A mi jardinera

Mi abuela Margarita sobrevivió calamidades varias como roble. Le daba sombra a un campo chiquitito de gallinas, de frutales, de perros y gatos que tenía en la Florida. Era pobre, nadie le regaló nada, pero cuando el ‘curado’ de marido que tenía la dejó (nada más supimos del abuelo Alberto) crío sola a su hija mayor: la Iliana –mi mamá- y a su hijo menor, el Lucho. Mi mamá estudio Trabajo Social y después se casó. El Lucho no terminó carrera ni oficio y tuvo muchos problemas económicos. En esa casa-campito él fue allegado de mi abuela. Vivían en ese tipo de casas viejas con fachada en ele. Mi abuela se mudó a la parte de atrás para dejarle la parte linda a su hija. Yo le decía abuela ‘Margara’. Nada de diminutivos para ella, pensaba. Era tan dura esa mujer. Pero cuando mi mamá se murió, y yo apenas salía por completo de la adolescencia,  nos quedamos solas y sentí que algo nos unía. De pronto me cuidaba las plantas; a veces iba a su casa. Entonces, la miraba como picaba la tierra. Estaba más dulce; me tomaba de las manos y a veces lloraba. Se me fue mi hija, decía.

Para ese entonces ya vivía en otra casa con su hijo menor, el Lucho, que se había hecho de plata con un negocio. Compraron dos casas en un condominio en la Reina. Ella puso plata para la suya. Bajo su techo, me sentía con toda libertad, miraba sus ojos como los míos, me acunaba en su fuerza, y tal como salían los brotes de su tierra sacaba vigor para disfrutar del sol. Hasta que me fui a hacer estudios de postgrado afuera. Pero hablábamos por teléfono. Le pedía a su nana que me llamara o yo la llamaba. Me acuerdo de una de esas conversaciones. Me dijo: quiero que nos compremos un departamento para que vivamos las dos. Acá pasa algo –siguió-no me gusta, me sacaran el carné de identidad, mi libreta de ahorros….

Es bien viva mi abuela, vio el aluvión antes de que viniera, pero no quiero que estas páginas sean una crónica sobre ella. Quiero explicar mi experiencia con un centro de acogida de ancianos como el que conocí en Chile, un centro de clase media pujante. EL Edificio Adulto Mayor San Esteban, un lugar que quizás es como muchos.

Mi abuela se fue por primera y última vez de su casa sin saberlo. No es culpa del lugar que describiré que a ella no le avisaran. Fue mi tío y su esposa. Le dijeron que iba a la playa, a Cauquenes. La subieron al auto y la ingresaran al centro. Claro, era de sentido común. Lógico tenía más de 90 años, tenía Alzheimer (a pesar de que la última vez que la había visto aún se empinaba con presteza para podar un gomero).

Y en las fotos web el centro se ve bonito. En una primera instancia las auxiliares son amables. Parecen tiernas con el residente. Ignoran a los que hablan mucho, no existe ningún trato individualizado, pero eso se puede tolerar. No hay maltratos evidentes. No hay lesiones, huellas, cicatrices del dolor. El horror es distinto. Lo que hacen no es maltratar a la gente a golpes o con una jeringa: eso sería muy poco middle class. Lo que hacen es procurarles una muerta lenta, lo que hacen es disminuir lentamente su dignidad, hacerlos vivir mes a mes su cuota de arriendo.

Los alimentos que les dan son cada vez más insípidos y escasos, el jugo es algo similar a ese de marca jupi. Y los van dejando en un estado vegetativo, esperan que comiencen a olvidar. Para eso controlan las conversaciones entre los pacientes, y los familiares como yo –nietas, que no pagan- no pueden ser avisados en caso de enfermedad del pariente.

No somos los clientes. En este caso, el Cliente, mi tío, le dijo a las enfermeras que les negase a mi abuela que hubiese tenido una hija para que se quedara tranquila. Claro, mi existencia evidentemente era cada vez más espectral. Y para abaratar costos -que nunca viene mal- como el dueño del lugar, cuya abuela paralizada también residía ahí, , hizo un arreglín con mi tío para compartir los servicios de una enfermera. O sea, dos por una.

Pero hay más. A mi abuela la acuestan y amarran a las 5pm con un cordón de zapato. Quisiera insistir en que no se trata de nada parecido a un implemento clínico ‘para que no se escape’ como dicen que hace (Lo paradojal es que ahora anda en silla de ruedas y un sillón grande flanquea la salida de la cama)

Se supone que ha sido bueno para ella, se ha aquietado: ahora se hace como que no sabe porque realmente no sabe o porque no quiere saber más: ¿ya para qué?, no estés triste, me dice. Cuando me habla solo me dice que se quiere tomar el tren, para irse con su mamá, agrega. Yo no la culpo.

Mi abuela tiene aproximadamente 96 años, no se va a morir pronto. Apostaría que en este tipo de centros tienen la disciplina específica para darles el suficiente sol, agua y algún calmante para morir como una planta agonizante.

Los ancianos los obedecen. Hasta para la muerte se lucha y ellos lo saben. Tienen que estar fuertes, para elegir, parta volver a ser; a ser seres humanos, para morir de una vez, pero mientras intentan se vuelven cada vez más silenciosos y mustios como el musgo  incesante.

La última vez que fui al centro hace cuatro semanas, pedí hablar con el supervisor. Gerente, me corrigieron. Le pregunté que cómo era posible que mi abuela estuviese amarrada de esa forma, qué pasaba en caso de incendio. Él me dijo que yo no podía estarle haciendo preguntas, que no era la clienta. Entonces yo, por primera vez, quise ser rica o muy fuerte, para llevarme a mi abuela a otro lugar, para subirla en andas los cuatro pisos de mi departamento.

Mi tono subió y el “gerente” me amenazó con llamar a los carabineros por acusarlo. Le respondí que los llamara. Yo feliz, le dije. Espero, así aprovecho y hago la denuncia.

Mientras esperaba, una enfermera me encaro:

“Así hay que tratar a los abuelitos, ellos no saben nada ya”.

¿ Usted sabe que un ser humano nunca deja de ser humano? (Suena tonto, no se me ocurrió perspicacia mayor)

Me miró con sorpresa. Meditó, sí, admitió.

Le dije que sabía que era difícil su trabajo, que agradecía su paciencia.

Mire, me dijo, yo tengo esposo, hijos: soy feliz.

Me reí pero tenía razón yo era apenas una mujer, sin marido del brazo, sin cartera de marca, yo no era una clienta. Y abrí las puertas y me fui, mediocre. Para que vas a sufrir por lo que no te  corresponde me dijo mi familia y más de algún amigo: yo era la loca, no el trato que le daban mi abuela.

El problema es  que yo, loca, seré siempre. No puedo hablar sobre todos los centros de ancianos. Jamás podría decir que el de mi abuela es el peor. Pero No hay que estar contra todas las instituciones como ésta para que la ciudadanía aprenda a fiscalizar estos lugares, para que aprenda a recordar un poco de su humanidad perdida, para que recuerde quién cultivó su jardín.


Escritora y Doctora en Estudios Latinoamericanos, Universidad Libre de Berlín