La limitación es que las heridas no sean ‘graves’ y que la paliza no se repita más de una vez al año. Más que una simple ley este es un código de los derechos del violador. Un manifiesto que sale de la casa y abarca todos los ámbitos de la vida social y política. Esta ley es el trasfondo de los verdaderos problemas que nos amenazan.

Se trata de restaurar la autoridad en la familia, tal como se ha recuperado el orden en Rusia y la soberanía rusa sobre el oriente de Ucrania, al ritmo del tamborileo de los cañones. Putin es la figura del padre ruso universal. Solo le falta el atuendo de Pope para abarcar todas las actividades en las que se ejerce la fuerza sana, viril e imponente que las mujeres, los niños y los pueblos necesitan seguir. Él es el líder de su pueblo, tal como cada hombre debe ser el líder en su casa.

Putin, Trump y algunos ejemplares criollos nos muestran cuan cerca estamos de la caverna. El golpeador y el violador son políticos y emprendedores hábiles, sofisticados y elegantes. Hemos querido creer que el mundo evoluciona y progresa linealmente hacia la emancipación del género y convincentes maneras de ejercer el poder. Un golpe vale más que mil imágenes y una imagen más que mil palabras. Un solo golpe puede enderezar las discusiones de un año completo.

En Rusia, fueron parlamentarias mujeres las que se prestaron o tuvieron la iniciativa de esta ley de restauración de la violencia legal. No importa el lugar que las mujeres hayan ocupado en la cadena de la reinstalación de la versión más cruda del patriarcado. Lo que interesa es señalar que ellas son los agentes del machismo.

En lo suyo no más pega

Las mujeres machistas son la fuerza que inclina la balanza en la pugna entre brutalidad y respeto. El lugar y el papel del razonamiento, del diálogo, de la persuasión y de la democracia, que a veces nos parecen tan exiguos, se revelan como un logro cultural impresionante a la vista de su fragilidad.

Las parlamentarias rusas se unen a la legión histórica de las madres chinas que deformaban los pies de sus hijas, vendándolas y quebrando sus huesos para responder al estándar de una belleza lisiada. Son las madres centro-africanas que defienden la infibulación, la amputación del clítoris de sus hijas. Las madres fundamentalistas que envuelven a sus hijas en una campana de tela para separar y sustraer sus cuerpos del mundo. Más cerca de nosotros son las madres que ofrecen sus hijas a la violación del padre; las que educan a sus hijas como máquinas reproductoras. Las que tapan los hombros y ocultan los senos porque son presas ellas, de una paranoia sexual. En toda desnudez ven pecado porque ellas se han construido y aceptado la imagen de un hombre que es todo y únicamente un violador. Y que tiene derecho a eso.

Ese derecho masculino, concedido por la mujer sometida, es la base común entre los Putin y las Jaquelines chilenas. La política de esas mujeres consiste en reconocer el derecho a la violencia del hombre, en soportarlo como un mandato divino de dolor y canalizarlo de la manera más soportable. Para las madres misioneras el conflicto entre la vida de los hijos y el mandato natural se resuelve siempre en favor del padre y del hijo. La hija no debe ser fuente de conflictos sino sujeto de obediencia.

El hombre concebido como violador natural es lo que está detrás de la prohibición a las mujeres en barcos y minas. Es lo que justifica, según el Almirante Arancibia, el fisgoneo pornográfico de los marinos y la prohibición de la desnudez en las playas. El derecho a la violación es lo que se consagra en la nueva ley de Putin y en la obligación de la mujer en orden a permanecer en el hogar y satisfacer la demanda sexual del marido.

El desahogo violento del hombre de Putin, del Cromañón del siglo XXI y la borrachera de Arancibia en el submarino, son parte de la camaradería mitológica de los guerreros; son ejercicios de fraternidad en los que se juntan a relajarse los golpeadores de todo calibre. La cantina del barco, el fondo de la mina y del cuartel, es el lugar donde los buenos modales muestran la delgada textura de su ficción. Ese lugar protegido de la indiscreción, espacio de relajo y de fraternidad en que los hombres pueden volver a la niñez y competir abiertamente por el pene más largo, excitando su homosexualidad latente; ese lugar consagrado a la añoranza del instinto, se ha extendido de la taberna a la casa y de la casa al trabajo.

 

 

 

 

 

 


Director Fundación Chile Ciudadano