Para dar la perfecta imagen de cuánto retrocedió Brasil tras el golpe de Estado de 2016, hay que hablar del rol de la mujer en la política.

Entre marzo y agosto del año pasado, el país vio a su primera mujer presidenta ser alejada por una maniobra parlamentaria basada en una farsa jurídica, un supuesto quiebre constitucional que no está caracterizado en la carta magna del país.

Pese a que el golpe fue motivado por intereses políticos y económicos, el proceso que sacó a Dilma Rousseff del poder también la expuso como blanco de una serie de ataques contra su figura, que se enfocaron sobretodo en su condición de mujer. Durante los pocos meses de su segundo mandato, los grandes medios que apoyaron el golpe ayudaron a reforzar la imagen de una presidenta descontrolada emocionalmente, aislada, depresiva y dominada por la ira, para dibujar la imagen de alguien incapaz de ejercer su cargo, una especie de gaslighting político.

“El golpe de Estado de 2016 en Brasil es patriarcal y fundamentalista. Entre los que lo impulsaron y los que lo apoyaron están grupos que no soportaban más tener a una mujer en el poder, y además una mujer sin un marido, una mujer que pasaba la idea de que la mujer no tiene quien la controle”. Así lo describe la responsable de las políticas para la mujer durante el gobierno de Dilma, la socióloga Eleonora Menicucci. “Por supuesto que no fue esa la principal razón del golpe, pero sí fue una de sus principales características. Es decir, para lograr el objetivo de retomar la agenda económica neoliberal, se reunieron los grupos más conservadores del país, y atacar a la presidenta en su condición de mujer fue una de sus estrategias”, comenta.

Eleonora recuerda un episodio que demuestra bien eso, cuando algunos grupos contrarios al gobierno de Dilma empezaron a comercializar en Internet un adhesivo con la figura de una mujer de piernas abiertas exponiendo su vagina, con el rostro de la mandataria. El adhesivo era para ponerse en el auto, donde queda el hoyo del estanque. Así, cada vez que se paraba para abastecer el conductor simulaba una violación de la presidenta de Brasil.

Según la socióloga, ese tipo de ataque alusivo a la sexualidad o al descontrol emocional también fue usado contra las presidentas Cristina Férnandez de Kirchner y Michelle Bachelet: “las tres son mujeres del campo progresista, que enfocaron sus plataformas en la inclusión social y en el acceso a la educación, la salud y el bienestar social, y los enemigos de esas iniciativas vieron que atacarlas en su condición de mujer era una forma de combatir sus programas de gobierno”.

Dilma sería remplazada por un gobierno integrado solamente por hombres blancos, muchos de ellos ligados a grupos religiosos que ganaron espacio en la política brasileña en los últimos años. En el primer gabinete del nuevo presidente Michel Temer no había ninguna mujer. Luego, presionado por la opinión pública, recreó el Ministerio de Derechos Humanos (que había sido extinguido por el propio Temer en un primer momento) y nombró a ex fiscal Luislinda Valois, que dejó el Ministerio Público para asumir un cargo en el gobierno.

Devueltas a la cocina

En un escenario así, era de esperarse que las políticas afirmativas para las mujeres también sufriesen un giro, abandonando las iniciativas por mayor equidad y sobretodo las políticas para combatir el femicidio y otros tipos de violencia, para dedicarse a medidas defendidas por algunos grupos evangélicos con presencia en la política brasileña.

Esos grupos están representados, por ejemplo, por los ministros Mendonça Filho (Educación) y Ricardo Barros (Salud), quienes dicen abiertamente combatir las demandas feministas –consideradas “contrarias a la familia”– y defender el que debiera ser “el rol de la mujer en la sociedad según La Biblia”, dice otro referente de la nueva coalición oficialista, el diputado y pastor evangélico Marco Feliciano.

La socióloga Eleonora Menicucci fue jefa de la Secretaría Especial de Políticas para las Mujeres en el gobierno de Dilma Rousseff, cargo que tenía poder de ministerio hasta el 2016, pero que en el actual gobierno fue rebajado a una subsecretaría. “Las políticas de educación y de salud impulsada por los gobiernos de Lula y de Dilma para dar más derechos y mayor autonomía a las mujeres, como programas de atención especial en salud o para fomentar la participación femenina en educación y en los cargos públicos, todo eso ha sido remplazado por programas con el fin de defender el rol doméstico de la mujer”, cuenta la académica.

Eleonora también recuerda la narrativa de un reportaje publicado en un semanario brasileño celebrando que el país volviera a tener una primera dama, y que la joven Marcela Temer – quien es 43 años menor que su marido, el presidente Michel Temer – sería el ícono de la mujer “bella, callada y del hogar”, según el titular de la nota.

Uno de los elementos del discurso del golpe era el de que la mujer tenía que volver al hogar, a la cocina. Hablaban de Dilma como si su lugar no fuera ahí. La acusación constitucional contra ella era frágil, entonces había que fortalecer la imagen de que ella ocupaba un espacio que no le pertenecía de alguna forma, aunque fuera la persona elegida por el voto popular. Y el segundo paso fue reivindicar la figura de la mujer que acepta su lugar por detrás de un liderazgo masculino supuestamente natural”, cuenta Eleonora.

Otros cambios que el nuevo gobierno proyecta son las reformas del trabajo y del sistema previsional. La reforma previsional propone un aumento en la edad de las jubilaciones que sería mucho mayor para las mujeres, ya que la idea es establecer los 65 años como edad mínima para ambos sexos, además de un período mínimo de 50 años de trabajo para el que desee mantener el 100% de su sueldo tras la jubilación.

En las reformas de leyes laborales se destacan los puntos que permiten la subcontratación incluso en el servicio público y el donde se establece que en caso de un juicio, lo acordado en el contrato laboral tiene más valor aun cuando no cumpla lo determinado por la legislación. Según Menicucci, “entre los defensores de esas propuestas están los que históricamente se oponen a las políticas de equidad salarial para hombres y mujeres”.

Además, el proyecto también pone en riesgo una de las leyes más controvertidas del primer mandato de Dilma, que fue la que regularizó el trabajo de las empleadas domésticas, dándoles derechos a trabajar a contrato, acceso al sistema previsional y a seguro de desempleo, entre otros beneficios. La ley tuvo un fuerte rechazo de los partidos de derecha y sectores de clase media.

Una violación a cada 11 minutos

Los informes a nivel mundial sobre la violencia contra la mujer ubican a Brasil entre los países con mayor número de casos, y también entre los que menos reaccionan.

Por ejemplo, el estudio anual realizado por el Foro Brasileño de Seguridad Pública apuntó que en 2014 el país registró un promedio de un caso de violación contra mujeres a cada 11 minutos –basado solamente en los casos que son denunciados a la policía. Además, 70% de las víctimas son menores de edad, y entre esos casos se observa que 63% de los abusadores son personas de la familia de la víctima.

El femicidio también es un problema creciente en el país, pese a que el gobierno de Dilma logró aprobar su tipificación como delito en 2015, en el que fue el proyecto estrella de Eleonora Menicucci en la Secretaría Especial de Políticas para las Mujeres. El mismo informe sobre la violencia en Brasil apunta a que hay 4,8 casos de asesinatos por cada 100 mil mujeres. Además, análisis comparativos de los informes anuales demuestran que las mujeres negras son las principales víctimas, con un aumento de 54% de los casos en once años: 1864 en 2003 y 2875 en 2014.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las cifras mencionadas ubican a Brasil en el tope de dos vergonzosos rankings. El país es el cuarto colocado mundial en casos de violaciones y el quinto en casos de femicidio.

Evidentemente, esa es una realidad que ya existía antes del golpe del 2016, no es fruto de la caída de Dilma. Sin embargo, la victoria del golpe reforzó un discurso de que la mujer que reclama de violencia trata de victimizarse, lo que juega contra la condena e incluso la prevención a los delitos.

La ex ministra Eleonora Menicucci trae un par de números sobre ello: “nosotros teníamos un presupuesto de 12 millones de reales (equivalente a 2,5 mil millones de pesos chilenos) por año para los programas que trataban los casos de femicidio, porque teníamos nivel de ministerio. Una subsecretaría va a tener menos que la quinta parte de eso, y además no tendrá garantizada la presencia en todos los estados y regiones de la federación, por lo que la efectividad del trabajo ha sido dañada, aun cuando los programas sigan vigentes”.

Otro ejemplo que demuestra como el factor político colabora para el aumento de la violencia contra la mujer en Brasil es un desgarrador caso de femicidio colectivo ocurrido durante las fiestas de año nuevo, hace pocos meses, en la ciudad de Campinas, interior del Estado de São Paulo. El autor de la masacre fue Sidnei Ramis, un paramédico que se quejaba que su mujer se había separado de él y había ganado la custodia del su hijo. Ramis invadió la casa donde su ex pareja, Isamara Filier, celebraba la llegada de 2017 con su familia, asesinándola a ella y a otras 11 personas, de las cuales 9 eran mujeres entre la madre, hermanas y amigas de Isamara.

Unos de los dos varones asesinados era el hijo que tenían en común, João Vítor, de 8 años, el remitente de la carta que Ramis dejó antes de suicidarse, aunque el niño no vivió para leerla. En el texto, el asesino habla incluso de factores políticos que lo motivaron: “hijo, yo también voy a morir como tú, y lo hago porque no podemos estar más juntos, no podré verte crecer y eso es porque vivimos en un sistema feminista, basado en la Ley Zorra da Penha (mención a la Ley Maria da Penha, creada en el gobierno de Lula da Silva y que aumenta las penas en casos de violencia intrafamiliar) y defendido por mujeres locas, pero quiero que sepas que no seremos los únicos que nos iremos a la mierda, porque pretendo llevar conmigo al máximo de personas de aquella familia, para dar el ejemplo y que ojala eso nunca más ocurra con otro trabajador honesto”.

Eleonora Menucucci comenta el episodio recordando también que muchos comentarios de portales informativos aplaudieron la carta de Ramis. “Muchos hombres dijeron que el asesino tenía razón, reivindicando el mecanismo de la ‘legítima defensa del honor’, que era un artículo antiguo del Código Penal brasileño, que se usaba para disminuir la pena cuando el autor alegaba que mató porque la mujer lo traicionó. Ese artículo solo era usado para defender el honor del hombre, nunca de la mujer, y ahora quieren reactivarlo”.

La Torre de las Damiselas

Menicucci no fue solo ministra del gobierno sino una de las grandes compañeras de Dilma Rousseff. Las dos se conocieron aún jóvenes, cuando eran estudiantes en Belo Horizonte. Aún en los ’60, ingresaron en la lucha armada contra el régimen militar brasileño. Fueron detenidas y volvieron a encontrarse en la cárcel, cuando la amistad se solidificó.

“Nosotros estuvimos juntas en el penal Tiradentes, en el pabellón femenino, que ellos llamaban ‘La Torre de las Damiselas’, para humillarnos aún más. Sufrimos mucho juntas, pero la tortura también nos acercó, creo un vínculo afectivo”, cuenta la socióloga.

Eleonora dice que la solidaridad volvió a sentirse en los momentos más difíciles del proceso que llevo a la caída de Dilma. “Los sentimientos siempre quedan, y durante los últimos meses, con las presiones políticas y todo eso, nosotras nos vimos obligadas a ayudarnos un poco como en aquellos tiempos. Creo que fue tan doloroso como lo vivido en los ’70. No un dolor físico, pero igual fuerte por dentro, por la injusticia que se estaba haciendo en contra de ella”.

Sin embargo, Eleonora también destacó que “Dilma crece mucho como persona en esos momentos. Al igual que en la cárcel, su reacción fue la de una mujer que decidió mostrarse fuerte ante los verdugos, y eso incomodó mucho a los golpistas. Ella enfrentó 15 horas de interrogatorio en la fase final del proceso, no cualquiera es capaz de hacerlo”.

Sobre el futuro de Dilma, Menicucci cree que ella volverá a ser candidata a cargos políticos, pero no sabe aún cuales. “Ella ha viajado mucho, ha dado entrevistas a medios extranjeros, donde denuncia el golpe y las medidas neoliberales del nuevo gobierno, y creo que en ese proceso decidirá cual será la mejor forma de regresar a la política”. Para la socióloga, Dilma es hoy “la mayor líder femenina que Brasil tiene”.